Hace poco se entregaron en Madrid los galardones de fin de carrera a los mejores, en concreto 126, estudiantes universitarios españoles. Algunos de ellos se negaron a dar la mano al Ministro de Educación, un tal Wert, en protesta por la política educativa del gobierno. Cuentan las crónicas que esta actitud la adoptaron "una decena". Es decir, diez. Por lo tanto "algo más de una centena", es decir 116 estudiantes dieron la mano al ministro Wert y quizá hasta una palmadita en la espalda.
Si hubiera sido la improbable pero no imposible entrega de premios a los 126 peores estudiantes de la universidad española, el gobierno podría haber visto corroborada la tesis de que las protestas estudiantiles están capitaneadas por zoquetes "Cum Laude". Pero tratándose de los mejores cerebros de la patria, sólo puede aducirse el proverbial carácter despistado de los genios. Pero como resulta que llevaban las camisetas verdes en defensa de la educación, habría que añadir el proverbial carácter de los genios para vestir mal. Ya lo decía Antonio Machado: "ya conocéis mi torpe aliño indumentario..."
Desde una perspectiva meramente superficial, esto me hace concluir que habiendo dado la mano Wert a 116, el hipotético riesgo de sufrir una tendinitis en la muñeca o de padecer una infección se redujo de una manera despreciable, al tiempo que el sofocón por la negativa a ser saludado fue igual que si lo hubiera hecho solo uno. Diferente hubiera sido si 50 no le hubieran dado la mano. Sofocón sí, pero tendinitis no. Por lo tanto, los diez hostiles comprometidos con la educación pública le pusieron en el peor escenario social y sanitario posible.
Desde una perspectiva personal/superficial/política debo confesar que estoy muy orgulloso de los estudiantes que realizaron el desplante al nefasto Wert, agente secreto de los obispos y de los heterosexuales a los que les gustaría tener la pluma de algunos gays. Pero personalmente los actos sociales ya me parecen lo suficientemente violentos de por sí, y yo soy hombre de paz. No sé cuando reír, cuando hablar, cuando callar y cuando marchar. Por lo que un momento violento en un acto social es el colmo de mis fobias sociales. El chuletón de buey en el plato de Paul McCartney. La revista "El jueves" en el salón de la Infanta Cristina.
Además, debo añadir que como víctima de más de un desplante social de esta naturaleza, no hay nada que me parezca más desagradable (salvo quizá cuando me cayó una cucaracha en un hombro). Como buen cobarde, fantaseo con hacer desplantes a mis enemigos, igual que lo hacía Manolito el amigo de Mafalda. Me imagino no sólo negándoles la mano, también haciendo comentarios lacerantes, dirigiendo risas sardónicas y poniéndoles en ridículo cósmico. Pero en la práctica padezco de compasión o simplemente carezco la necesaria presencia de ánimo. Mucho me temo que sería de los que daría la mano a Wert y a otros como él. Eso sí, luego me la lavaría a fondo.
Si hubiera sido la improbable pero no imposible entrega de premios a los 126 peores estudiantes de la universidad española, el gobierno podría haber visto corroborada la tesis de que las protestas estudiantiles están capitaneadas por zoquetes "Cum Laude". Pero tratándose de los mejores cerebros de la patria, sólo puede aducirse el proverbial carácter despistado de los genios. Pero como resulta que llevaban las camisetas verdes en defensa de la educación, habría que añadir el proverbial carácter de los genios para vestir mal. Ya lo decía Antonio Machado: "ya conocéis mi torpe aliño indumentario..."
Desde una perspectiva meramente superficial, esto me hace concluir que habiendo dado la mano Wert a 116, el hipotético riesgo de sufrir una tendinitis en la muñeca o de padecer una infección se redujo de una manera despreciable, al tiempo que el sofocón por la negativa a ser saludado fue igual que si lo hubiera hecho solo uno. Diferente hubiera sido si 50 no le hubieran dado la mano. Sofocón sí, pero tendinitis no. Por lo tanto, los diez hostiles comprometidos con la educación pública le pusieron en el peor escenario social y sanitario posible.
Desde una perspectiva personal/superficial/política debo confesar que estoy muy orgulloso de los estudiantes que realizaron el desplante al nefasto Wert, agente secreto de los obispos y de los heterosexuales a los que les gustaría tener la pluma de algunos gays. Pero personalmente los actos sociales ya me parecen lo suficientemente violentos de por sí, y yo soy hombre de paz. No sé cuando reír, cuando hablar, cuando callar y cuando marchar. Por lo que un momento violento en un acto social es el colmo de mis fobias sociales. El chuletón de buey en el plato de Paul McCartney. La revista "El jueves" en el salón de la Infanta Cristina.
Además, debo añadir que como víctima de más de un desplante social de esta naturaleza, no hay nada que me parezca más desagradable (salvo quizá cuando me cayó una cucaracha en un hombro). Como buen cobarde, fantaseo con hacer desplantes a mis enemigos, igual que lo hacía Manolito el amigo de Mafalda. Me imagino no sólo negándoles la mano, también haciendo comentarios lacerantes, dirigiendo risas sardónicas y poniéndoles en ridículo cósmico. Pero en la práctica padezco de compasión o simplemente carezco la necesaria presencia de ánimo. Mucho me temo que sería de los que daría la mano a Wert y a otros como él. Eso sí, luego me la lavaría a fondo.
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| EFE/Manuel H. De León
El Señor Gordo
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