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07 febrero 2017

Juego de Tronados

  Antes de comenzar a sacar punta al filón tragicómico de Podemos, a su sitcom de bajo presupuesto, vaya por delante que en mi opinión ni la más extravagante declaración ni la declaración más sonrojante llegan a la altura de los zapatos de cualquier felonía del Partido Popular en la Comunidad Valanciana. Una advertencia pertinente pues aunque coloquialmente decimos que nos han robado el corazón, siempre es peor que nos roben (literalmente).

  Particularmente y aunque he sido votante de Podemos por descarte, siempre me ha estragado su dialéctica entre sabionda y flowerpower, su buenrollismo ñoño, su condescendencia de claustro de universidad española, en donde hay tantos "príncipes" del saber. Me irritaba su continua y cargante necesidad de descubrir el Mediterráneo. Es fácil imaginártelos en la casa rural, tocando la guitarra como cristianos de base y asando chorizos a la sidra en la chimenea mientras se habla de las terapias alternativas o de un emocionante encuentro en cierta comunidad remota de Bolivia. Unos encuentros elitistas, por supuesto. Reservados a profesores de universidad, politólogos, poetas inéditos, guionistas de televisión y directivos de Médicos Sin Fronteras.

  Quizá esos encuentros no han existido nunca salvo en mi mente. Es posible que tenga envidia sin más y que me gustaría haber participado en uno de esos encuentros. Seducir a una chica con pañuelo palestino y muslos de esprinter mientras le cuento un rollo sobre Gramsci o House of Cards. En cierto modo Podemos me ha hecho sentir viejo, o si se quiere, adulto. Me han transportado a la madurez. He sentido vergüenza ajena con las exhibiciones de puño en alto, los gritos asamblearios en el Congreso, las muestras de cariño "youtuber", su tufo a Instragram. Cuando se ponen serios utilizan las enojosas frases del poder. Fulanito es un "valor", hay que "empoderar", se debe "implementar".

  Es cierto que desconozco los entresijos del asunto. Me gustaría leer la crónica de José Martí Gómez. Pablo Iglesias se sincera al periodista mientras apura un vermut en un garito del amanecer a una hora en que lo normal sería consumir churros. No dispongo de esa información. Solo soy un tipo de provincias que lee las noticias y sobre ellas tiene que hacerse una idea de la realidad, como el fulano de la caverna de Platón. Pero a veces las sombras son muy claras. Si ves en la pared la silueta de un león y el rugido de un león, será un león. Por ejemplo Carlos Fabra parece un gagster de película y sin embargo fue un dirigente del Partido Popular.

  A esta generación de treintañeros les gusta imaginarse como el Che Guevara, pero luego presentan a su novia en las redes sociales como lo harían Bisbal y Chenoa. Se enfrentan al viejo stablishment y sueñan con asaltar los cielos pero lo hacen con contratos de asesoría y en despachos de universidad. En la cafetería no se juntan con el Personal de Administración y Servicios. Se sienten feministas, pero al final son las chicas las que lavan los platos y son ellos los que vigilan la barbacoa. Ya lo dice Miguel Urban: es una lucha de "machos alfa". ¿Machos alfa? 

  Como macho Delta que soy para mí, lo más cansino de todo esto no es el espectáculo por la lucha por el poder (el psicodrama en palabras de Iglesias) sino la ñoñería burguesa (y hamburguesada) con la que lo hacen. Sus melindres al pedir disculpas después de la enésima puñañada o la enésima zancadilla. Gritan escandalizados mientras preparan la cicuta; ¿Hasta dónde hemos llegado? ¡Tartufos!

  Chicos, chicas. Esto es un partido. Estamos hablando de poder. Estamos hablando de política. Estamos hablando de cabrones y cabronas. Ya saben: están los enemigos, los enemigos a muerte y los amigos dentro del Partido. Podemos no es diferente. No todo el mundo vale para ese sórdido mundo de luchas, intrigas y traiciones, de la misma manera que no todo el mundo vale para subirse a un ring y empezar a repartir manos al hígado. La diferencia está en quién da los golpes bajos y quién no, y quién da la mano tras el combate y abraza al adversario y quién no. La gente "maja" no se dedica a la política, escribe libros de poesía o vende en mercadillos. En política más pronto que tarde habrá que cambiar la llave de un despacho. Los políticos, por desgracia, no son los filósofos de Platón. Aún éstos serían desagradables, como los escarabajos peloteros, pero necesarios. En el Partido Popular eso no pasa. Ya saben que los cadáveres no llegan a los congresos. Se da por supuesto que hay que cazar varios leones antes de sentarse en el consejo de ancianos (o pagar a alguien en b, para que lo haga).

  Esto no es el maldito Juego de Tronos. Esto es cien veces más escalofriante. Es "Lucha de Poder en el Wonderland Podemita". Muchos lo hicieron antes, en Suresnes, por ejemplo. Se quiebra la inocencia y no hay vuelta a atrás. Se mata al león para ser admitido como jefe de la tribu, pero el león ya no volverá a rugir ni a pasearse por la sabana. Todo héroe es a menudo también un criminal. Si tuvieran sentido del humor verían que la clave está en el nombre del sitio elegido para hacer el congreso: "Vistalegre". Dejad de dar la lata. Que gane el mejor o el menos malo. Limpiad la sangre. Restañad las heridas, afeitaros el bozo y poneos a trabajar, que os necesitamos.




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09 mayo 2016

Paseando por la plaza

  Un hombre joven y atractivo camina por una plaza. Su cara me suena. Alguna vez la he visto en la tele y no en Juego de Tronos. ¡Es Alberto Garzón, de Izquierda Unida! Me lo pido como vecino. Me lo pido para celebrar una barbacoa. Me lo pido para que me pase unos apuntes. Habla de las clases populares, nos recuerda que está donde nació el 15-M, en la "plaza" Puerta del Sol. Por fin, nos anuncia el motivo de su alborozo, de su beatífica sonrisa. Fumata blanca. Nos anuncia que por el bien de las trabajadoras y trabajadores ha llegado a un preacuerdo con Podemos. Mientras camina, relajadamente, la sonrisa ancha, como decía Víctor Jara, no importaba nada, ibas a encontrarte con él, con él, con él...

  Aparece en plano Pablo Iglesias. Se dan un abrazo. Iglesias nos informa que se van a celebrarlo a no sé qué sitio, (desconocido para un paleto de provincias como yo) y es entonces cuando la Casa de la Pradera Progresista llega a su clímax, Iglesias va y cita a Aníbal del Equipo A. "Me encanta que los planes salgan bien". ¿Quién es el guionista de los vídeos de Podemos, Antonio Hernando? Hay también una versión "Podemos". En ella es Pablo Iglesias quien va al encuentro de Garzón, pero como diría Carlos Boyero, es previsible, prescindible, cargante y reiterativa. Además el cámara padece parkinson.

   Pero, vayamos por partes. Parte Equipo A. Si Iglesias los hubiera visto de pequeño, en los años ochenta y no cuando eran una serie de culto para culturetas, sabría que Aníbal, interpretado por el genial y borracho George Peppard, era divertido pero básicamente un fascista que sin duda estaba a la derecha de Ronald Reagan. Habían huido de la cárcel, encarcelados por un delito "que no habían cometido" y se ofrecían como mercenarios. El resto del equipo lo formaban un genio loco, un ligón rubio y Mister T, un negro cuyo mayor atributo era la fuerza bruta, su pinta estrafalaria, su miedo a volar y sus pocas luces. Nada que dejara especialmente bien a la comunidad afroamericana. Claro que estamos en los ochenta. No había tantos remilgos. Afrodita A era una inútil que solo servía para tirar sus tetas y ser salvada por Mazinger Z. Los personajes femeninos que aparecían en el Equipo A hacían básicamente lo mismo.

 De haber buscado una referencia en las series de los ochenta para el vídeo, (tan improvisado, tan fresco, tan mindfulness) de promoción comercial del acuerdo Podemos con Izquierda Unida, sin duda yo hubiera echado mano, ya lo dije, de otro clásico: la Casa de la Pradera. De hecho creo que ese debería ser el título. La Casa de la Pradera de la Izquierda. No puede negarse que Iglesias tiene algunos rasgos épicos de Michael Landon y Garzón podría tanto hacer del reverendo Baker como de Laura Ingalls, previo un buen afeitado.

  Laura era uno de los nombres para mujer más populares de la época, y sin duda muchas Lauras votarán o estarán en las listas de la coalición de izquierdas, aunque ya las clases populares comenzaban a decantarse por las Tanias y Natachas, precursoras de las Vanesas, Jenifers y Samanthas...

  Si creen que en mi intento de ser irónico hay una postura contraria al acuerdo, se equivocan. He aprendido además, en un curso de psicología, que la ironía es una postura negativa propia de los fracasados. Se trata de algo más profundo,  de una aversión estética, cinematográfica, si se me permite. Hace años escribí en este blog, sin mucho acierto, algo similar con un vídeo de Rajoy. En el film, Mariano Impávido Coloso, paseaba apaciblemente por una playa gallega con la naturalidad con que lo haría un ganso en el Bolshoi y decía tales simplezas que daba ganas de poner el asunto en manos de la fiscalía para que iniciara el proceso de incapacitación. En aquella época pensaba firmemente que el gabinete de prensa de Rajoy estaba controlado desde Ferraz, pero ahora me doy cuenta de que probablemente lo era desde Irán, Venezuela y la productora de Gerardo Herrero.

  No quiero parecer un reaccionario. Ya sé que esto es parte del juego y que hasta a mí me viene bien, que no sabía qué escribir hoy y me encuentro esta perla de la cinematografía política española. Estamos en campaña. Los niños tendrán que ser besados. Las plazas pateadas. Las cimas holladas. Las bicicletas montadas. Los cochinillos trinchados. Los gazpachos, por mor de la estación, sorbidos. Tratarán de hacernos creer que son como nosotros. No solo de convencernos, sino de cautivarnos, de conquistarnos. Paseo donde tú paseas, veo tus series, animo a tu equipo, mojo tus magdalenas. ¡Miau!


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07 marzo 2016

Chulería: elogio y refutación

  Alguien dijo (¿Paracelso, Ortega y Gasset, Karlos Arguiñano?) que lo primero que nos atrae de alguien al final se convierte en lo que más detestamos. En realidad quien lo dijo (¿Hume, Kant, Chicote?) lo hizo con mayor precisión y donaire, pero creo que ustedes ya cogieron la idea, que es lo que importa. Será cosa de la naturaleza contradictoria del ser humano. De gracioso se pasa a cargante, de minucioso a maniático, de sabio a petulante, de deportista a vigoréxico, de sofisticado a remilgado, de campechano a zafio y de seguro de uno mismo y ambicioso a chulo macho alfa cabrío. Me pregunto si es eso lo que nos ha pasado con Pablo Iglesias. 

  Las ideas que defendía Podemos ya existían y estaban representadas en otros partidos políticos. Algunas incluso en el PSOE y las coincidencias con Izquierda Unida son verdaderamente notables, que diría el líder M.R.B. Puede que la diferencia esencial que existía entre los primeros y los segundos estribara en la ambición. Podemos se atrevió a proclamar que ganar las elecciones, hacerse con el poder y cambiar las políticas era algo posible. La izquierda, unida o no, dejaría de ser así un club selecto en sus formas y lecturas (mucho Gramsci, mucho Susan George) pero marginal en su influencia política. Todo lo más una concejalía por allí, o un ayuntamiento más bien remoto por allá. Tenían la chulería de la ambición que se plasma sin ambages en su propio nombre. Podemos, claro que podemos, qué coño.

  Yo siempre he detestado la chulería, y también he detestado, más aún, a aquellos a los que les encanta la chulería. Muchas veces se utiliza como sinónimo de determinación, de fortaleza de carácter o de inquebrantable resolución. A veces a lo que se llama temperamento no es más que mala educación, y desconocimiento descomunal de las más elementales normas ortográficas. Sin embargo, si miro en el interior de mi corazón, más de una vez me hubiera gustado tener esa seguridad flamenca y desenvuelta que diera a los demás la sensación de que podía comerme el mundo con ellos dentro y por supuesto, con patatas. 

  Iglesias forma parte de la generación española sin complejos. Ha mamado la arrogancia en la universidad española, donde otra cosa no habrá, pero la altanería la sirven en el catering junto con las albóndigas recalentadas y las croquetas congeladas que se ofrecen como caseras. En compañía de otros como él, montó un grupito tan leído como los viejos, tan informado de las redes sociales como los jóvenes, tan cools como los artistas y tan ambiciosos como los cachorros de las mejores escuelas de negocios. Suscitaron admiración y rechazo de poderosos y casposos, y con ese aval se atrevieron a proclamar: PODEMOS. "We Can Party", tradujeron al principio los informativos en inglés. 

  Y ahora tenemos esto. Una de cal y otra de cal otra vez. Yo soy uno de los que se ha decepcionado con Iglesias y sus seguidores no menos pagados de sí mismos. Tan leídos como son, deberían siempre recordar que el zoquete y pueblerino de Stalin se deshizo políticamente primero y luego físicamente de la lumbrera de Trotsky. No ganan siempre los más listos ni mucho menos los que se creen los más listos. La histriónica representación en el Congreso y su previa representación de vicepresidente de Barataria, apta solo para menores de 35 años y tuiteros, opacó lo que parece obvio: que Sánchez prefiere (o le obligan) simular un pacto imposible con la derecha antes que intentar el pacto (posible) de izquierdas.

  Pero la culpa no es de Iglesias, ni de Errejón, ni de Bescansa (iba a hacer el chiste malo de que tampoco es de su hijo, pero me abstendré). Ellos ya eran así. Somos nosotros los que hemos cambiado de gusto. ¿Por qué? Ya lo explica el príncipe Faysal en Lawrence de Arabia:



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05 diciembre 2015

Quiero que gane lo peor de mí mismo

  Albert Boadella dijo una vez, hace ya años, que Jordi Pujol representaba lo peor de sí mismo. El dramaturgo sabía que hay una íntima conexión con los propios enemigos, con las personas y actitudes, valores y emociones que detestamos. El hecho de que nos repugne tanto estriba en parte en que los reconocemos como inmersos en nuestra propia naturaleza

  En su obra "Ubú President", Els Joglars trazaban el perfil de un mandatario mezquino (cambió las naranjas del patio de la Generalitat por otras de plástico porque se las robaban), manipulador y con tendencia a quedarse con todo. Y eso fue dicho y escrito en 1995, cuando Pujol era el padre de la patria. El político sensato con "seny" con el que a todos, empezando por el gran Iñaki Gabilondo, se les caía la baba cuando hablaba. Supongo que el propio Pujol o colaborador luego la recogía, la metía en un frasco y la vendía en una tienda Gourmet.

  Es más que sabido que el medio es el mensaje, especialmente con los políticos, y que al final su discurso acaba sonando a la ciudadanía como una cháchara incomprensible plagada de mensajes como progreso, lucha contra la corrupción, empleo, esperanza, bienestar, riqueza, seguridad y otras similares que se pasa por la batidora de los medios, se embotella y tras echarle una buena dosis de conservantes, colorantes, acidulantes, edulcorantes y espesantes se mete en el gaznate de los votantes. Como ven, si ha llegado usted al final de este párrafo, estoy descubriendo la rueda. ¿Pero a que lo he hecho con arte? ¡Ole!

  Hoy me he despertado queriendo que lo peor de mí mismo, que Rajoy, gane las elecciones. Aunque les parezca imposible, reconozco en Mariano muchos de mis peores defectos. Tanto él como yo hemos pasado muchas horas (y perdiendo muchas neuronas como acaba de acreditar un estudio científico) viendo el Tour de Francia por la tele, amén de la Vuelta Ciclista a España, el Giro de Italia, la Liga, La Champions League, Roland Garros y otros. Tanto Rajoy como yo pensamos que la mejor decisión es aquella que no se toma. Nos gusta ver cómo la gente se va cociendo en su propia salsa a la espera. 

  Como Rajoy, tiendo a pensar que las cosas no son ni blancas ni negras, menos cuando alguien nos intenta convencer de que son grises. Tanto Rajoy como yo somos altos, delgados, nos sale una barba rala, feos, sosos y en gran parte inútiles (¡qué haríamos sin Soraya!). Reconozco que con todo Rajoy es mucho más listo y ha aprovechado mejor el tiempo después de todo, pero no es esa la razón por la que me he levantado queriendo que don Mariano Rajoy Brey (En España son muy españoles y mucho españoles...) gane las elecciones. La verdadera razón es que Rajoy no solo es, sino que además parece mucho más viejo que yo, y sus rivales no.

  Cuando era niño y tenía los cromos de la liga de fútbol (eso que tanto nos gusta a Mariano y a mí) me llamaba la atención lo viejos que parecían aquellos futbolistas embarrados y con el pescuezo girado buscando un remate de cabeza a la escuadra. Es verdad que el aspecto de Bizcocho, Esnaola, Migueli, Sol, Baena, Giuliano, Kempes, Miguel Angel, Guisasola o Artola era diferente a los supertatuados futbolistas de ahora, aunque su discurso es el mismo (partido a partido y no hay rival pequeño). Viendo hace unos días la entrevista al portero de la Real Sociedad (partido a partido, estamos a muerte con el míster) me preguntaba si su madre sabría que estaba aún levantado a esas horas. Ver que los futbolistas son niños es duro, pero aún no estoy preparado para que los que me parecen críos sean los presidentes. 

  No hace falta haber pasado por las aulas de la prestigiosa Universidad de Alicante, (grado de Sociología) para darse cuenta de que en el resultado de los comicios venideros (me encanta utilizar la palabra comicios, me hace sentir como un tertuliano de los que invitan a la SER) la variable (¡otra más!) generacional (¡y otra!) va a tener una importancia clave. 

  Hoy publica El País lo que todos los que tenemos hijos y sobrinos en edad de merecer sabemos. Los jóvenes detestan a Rajoy. También los jubilados que juegan al dominó con Mariano le detestan (ni siquiera se dejaron ganar por él en Valladolid el otro día), pero les pasa como a mi, no quieren aún a su nieto dando órdenes desde La Moncloa. Necesitan a una presidenta con arrugas o a un presidente que tenga que afeitarse. Nos aferramos en vano.

  Rivera por eso es el candidato ideal. No es que sea vagamente guapo, que lo es, y atractivo, que también. Es que tiene la saludable lozanía del "establishment". Si Sánchez es un prototipo, Rivera es la versión mejorada. Sánchez aún se cuelga cuando le instalas determinadas aplicaciones, entra en bucle, resulta aparatoso y los diseñadores no le consiguieron sacar cierto tonillo chulesco. El Rivera 2.0 todo resulta más "jugable", tiene mayor potabilidad y seguramente gigas. 

  ¿Iglesias? Todo el mundo sabe que hay tipos a los que se les piden favores y son excelentes personas, pero cuando se llega a una fiesta o hay que ir de viaje, uno quiere estar con los que molan, no con los buenos. Los fascistas de la falange decían que vale quien sirve, pero la realidad es que "mola" quien puede (de poder, de fuerza). Rivera mola más, es así de simple. Iglesias es el friki del after. Por supuesto siempre tendrá su público abundante, pero no es Ken. Rivera es Nadal, es Tommy Hilfiger. Está bien lo de Alcampo y la coleta, pero al final, cuando de poder se trata, la increíble capacidad del sistema para reproducirse a sí mismo es imparable y Rivera es el modelo de la casa confortable, los bíceps torneados, la limpieza bucal impecable, la novia guapa, lista, dulce y dócil (y no la novia chillona e irascible del politburó), el coche cool, la palabra adecuada, la boda en Bali (suegros y suegras llorando de emoción, por supuesto). Es encomiable vivir en Carabanchel con latas abiertas en la nevera y moho en la junta de los azulejos, desde luego. Pero ya te iremos a buscar, Pablo, cuando el catalán (entonces ya no será Rivera, será Albert) nos salga rana. Da igual que el pasado de Rivera sea ideológicamente inconsistente y preocupante. Da igual que sus apoyos sean medianamente tenebrosos. Los viejos queremos a un fracasado (y viejo) como nosotros, pero la juventud siempre aspira a la salud, al vigor,  al triunfo. Just do it!

Por eso Rivera será el presidente del Gobierno con ayuda de la versión 1.0.
Ojalá me equivoque. La suerte es que casi siempre lo hago.


Mitch Blunt


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01 diciembre 2015

No ir

  ¿Quién no ha soñado alguna vez con no ir a trabajar y seguir conservando el puesto, el sueldo y su reputación? O mejor aún, ¿quién no ha soñado que uno no va a trabajar y otra persona más eficaz y servicial va por él? Yo como abogado sé lo que es trabajar y que no te paguen, pero aunque vivo en el lado oscuro de la luna, sé que existe otro lado. Lo sé porque lo veo en las noticias. En concreto veo a Rajoy, que tiene un pequeño empleo como presidente del Gobierno de España, y que no va a trabajar a veces (como ir a un insignificante debate electoral con otros candidatos para un trámite jurídico al que llaman elecciones generales), o mejor aún, se lo encarga a otra persona, en este caso la siempre dispuesta vicepresidenta-para-todo, Soraya Sáenz.

  Ayer tuvo lugar el debate de tres candidatos organizado por El País con dos ausencias. Uno de los candidatos (Garzón de Izquierda Unida) no fue invitado. Todo club selecto debe tener un "margi", un apestadillo que haga más viciosamente interesante la reunión de los "elegidos". Hasta en la pandilla de los más zoquetes del patio se sabe. Yo he hecho con mi marginación una cantidad no despreciable de clubes selectos a lo largo de mi vida, algo de lo que me enorgullezco. La otra ausencia como saben es la de Mariano Rajoy. Teniendo en cuenta que el debate era lunes 30 de noviembre y por tanto el horario no coincidía con ningún partido de la Champions Leage, ninguna etapa del Tour de Francia, ninguna eliminatoria de la Copa Davis ni aparentemente nada que no fuera urgente, su ausencia resultó aún más dolorosa.

  Los organizadores del debate, para mostrar este gran vacío que Mariano dejó en los corazones de los ciudadanos, colocaron melodramáticamente un atril vacío en señal de su ausencia (snif, snif). Yo hubiera ido más allá y habría colocado un ramo de flores, para acentuar los tintes dramáticos, aunque la audiencia sabría de sobra que no estaba muerto, estaba de parranda.

  A estas alturas subrayar lo imprescindible de un debate público entre candidatos en una democracia parece algo tan obvio como resaltar que deben pelarse las patatas para hacer una tortilla española, o que se necesita agua en una piscina para poder nadar en ella. Sin embargo es sabido que los maltratados/as ven como naturales situaciones y comportamientos que los demás ven como inaceptables. Yo jamás votaría a un candidato que se niega a debatir, (ni para presidente ni para presidir el "AMPA") pero debo reconocer que millones de personas sí lo hacen, y como la hipótesis de que millones de personas son necias es inaceptable, cabe preguntarse genuinamente por qué sucede.

  La razón por la que se tolera quizá radique en que para los votantes los debates son tan irrelevantes o dañinos como para el candidato. Para muchas personas en España (y muchos otros países) discutir de política es un acto peligroso, que se hace con pasión, engendra diferencias donde no las había y es un acto básicamente pretencioso y vacío que se descalifica con la frase "estos están arreglando el mundo". Además el debate y la confrontación serena de ideas es algo que está excluido de la enseñanza en España. De hecho, los alumnos que debaten y cuestionan son "raros". Si a esto se le suma que persiste entre muchas personas (y especialmente varones mayores de cincuenta años, caladero de votantes del PP) una actitud que confunde el autoritarismo con la seguridad, se entiende que en la práctica los debates se vean como algo pernicioso y a evitar. Los medios tampoco ayudan mucho con sus valoraciones de "quién ha ganado el debate", puntuación alquímica que solo saben descifrar nigromantes en ciencias políticas y sociológicas.

  Ya lo dice Pablo Casado (versión alcatel del PP de los candidatos jóvenes del resto de los partidos) que el vencedor del debate ha sido el PP, que con sabiduría no fue y por tanto no manchó su lengua hablando de obscenidades como la economía, la seguridad, la inmigración o la sanidad. Es verdad que algún día tendrá que hacerlo, pero (¡gracias a Dios!) tenemos a la chica. Dice otro portavoz del PP que el presidente no fue porque "estaba gobernando". Uno se lo imagina entonces, de noche en medio de la tormenta, solo en el puente de mando, controlando el timón, la presión de la caldera y sorteando los arrecifes, mientras los marineros se emborrachan en el camarote, parloteando sobre mujeres y jugando a las cartas.

  Siendo sinceros, lo más importante que hará y dirá Rajoy a lo largo de la campaña electoral ya está dicho y hecho. Dicho: Cristiano Ronaldo se merece el Balón de Oro. Hecho: la cariñosa colleja a su hijo, en el acto más humano que se le recuerda en público, quien declaró que los comentarios de Manolo Lama eran una basura. Estoy seguro que tal y como lo dijo el niño el padre comparte la opinión, y se han echado ambos unas buenas risas a costa de semejante maldad (verdad verdadera). ¡Bien por el padre! Pero, ¿y el candidato?

  Al candidato no le irá mal, o por lo menos no peor. Ya ganó así más de una vez. Lo mejor es no ir, no hablar, mandar a otro o mejor a otra... ¡Dolce far niente!




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26 enero 2015

¿Himnos gloriosos o himnos pachangueros?

  Ya les advertimos tiempo atrás en este blog, un blog que algún día será un martirio para los estudiantes en el examen de selectividad, que muchos no descansarán hasta no hallar que Pablo Iglesias es Lucifer, Monedero Stalin e Iñigo Errejón, Milhouse. No sé a qué viene tanto empeño. Yo, que posiblemente los acabaré votando, no los trago. 

  Lo último que los rebuscadores en los contenedores de los desprecios de la hemeroteca han encontrado, es un artículo de Iglesias en el que tildaba (me encanta esta relamida expresión) de pachanguero el himno español. Por supuesto, los rebuscadores se han puesto infantilmente excitados con tamaña revelación. Pero dejemos por hoy a los políticos, a los rebuscadores, a los periodistas y los poderosos con sus asuntos y centrémonos en lo importante.

A) Qué significa pachanguero.
B) ¿Es el himno de España pachanguero?

 Una aproximación melómana.

  Decimos que la música es pachanguera cuando es fácil, alegre y pegadiza que se utiliza en las fiestas. Podemos añadir que también lo característico de lo pachanguero es que se tenga un tono estridente y un ritmo machacón, con recuerdos folklóricos. España tiene una relación bipolar con la música, que otro día abordaremos. Decir por tanto que el himno español es pachanguero sería redundante, puesto que no hay nada que guste más al temperamento nacional que la fiesta, lo alegre y lo fácil. 

  ¿Pero es realmente pachanguero? Su origen militar no precisamente invita a elaborar gin-tonics, sino más bien a pasar a cuchillo a algunos enemigos. La Marcha de Granaderos, como también es conocido el himno, lideró el playlist oficial durante el reinado de Isabel II, pero documentalmente se sabe de su existencia al menos desde 1761. Sin embargo su genealogía podría ser más antigua e insospechada. Como ya puso de relieve Eduardo Paniagua, el origen del himno estaría en una composición mozárabe atribuida al místico y filósofo andalusí, Avempace.

  Supongo que para algunos será molesto. Recojo un comentario de una de las biblias de la testosterona casposa nacional. "¿El himno de España árabe? Buen intento moruno... (sic)"

  Independientemente del origen, una de las grandes virtudes, como ya señaló en su momento Javier Marías, más allá de sus bondades musicales, es su carencia de letra. Suprimida la letra franquista elaborada por José María Pemán, los españoles hicieron virtud de su costumbre de procrastinar. Es cierto que los acordes del himno no invitan a cantar exacerbado a las mujeres y el vino nacional (como hace el himno alemán), o a los bosques y los campos (como el hermoso himno ruso). 

  El himno español más bien evoca un vaga resaca tras una noche agitada e improductiva y nos invita a apurar el paso, no sea que se se nos pase el arroz. 



Camina español, ya sé que duele la cabeza.

Larga fue la noche, malos los combinados.

Bellos son nuestros ríos y mesetas (supongo)

y altas la montañas y arroyos (es de suponer)

Desde la butifarra a la fabada,

grandes son tus alimentos

Nunca jamás acabada

Todos cantamos satisfechos.




Sí, a veces es mejor no tener, pero rara vez es  preferible, no saber.

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27 junio 2014

Falsos viajes: en la fiesta de los jóvenes monárquicos

  ¿Recuerdan la canción de Mecano llamada (salvo que Wikipedia o los listillos me corrijan) "en tu fiesta me colé"? Yo me he colado en casi todas las fiestas a las que he ido porque tengo el dudoso honor de no ser invitado a prácticamente ninguna, incluyendo la de mi Primera Comunión y la de mi Primera Excomunión. De todas formas, siguiendo con la música de los ochenta, como dirían los de Gabinete Caligari, colarme en las fiestas, además de ceder el asiento en el autobús, es para mi una virtual aptitud.

  Lo de los jóvenes monárquicos es una obsesión desde los ya lejanos años noventa. Hice la preinscripción para el viaje que hizo este colectivo marginal a Bután. Al final tuve que alegar otro compromiso en Miami, Panamá, Islas del Canal y en el Canal de La Mancha para no acudir, pretexto que enmascaraba una vergonzosa falta de recursos pecuniarios para sufragar no ya el viaje, sino cualquiera de los desayunos del mismo. 

  Incapaz de permanecer sin desayunar durante un mes, tuve que renunciar a la excursión y hacerme adicto al chocolate con leche y avellanas. Debo añadir, por si no lo saben, que en ese viaje se conocieron la Infanta Elena y Marichalar. Teniendo en cuenta mis gustos, mi sex appeal y la innegable rareza que comparto con el aristócrata, no descarto que de haber estado presente en Bután, la historia de España y de mi fondo de armario hubiera sido bien distinta.

  Por eso colarme en la fiesta de jóvenes monárquicos que celebraban el nuevo reinado de Felipe Algo, era para mí "lo más". La consagración de mi carrera de intrusismo en pos de canapés rancios, cava barato y gambas frías. Me enteré de la fiesta a través de la web "todoborbones.com". Allí aparecía todo lo necesario. Día, hora y lugar. Rogaban etiqueta completa para los hombres y para las mujeres vestido largo. Una empresa de prestigio en el mundo del champán organizaba el evento, con lo cual podría resarcirme de tanto vino espumoso almizclado.

  ¿Pero hasta qué edad se es joven monárquico? Si fueran agricultores, ganaderos, abogados o propietarios de una comunidad en la costa, mis 44 años parecerían infantiles, pero ¿cómo saber que era joven para un monárquico? Nada se escribió de los cobardes, así que ni corto ni perezoso me alquilé un esmoquin, me puse una pajarita de pega y me fui al prestigioso hotel donde se celebraba el evento. Con esta facha no podía coger el metro. Aparqué el fiat a tres manzanas (¿o eran cuadras?) del lugar del evento.

  La puerta estaba flaqueada por dos ujieres vestidos como lacayos del siglo XIX. Balbuceé unas palabras y sentí que mis intentos por entrar en la exclusiva fiesta iban a fracasar. Sin embargo los criados disponían de tecnología del siglo XXI en forma de smartphone a la que no quitaron ojo. De modo que entré sin problemas como lo hubiera podido hacer el mismísimo De Juana Chaos, incluso con pasamontañas puesto.

  Una vez dentro, ¿cómo describir, oh lector, lo que vieron mis ojos? ¿Cómo no sentirse arrobado por esa exhibición de lujo, gomina y sonrisas blancas? No era el lujo lo que deslumbraba. Era la extraordinaria concentración de pijos por metro cuadrado. No sé por qué, pero me dio por pensar en aquella película tan emotiva, "Gorilas en la Niebla". Sin duda, la naturalista Dian Fossey debió sentirse tan fascinada como yo ante la presencia abundante y salvaje de tan raras especies, viviendo a su antojo en su hábitat a menudo cerrado para el resto de los humanos. ¿Acabaría yo como ella? ¿Atacado por furtivos seguratas o por algún macho alfa de la manada? Precaución.

  Entre su especie se reconocen. Puedes fingir su acento y repartir "oseas" pero ellos se ríen de forma diferente, caminan de modo distinto. Por tanto lo esencial era camuflarse en un corrillo, no reír, no caminar y en caso de peligro dar vivas al Rey y a España. Me acerqué al corrillo más nutrido. Todos estaban escuchando al único tipo sin esmoquin de la fiesta. Eso sí, llevaba corbata negra estudiadamente descuidada. Le miré con atención. ¡Era Pablo Iglesias, alias "El Coleta"!

  Estaba dando una charla sobre la justicia social y la casta. Algunos se reían, (ellos), alguno le atacaba y recibía rápidamente un zarpazo moral más arriba de las rodillas más abajo del plexo solar.

—¿Cuántos títulos nobiliarios tienes, Iglesias?
—¿Y tú cuántas matrículas de honor?

  En cambio las jóvenes monárquicas, tan rubias, con muñecas y tobillos tan delicados, labios tan perfilados y sonrisa tan blanca, parecían encantadas. ¿Qué hacía Pablo Iglesias en una fiesta de jóvenes monárquicos? 

—Voy al servicio. Ahora vengo—. Los jóvenes monárquicos dijeron ¡ja! Las jóvenes monárquicas dijeron ¡ay!

  El líder de Podemos galopó hacia los baños y yo fui detrás, como perro tras pastor. El servicio estaba tan limpio y era tan bonito que hasta la virgen María estaría orgullosa de descargar allí, como hubiera dicho el sargento Hartmann. Me puse a su lado. Era un tipo tan seguro de si mismo, que hasta la micción parecía un asunto de Estado. Sin más preámbulo le pregunté qué hacía allí, con la casta de las castas.

—¿Cuántas matrículas de honor tienes? ¿Cuántos doctorados? ¿En cuántas universidades has impartido clases? ¿Cuántos artículos científicos publicados?
—Ninguna, ninguno, en ninguna y cero, pero ¿qué haces tú aquí?

  Subiéndose la bragueta de Alcampo que le quedaba tan bien como una de Roberto Verino, la zarza ardiente dijo:

—Voy donde se me invita. No tengo miedo de explicar mis propuestas y debatir, sean jóvenes monárquicos o maduritos sin recursos como tú.
—¿Cómo me has descubierto?
—Ningún joven monárquico se pondría una pajarita falsa, ni un esmoquin con zapatos marrones. ¿Sabes qué es peor que ser de la casta? Ser un descastado. Debes de ser un bloguero socialista, o aún peor, un redactor de El País. Te diré, listillo, sin ánimo de ofender, que tengo permiso de las bases para estar aquí. Cada gin tonic bebido, cada canapé consumido, lo será con el conocimiento y permiso de las bases. Si no es refrendado, los vomitaré en la próxima asamblea.
—Puede que sí, le dije al líder de Podemos.

 Ningún joven monárquico me tomó por monárquico, ni por joven. Pero como me vieron inofensivo y el bar estaba bien surtido, se abstuvieron de tomar medidas de fuerza. Mientras deambulaba por los áureos pasillos reflexioné: ¿pueden llegar a ser los jóvenes monárquicos algún día de Podemos o los de Podemos podrán ser monárquicos cuando ya no puedan volver a ser jóvenes y se les invite a abrir ostras al lado de Letizia-con-Z?


Los caminos de la República son inescrutables, me dije. 

Mientras, hay que reconocer que el champán era muy bueno y la música no estaba mal.



El humor está aquí, en alguna parte
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