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09 abril 2018

Yo no me llamo Javier (Cifuentes)

   Yo no te conocí en la playa, no nos fuimos juntos a comer paella, nunca pasaste una noche en mi hotel, no te has bañado conmigo en la piscina de mi chalé, tu no me presentaste a tus padres, no me invitaste a tu casa, ni a dormir ni a comer, hola como estás, que niño tan bonito, ¿Cómo? ¿Qué es mío? ¿Que yo soy el padre? Pero eso como va a ser, si yo soy impotente, deja ya de joder, yo no me llamo Javier, yo no me llamo Javier. 
  Yo tengo un máster en Derecho Autonómico, yo fui a clase, aunque luego no fui a clase, yo me matriculado aunque no recuerdo cuándo, yo hice el trabajo de fin de máster aunque no recuerdo dónde está, yo lo defendí ante un tribunal aunque no recuerdo las personas. ¿Cómo? ¿Que el tribunal dice que nunca me he presentado? Deja ya de joder yo tengo un máster, deja ya de joder, yo tengo un máster, eh, eh, eh...


  Pablo Carbonell ironizaba con aquel que niega todas las evidencias. Años después Cristina Cifuentes ha hecho su propia versión del clásico de los Toreros Muertos. Como a menudo sucede con la canallocracia española, el asunto ha llegado a un estadio en el que pasa de ser trágico a ser cómico, como ya entendió en su momento Valle-Inclán.


  Hace mucho que el asunto del máster de Cifuentes quedó claro para cualquiera cuya fuente de información no sea exclusivamente la COPE o TVE. A partir de ahora todo es carne de memes, cantera para chistes, abono para el escarnio. Sin duda, la interesada se lo ha buscado y no deja de ser irónico que acabe así su carrera política, una nimiedad si se compara con muchas de las felonías de sus compañeros de partido y de las de otras formaciones.


  Ya teníamos a nuestra disposición la matraca nacionalista, pero aventuro que la matraca de los másters seguirá aún no estando (Javier) Cifuentes en escena. Aparecerán políticos con máster nunca cursados, con cursos que no son máster pero en el curriculum vitae aparecen como tales. Máster sin exigencia alguna que reparten los partidos entre sus acólitos.


  Sin duda el negocio de los máster merece un capítulo aparte. Una vez que Bolonia consiguió abaratar académicamente el título universitario para convertirlo en un neobachillerato, la posesión de un máster se volvió prácticamente imprescindible para todo aquel que quisiera ser algo en la vida laboral. Ciertos negocios no solo tienen la virtud de llenar los bolsillos de unos cuantos sino que, por decirlo suavemente, vuelve a poner socialmente las cosas en su sitio. Por ejemplo Dimas Gimeno cursó MBA en IESE institución en que el consejero delegado de PRISA Manuel Mirat, cursó un PDD (Programa de Desarrollo Directivo) y PADE (Programa de Alta Dirección de Empresas). Por si están interesados, las tasas del programa Executive MBA de IESE ascienden a 7.131 euros.


  Claro que no es el caso que nos ocupa. Para los políticos un máster, un posgrado, un doctorado es un adorno. No quieren que nadie les tome por zoquetes y mucho menos tener menos títulos académicos que sus becarios. Hay quien critica la titulitis, pero ¿cómo se cura uno de esa enfermedad si está rodeada de una sociedad de enfermos enganchados a los títulos y alérgicos a la cultura sin papeles ni certificados? Dicho de otra forma. Cuando uno nace en España en su currículum se escribe: inglés- nivel medio.


  En cuanto a cómo queda la universidad española con este asunto prefiero guardar silencio y no hablar ni siquiera con un ejército de abogados. Además tengo algún título universitario español y no tiraré piedras sobre mi tejado. Muchas universidades se han apresurado a pregonar su rigor académico y limpieza institucional. ¿Excusatio non petita, accusatio manifesta?


  Decían las abuelas y los abuelos que más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo. Pero también cree el ladrón que todos son de su condición.

20 octubre 2016

Gaudeamus Igitur

  ¿Fuera terroristas de la universidad? Bueno, no tan deprisa. Pensemos en lo que ya hay dentro.  Cuando comencé a estudiar derecho en la Universidad de Alicante, un poco por las mismas razones que el personaje de Fernando Fernán Gómez en "La vida por delante" al que un tío (no recuerda cual) le aseguró que era una carrera para la que no se requería mucho talento. Mi novia estudiaba en la Complutense de Madrid la carrera que a mi me hubiera gustado hacer: Imagen y Sonido. Dudo que vuelva a hacer viajes en mi vida que me impresionen tanto como los que hice a Madrid en aquella época y especialmente  a la Complutense.

  En la Complutense se grababan cortos en los pasillos. Los muros de las facultades estaban llenos de pintadas. Una célebre en Ciencias Políticas decía "Ni Fanta de naranja, ni Fanta de Limón". En cambio, lo más transgresor que tenía la Universidad de Alicante, (cuyos profesores se comportaban como si fueran Bob Dylan y se negaran a coger el teléfono a los fulanos suecos) era un bar al que llamaban "Aeroclub" y lo más atractivo era su futbolín. Dentro de las aulas de mi facultad las cosas no eran más estimulantes. Los docentes se limitaban a dictar y los alumnos a copiar. Uno acababa siendo un copista de gran velocidad. Durante mi época universitaria la antigua Yugoslavia estaba en guerra, pero lo único que recuerdo que indignara a mis compañeros era un repentino cambio en la fecha de examen. Un día, eso sí, vino a dar una conferencia Chencho Arias y le hicimos palmas con las orejas como si tratara de Sean Connery.

  En el ideario de cualquier institución académica se talla en el frontispicio que más allá de los conocimientos y competencias que los pupilos tienen que adquirir, sobre todo aspiran a formar personas con sentido crítico. Lo curioso es que cuando éste se manifiesta es rápidamente reprendido. Entonces corrijamos, lo que queremos decir con sentido crítico es que nuestros estudiantes piensen como nosotros, pero les hagamos creer que en realidad han sido ellos los que han llegado solitos a esa conclusión. Si no, pasa lo que ha sucedido en la Universidad Autónoma de Madrid. 

  Dos ciudadanos, Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa y académico de la lengua española (aún no premio Nobel), y Felipe González (ex presidente del gobierno de España) debían dar una conferencia en dicho recinto del saber. Una conferencia seguramente corta, ya que son personas ocupadas y que superan los setenta años, con lo que un baño no debe nunca andar lejos. Algunos estudiantes llamaron cosas muy feas a estas personas, cosas a las que no están en modo alguno acostumbradas, como "terroristas". 

  Para no ser menos, todos los medios han expresado su "repulsa" por el hecho de que unos doscientos "encapuchados" reventaran la conferencia. Si uno ve el vídeo se decepciona. Para empezar no son encapuchados sino enmascarados, pero con cartulina. Mucho menos maña que cualquier disfraz de cualquiera de los porteros que celebra Halloween. La opinión publicada pone de relieve que no se ha respetado la libertad de expresión de estas personas. 

  Convengamos en que incluso Cebrián, que no se viene distinguiendo al parecer por defender la libertad de expresión en sus medios si tenemos que hacer caso al propio comité de empresa de El País y si atendemos a los despidos de periodistas y colaboradores díscolos, tiene derecho a dar conferencias, expresarse con libertad e incluso a sermonear sobre la ética del periodismo, como hacía Walter Matthau en en "Primera Plana" (The front page). También el presidente González tiene ese derecho. Pero si tenemos que ser justos, admitiremos que lo único que sufrió daños de consideración fue el amor propio de estas personas. Dicen que es de tal calibre que aún no se sabe si saldrán de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hotel Ritz.

  Mi solidaridad con los conferenciantes frustrados. Es curioso que se sorprendieran, toda vez que su disertación trataba precisamente de la Sociedad Civil y del cambio global. Para ellos debería haber sido como si  un zoólogo se encontrara con un orangután trepando en la selva. Me consuela saber que tendrán miles de foros, círculos de empresarios, universidades, radios, televisiones y cumbres de líderes en las que podrán exponer su humilde opinión, bien gratis o bien a precio de mercado. Compartirán su saber por el bien de todos. 


  Y lo mismo pasará con Monedero, Iglesias, Escolar, Pedro J., Susana Díaz, Juan Rosell, Fernández Díaz, el ángel de la guarda de Fernández Díaz, Albert Rivera, Carles Puigdemont, Pérez- Reverte... Que no se preocupen. Si no hablan hoy será mañana y mañana y mañana y pasado mañana. Más me preocuparía a mi que los universitarios fueran mudos y se conformaran con jugar a las cartas.






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