Mariano Rajoy acaba de anunciar la abdicación del rey Juan Carlos I, y para variar, lo ha hecho bien y sin titubeos. Algo debe tener la sangre azul finalmente que hace que la gente se espabile. Algo tienen las monarquías, los reyes y las princesas que todos queremos ser en algún momento el rey de la casa o la reina de sus sueños. Será una larga tradición de cuentos de hadas, la costumbre o la pereza.
Ahora los analistas nos bombardearán con sus explicaciones sobre el particular. Sus efectos. ¿Servirá su abdicación para revitalizar el maltrecho prestigio de la monarquía? ¿Qué efecto tendrá en España? ¿Se ha hecho lo correcto? Si se mira bien, revitalizar y monarquía, una arcaica institución que por definición es la antítesis de la democracia, parece una contradicción en sus términos. Pero nunca se sabe, ya que de sobra sabemos que la historia sólo avanza en un sentido, el del tiempo y no en el de las ideas. Quizá lo correcto fuera agradecer los servicios prestados y pensar en una república. Yo por mi parte me comprometo a sopesar mi voto si Felipe se quiere presentar a presidente.
Sin embargo me temo que lo que ahora se pondrá en marcha, para empezar, es uno de los artículos más injustos de la Constitución Española, el artículo 57, que sin ningún empacho señala que en la línea de sucesión se preferirá al varón sobre la mujer. En virtud de esta discriminatoria norma, contraria al propio artículo 14 de la Constitución española que señala que todos somos iguales ante la ley, será Felipe el próximo rey de España y no la Infanta Elena. Peor aún, será Felipe sin que los españoles nos podamos pronunciar sobre la jefatura de Estado que vino impuesta por el régimen anterior y las excepcionales circunstancias históricas de la transición.
Dicen que el candidato único a rey, Felipe (Alias VI), es una persona preparada, y si lo comparamos con muchos de sus predecesores y familiares como Fernando VII, Isabel II o el propio Alfonso XIII, no cabe duda que es de lo mejor que la factoría Borbón (Fábrica de reyes desde el Siglo XV, atendemos pedidos también fines de semana) ha producido en los últimos siglos. Pero su formación no le impide ser un tipo atildado, encorsetado o más bien almidonado, y a fin de cuentas decimonónico, por mucho que su plebeya esposa le haya podido espabilar llevándolo a conciertos de música indie.
El tiempo y los elefantes de Botswana dirán cómo le va. Humildemente me permito darle algunos consejos, en caso en que quiera y pueda tomar posesión de su nuevo puesto de trabajo.
- Cambiar las cerraduras de Zarzuela, por si a Urdangarín y su mujer se les ocurre entrar por la noche.
- Prohibir las dietas de adelgazamiento en palacio.
- Fichar al Cholo Simeone y a Pablo Iglesias como asesores.
- Despedir al fotógrafo que hacía las postales oficiales.
- Contratar un diseñador y reformar el despacho real tirando el Belén a la basura.
- Leer su primer discurso como rey en español, catalán, euskera, gallego inglés y chino.
- Y por último y no menos importante, (si todo falla o incluso si no) declararse republicano y presentarse a las elecciones del PSOE a la secretaría general.
No lo niego. La abdicación del Rey Juan Carlos I me hace sentir más viejo. Me duelen las rodillas y sospecho que es artritis. Me imagino a Rubalcaba, Felipe Gónzalez y el viejo Rey en un chiringuito de Cádiz, comiendo un pescaíto frito y unas cañas bien frías. Me los imagino perfectamente en sus sillitas de plástico, sillitas con nombre de cerveza, hablando de fútbol, quizá viendo cómo la selección española cae ante Brasil —ya te dije yo que Xavi Hernández estaba viejo—. Que sí Alfredo, que sí—.
—¡Qué a gusto se está así! Si lo llego a saber lo hago antes.—.
—Ya te lo dije yo. ¿A qué sí Felipe?—.
—¡Bolivarianos!—.
—¡Qué dices Felipe!—.
—Que la defensa de la selección española son todos paquetes bolivarianos—.
