Tentado he estado, pero aún estoy lo suficientemente cuerdo para no titular la entrada "LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO" (España, 1984), la magnífica película de Jamie Chávarri, basada en la obra de Fernando Fernán Gómez. Y sin embargo el título, a la vez de evocador, es muy exacto. Las bicicletas son el sosiego, el bienestar, la paz, también a veces el esfuerzo. Son el verano, da igual la estación en la que uno esté. No conozco un sólo cicloturista o ciclista urbano (la competición es otra historia) que haya dicho que jamás volverá a montar en bicicleta. Quien lo prueba a los cuatro años, si puede, no la abandonará hasta que las fuerzas le respondan, y pedaleando le responderán más tiempo que al resto, como no para de recordarnos el cardiólogo Valentín Fuster.
Por otro lado en España, que tiene millones de practicantes, existe una lucha silenciosa contra la bicifobia. La bondades de la bicicleta en principio parecen aplastantes. Como recuerda el eslogan, no contamina, ni consume gasolina. Es decir, es un sano y barato medio de transporte. Hace el ocio más agradable. No hace ruido y para los peatones es mucho menos peligroso que cualquier vehículo a motor. ¿Entonces a qué viene a veces tanta hostilidad?
- La bicicleta obliga a compartir el espacio, y por tanto, exige un ejercicio de convivencia, algo que en España se lleva muy mal, puesto que nuestra educación cívica, salvo cuando se activa por grandes catástrofes, suele ser poca. Además, a veces las autoridades públicas colocan la bicicleta restando espacio al peatón, lo que crea la hostilidad de muchas personas, cuando el espacio que debe conquistarse es el del tráfico a motor.
- España llegó al automóvil tarde. En nuestra conciencia atávica (si tal cosa existe) la bicicleta es un vehículo de pobres o un artefacto para el recreo de los niños en verano. El coche es aún un símbolo social (cuando un coche de alta gama está a disposición casi de cualquiera dispuesto a endeudarse). En la época del boom inmobiliario, parte de la hipoteca iba en muchos casos a la compra del añorado cochazo, que por alguna razón que se me escapa, era invariablemente un Audi. En resumen; todavía, como nuevos ricos, el coche es un símbolo de estatus que hay que exhibir a toda costa y la bici cosa de niños, pobres y ecologistas.
- La bicicleta exige prudencia y calma. Los conductores deben acostumbrarse (y aprender sin que nadie les haya enseñado antes) a convivir con las bicicletas. La bicicleta introduce algo que está reñido con la vida de las ciudades. La calma, la lentitud. Un taxista me dijo un día clamando por el carril bici de Alicante "—¿qué haría ahora si encontrara una bici, ir a 20 km?". —Sí, puesto que es la velocidad legal de esta vía.
- La bicicleta se está imponiendo pese a todo. Ya se va descubriendo, con retraso, que no sólo es sana y divertida, sino también "cool" como nos demuestran los dueños de las Brompton. En mi ciudad, de apenas trescientos mil habitantes (apenas un villorrio comparado con las grandes capitales) aún hay gente que piensa que el tráfico rodado de la ciudad hace imposible la presencia de bicicletas, pese a que éstas están presente en innumerables ciudades europeas. Pero todo se andará.
- Las tragedias. Nuestro país lidera las estadísticas de las muertes de ciclistas. La falta de educación "a lo botellón" y de civismo en el Estado español (lo menciono así para que nadie se haga ilusiones si digo España) se conviernte en comportamiento criminal cuando ese mismo rechazo al valor de la convivencia se ejerce con un vehículo a motor.
En un reciente artículo Muñoz Molina, después de nombrar una buena retahíla de autores que cantaron las excelencias de la bicicleta y de recordarnos (una vez más) que vive entre Madrid y Nueva York, acaba pidiendo más dureza en las leyes penales, además de criticar injustamente a un juez por aplicar la ley. Los que son ajenos al derecho acaban proponiendo para cualquier problema el endurecimiento de las penas (ya de por sí durísimas) de igual forma que los que no sabemos nada de medicina resolveríamos las enfermedades con mayor dosis de antibiótico. Tanta literatura para tan pobre conclusión.
El creciente uso de la bicicleta hará de nuestras ciudades lugares más amables y saludables: mejores lugares para vivir. La paradoja está en que las bicicletas "a la europea" necesitan lugares amables y cívicos para implantarse. De modo que los que ahora pedalean en el territorio hostil de nuestras ciudades, como la gente de la "Masa crítica", son en realidad pioneros a los que en su momento se les deberá reconocimiento.
Me voy a dar una vuelta en bici. ¿Alguien se apunta?
El humor está aquí, en algún sitio