Me he pasado el verano mirando el mar Mediterráneo y pensando dónde iría de viaje. Unos viajes me llevaban a Brasil, otros a África y alguno también a Francia, pero todos daban igual, porque ninguno iba a ser realizado. Resulta que vivo en Alicante. El piso que tengo alquilado es alto y tiene unas ventanas enormes que dan a la bahía. Desde allí se puede ver Santa Pola, la playa de San Juan, el Cabo de las Huertas. Por las noches las lucecitas de lo que parece un barco titilan en lontanza, pero no es un barco sino la isla de Tabarca, refugio de pescados locales y de zampadores de caldero de bogavante.
A veces, mezquinamente, me reconforta tener la certeza que más de uno que se cree rico e incluso pensará que el PP vela por sus "perras", suspiraría por estas vistas. Miro por la ventana y pienso que no tengo un duro pero tengo el mar Mediterráneo, los barcos que pasan de un lugar a otro, la patrullera de la Guardia Civil, los mercantes y los remeros.
Cuando me mudé aquí pensé que eso "de las vistas" era algo un poco absurdo. ¿Otra actitud vagamente snob o simplemente los efectos de una severa miopía? Confieso, por tanto, que me fijé más bien en que el baño estaba bastante nuevo, lo cual era una novedad en mis "soluciones habitacionales" anteriores, y que el suelo también parecía relativamente contemporáneo. Para completar un buen lugar para vivir, los armarios cerraban y eran amplios y había vitrocerámica. Cualquiera se hubiera fijado en las vistas, pero yo pensé que solo se veía el mar, que a fin de cuentas no deja de ser más que agua con cosas. Cosas interesantes, no lo niego, pero que no iba a apreciar desde mi ventana.
En la película de Sydney Pollack, protagonizada por Robert Redford "Las aventuras de Jeremiah Jonhson" (1972) los hombres de las montañas, que viven cazando osos y enfrentándose a la naturaleza salvaje, no comprenden cómo se puede vivir "allá abajo en el Valle". Desde luego no me han atacado indios ni ballenas blancas. No creo que contemplar durante unos cuantos años el mar desde una ventana te convierta en marinero ni en aventurero, pero sí te cambia en algo diferente de lo eras. Dejas de ver tanto la televisión y de escuchar la radio, a la que antes era adicto. También leo menos. Alguno dirá que es una depresión o simplemente la pereza y que no meta al Mediterráneo en esto, que bastantes problemas tiene. Yo sostengo que es el mar, que cada vez que lo ves, es diferente y te convierte en su voyeur.
Cuando era pequeño y aún ferviente católico, al acostarme hacía el siguiente ejercicio, supongo que alentado por algún buen padre jesuita. Pensaba en todas y cada una de las personas que me importaban y me los trataba de imaginar en dónde estarían y qué hacían en ese preciso momento. Una vez conseguido, les deseaba buenas noches. Por supuesto cuando uno es adulto es más descreído y además hacer el mismo ejercicio de imaginación no resulta tan inmaculado: se podría sorprender a alguien en un momento poco conveniente.
Pero esa costumbre no ha desaparecido por completo. Supongo que con tanto mar, desde el primer párrafo habrán adivinado dónde quería llegar. Veo el mar desde mi ventana e incluso yo, que no soy especialmente asertivo, por utilizar esa abominable palabra, no puedo dejar de pensar en que justo siguiendo esas olas, un poco más allá de la línea del horizonte, no solo hay remeros, veleros y patrulleras.
Hay gente que lucha por sus vidas en barcas de juguete y acaban ahogados con los ojos devorados por los peces, con el cuerpo hinchado y la piel blanquecina. Ahora mismo puedes oírlos pidiendo socorro si pones la oreja pegada a una caracola.
La foto de un niño ahogado en la orilla nos ha despertado.
El humor está aquí, en alguna parte
