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23 septiembre 2014

Marco Licinio Gallardón

Renuncio a mis cargos y abandono la política


  La frase se puede escuchar en el cine desde hace más de cincuenta años, pero fue pronunciada hace más de dos mil. La dice Marco Licinio Craso, interpretado por el genial Laurence Olivier en la película de Stanley Kubrick, "Espartaco" (1960). Escuchando esta tarde la teatralidad con que Ruiz Gallardón (Ruiz a secas y desde hace años para la familia Tolosana) ha dimitido, me ha sido imposible no recordar la memorable escena de la película de Kubrick. Casi sospecho que Ruiz, (tan leído, tan cinéfilo) se ha inspirado en esta memorable película para escenificar su largo adiós. Se marcha, efectivamente, más como un patricio romano que como un ministro del menguante Reino de España.

  Refresco el diálogo para aquellos que no lo tengan en su memoria. El jefe de las milicias de Roma, Glabro, nombrado por Craso, es enviado por el Senado de Roma (a propuesta de su enemigo Graco) para sofocar la rebelión de los esclavos liderado por Espartaco (Kirk Douglas). Sin embargo las milicias son derrotadas en su propio campamento por la negligencia de su general que ni siquiera tuvo la precaución de levantar empalizadas. Espartaco deja con vida al jefe de la milicia de Roma para que vaya al Senado y pida que no se les impida la salida de Italia.

  Craso, a petición del Senado, castiga por su incompetencia criminal al Jefe de la Milicia de Roma y añade: —"Sin embargo, yo soy amigo de Glabro y no lo dejaré ahora solo en su desgracia. Hago entrega del mando de mis legiones y me retiro de la política"—. Teatralmente Craso abandona del Senado. Cuando pasa al lado de su amigo ni le mira pero mientras recoge sus cosas, ya lejos de las miradas del resto de los integrantes del Senado romano, escucha las protestas de su encarnizado rival, Graco.

  Graco advierte que ya ha escuchado renuncias similares que se amparan en el honor (honor de patricio) y que aparecen revestidas de nobleza. Sin embargo, advierte Graco, —no me gusta nada esa actitud, porque lo que Craso busca es la dictadura—.

  Ya hace tiempo que mi tío Eduardo nos alertó que Ruiz era el más conservador de todos de la élite del Partido Popular. Por aquellos años Ruiz parecía exactamente lo contrario. En contraposición a la "caverna" que tenía sus botas manchadas en los años del franquismo, Ruiz parecía la parte sensible, melómano y progresista. ¡Qué equivocados estábamos casi todos!

  El guión de la película lo firma Dalton Trumbo, el autor del celebérrimo film antitbélico "Johnny cogió su fusil" (1971), Un cineasta que no daba puntadas sin hilo. Conocedor como Kubrick de la naturaleza humana, pero también de los entresijos de la vida pública. No se trata de obsesionarse con las conspiraciones, sino reconocer que desde que el mundo es mundo, la política es un terreno sinuoso donde la apariencia y la realidad son a veces meras coincidencias.

  De momento el astuto Rajoy se ha quitado de en medio a un rival político. Sin embargo, como Graco, sabrá que detrás de los gestos grandilocuentes se esconde un íntimo y vigoroso deseo de poder, un deseo más fuerte en quien lo padece que ningún otro. Es sabido que ante el descontrol social y las victorias de Espartaco, el Senado cede ante los deseos de Craso y se le nombra dictador con plenos poderes. Logra su objetivo, pero César está al acecho. 

  Rajoy, como todo ser astuto, se hace muchas veces el tonto. Como Craso, considera la política una profesión práctica. "Si un delincuente tiene aquello que necesitas, ¿por qué no pactar con él?".  Esí se lo dice a César, que se muestra escandalizado pero que no tardará en aplicar las enseñanzas del maestro. Mientras Ruiz se retira a su villa patricia, el emperador Rajoy se va a China a ofrecer a los nuevos amos del mundo la reforma de la justicia universal y recoger los dividendos de su trabajo. 

  Muchos celebran en España hoy la retirada de la ley del aborto y abandono de Ruiz. Tienen motivos de sobra. También Rajoy que estará contento pero sin presumir, como decía Luis Aragonés.  Satisfecho del éxito de sus dos principales virtudes: la astucia y la paciencia. Quizá lo celebre con un buen puro. Públicamente dirá que Ruiz ha sido uno de los valores más importantes del Partido Popular y un excepcional ministro, pero su mente ya se está preparando para su siguiente acometida. A fin de cuentas, decía Maquiavelo que el agravio que proporcionemos a nuestros enemigos debe de ser de tal calibre que impida que estos puedan cobrar venganza. El agravio es grande, pero no irreparable.

  El personaje cinematográfico Craso no logra el amor de Varinia. El personaje histórico era inmensamente rico pero le pudo su ansia de poder y murió en la batalla de Carras. 

Como diría Miguel Angel Aguilar, atentos. 







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31 enero 2014

Informe sobre los tipos a los que todo les parece cosa de nazis

  Cada cierto tiempo, un tiempo que a mi me parece cada vez más escaso (o será que lo que comienza a escasear es mi paciencia), aparece alguien ("personas", diría Cospedal) que compara cualquier asunto, situación o comportamiento con el régimen nazi. La propia señora Cospedal comparó los escraches del pasado año a los cargos del PP con lo que en su día hacían los nazis. Pero no crean que llamar nazi a alguien es privativo de la derecha. Es "transversal", como dicen ahora los "interdisciplinarios", y lo utilizan prolijamente hombres, mujeres, derechistas, izquierdistas y hasta nihilistas.

  El último sujeto en hacerlo (en el momento de redactar este "esto") es un fulano cuyo nombre no me molesto en reproducir y que ocupa un cargo en el Partido Popular en Cuenca. Buscando su minuto palurdo de gloria, ha comparado el derecho al aborto con los crímenes nazis. Si están interesados en ver su hilvanado discurso pollino y su pareja figura (sin ánimo de faltar a tan nobles animales), dejo gustoso el enlace.   


  Pero no quiero dedicar este tiempo a rebatir sobre asuntos obvios como que la tierra es plana, que la tierra da vueltas alrededor del sol o por qué está más bueno y es más sano el jamón ibérico que un Mcpollo. La utilización sistemática del nazismo como ejemplo de todo lo que nos desagrada, tiene a mi entender efectos secundarios sobre la lengua y las entendederas de las gentes.

  • En primer lugar, y es indiscutible, supone una banalización de un fenómeno histórico muy concreto. El diario El País publicaba esta semana una iniciativa de la Knesset —el parlamento de Israel— aprobando un anteproyecto de ley que prevé calificar como delito con penas de hasta 21 000 euros, llamar nazi a otra persona o usar la simbología del holocausto, tal y como las estrellas amarillas.

  • En segundo lugar, la comparativa de todo con lo nazi supone un uso extremo —al que se es tan propenso en España— de exagerarlo todo para que se le conceda alguna importancia. Diera la sensación de que todo lo que no se magnifica hasta dimensiones dinosáuricas sea considerado como cosa insignificante, irrelevante o de poca envergadura. La tendencia a exagerar (quizá justificada en el uso coloquial) junto con el mal uso que se hace del lenguaje, empobrece nuestro pensamiento y comunicación. En mi ámbito profesional cualquier denuncia que no esté redactada en términos de apocalipsis parece destinada al archivo. No es extraño que la gente ya no entienda las ironías (que muchas veces se basan en la exageración). Supongo que más de un/a feminista/o advenedizo tildaría de maltratador a Tony Curtis cuando dijo que besar a Marilyn era como besar a Hitler.

  • En tercer lugar, sospecho que la constante referencia al nazismo se debe a la pobreza de referentes culturales y en concreto históricos tanto en el orador como en su audiencia. La historia se conoce mal y muchas veces la mayor parte de la información viene proporcionada por películas norteamericanas. La consecuencia es que se mencionan periodos históricos que se conocen incorrectamente o que son ajenos. Son más habituales las referencias históricas norteamericanas utilizadas a modo de ejemplo que las de nuestra propia historia, o de nuestro ámbito mediterráneo.

  • En cuarto lugar, la comparación constante con lo nazi, además de poco atinada por lo ya expuesto, resulta al final plomiza, aburrida, banal y en resumen, chapucera. Reservemos el término nazi para referirnos a su abyecta historia, vigilemos a los que llamamos neonazis, llamemos a la cosas por su nombre. Nada irrita más que un pelma, y es razón suficiente para dejar este asunto en este punto sin añadir nada más.






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18 octubre 2013

Nosotras parimos, nosotras decidimos (de nuevo)

  ¿Les suena este eslongan? Es una pregunta retórica, por supuesto que les suena. Alguna incluso lo habrá coreado. ¿Les suena añejo? Lo es. Pero en España es también actual gracias a un tipo inteligente, bien parecido, brillante, a la sazón ministro de Justicia: Alberto Ruiz Gallardón (Ruiz a secas para los amigos).

  A esta lumbrera, refinando, melómano confeso, fiscal a los veintiséis años, ex alcalde de Madrid, le debemos en parte esta vuelta a los años ochenta, que sería una vuelta a los años sesenta o cincuenta de Europa occidental. Si de volver a los ochenta (del pasado siglo) se trataba, bien podría haber el ministro cantado "Terror en el supermercado" o "Cena recalentada", se preguntará alguno y con razón. Pero Gallardón es melómano deficitario (sólo escucha música clásica y también música sacra).

  Será por este concierto de voces cacofónicas que Ruiz ha querido modificar la ley para volver a penalizar el aborto como se hacía por aquellos lejanos años. ¡Qué tiempos! Las chicas con pasta se iban a abortar a Londres, las que no se jugaban el tipo con cualquier matarife y todos bailaban las canciones de Alaska y los Pegamoides.


  Durante aquella época la religión (la que habla del hippy ajusticiado por los romanos con paradójica sede central en Roma) era asignatura obligatoria. Los no matriculados cursábamos otra disciplina a la que llamaban ética. Era una asignatura postiza que trataba de evitar que los alumnos no religiosos se drogaran o pensaran en hacerse la cera como Cristiano Ronaldo. Como su propio nombre indica la clase de "ética" no tenía importancia. Pero gracias a cierto tipo de justicia poética, la "ética" era de hecho la más útil e instructiva de todas las asignaturas, en su modestia y subsidiaria categoría.

  Porque lo que se hacía era algo tan inútil como pensar y debatir (una especie de masones sin grado y aprobado asegurado). Para ser sinceros debatíamos tres alumnos como mucho. El resto dormitaba y poco después la mayoría firmaría una de esas maravillosas hipotecas. En aquella época los temas centrales que dominaban la asignatura de ética eran por este orden: la guerra nuclear (o su posibilidad), el divorcio (y sus consecuencias en los infantes) y el aborto (y su consecuencia en los protoinfantes). La diferencia es que antes para bien o para mal estos temas interesaban, ahora sólo son una cortina de humo, echada sobre una cortina de detritus (si eso es físicamente posible).

  Por supuesto no sólo se debatía sobre esos temas en clase de "ética". Relean la hemeroteca de la época. El País, Triunfo, Cambio 16, Ajoblanco... Qué tiempos. ¿Pasados? Presentes por la gracia de Ruiz. Reviviremos como una cacofonía los argumentos del pasado, como un eterno día de la marmota y como colofón se disfrutará de una ley a la irlandesa. Esa será nuestra penitencia antes del castigo, propiamente dicho.

  Dulces ochenta, sin sanidad pública asegurada, sin derecho al aborto, con incipientes servicios sociales. ¿Pero dónde están los grupos de "La Movida"? Han sido sustituidos por Dani Martín.

"La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa".

En eso tenía razón el barbas, no se puede negar.



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