Woody Allen tiene la gran cualidad de hacer una película al año. Algunos dirán que tiene el gran vicio de hacer una al año, pero para los que somos aficionados a las películas de Allen es una bendición, algo así como las fiestas de Moros y Cristianos o la peregrinación anual a la ermita de tu pueblo (caso de tener pueblo con ermita). Por supuesto que estas entregas anuales tienen sus inconvenientes. De vez en cuando son sublimes, muchas son rutinarias y sólo una (a la que Alá confunda) directamente horrible. Pero a mí me da igual. Son mi cita ineludible del otoño, que es cuando Allen estrena sus películas en España. Me explicaré. Mi ego funciona de la siguiente manera: elaboro hipótesis sobre las cosas que me pasan y las que no. Una vez elaboradas se las aplico a los demás. Pues bien, respecto a la relación con Woody Allen mi hipótesis es la siguiente: Si un neurólogo me conectara unos electrodos o como se llamen los aparatos que tengan ahora y me los aplicaran en el cerebro mientras veo una película de Allen, vería que se estimulan zonas vinculadas al placer. Si luego me pusieran a comer croquetas de mi madre, el científico español (posiblemente con empleo precario), descubriría que se activan las mismas zonas de placer. Dicho de otro modo, mi placer por ver películas de Allen va más allá (o está en otro lado) que mi gusto por el cine. Como toda hipótesis, tiene sus fallos. Entiendo que haya gente a la que no le guste Allen pero, ¿a quién no le van a gustar las croquetas de mi madre?
Hubo un tiempo, que vamos a llamar de post-adolescencia, que no de juventud, que yo me sentía una especie del Alter Ego de Allen: hipocondríaco, obsesionado por el amor y las mujeres y ocurrente. Además soy miope y si me lo propongo puedo ser bajito. Me resulta curioso porque no creo que haya un tipo más diferente a mi. Si uno lo ve con detenimiento se da cuenta que Allen es yanqui por los cuatro costados. Igual la idea parece tonta, pero dejen que me explique antes de romperme la cara y luego, procedan.
Se repite como un mantra que las películas de Allen son más vistas en Europa que en los Estados Unidos. Además Allen siempre ha manifestado su admiración por directores como Buñuel o Bergman. Pero Allen es un neoyorkino de pura cepa. Su admiración por Europa es la que muestra el turista. Como muchos de sus compatriotas es capaz de conocer a los otros, pero siempre será impermeable a la cultura extranjera. No hay más que ver la infame película rodada en España (cuyo nombre me niego a reproducir).
Allen nos vende, pero no es uno de los nuestros. Puede que las neurosis de las que habla, las inseguridades, el amor perdido o que nunca se tuvo, el miedo a la muerte, sea algo que compartamos. Pero al menos servidor, nunca visitará los espléndidos apartamentos en el West End o los clubes londinenses, el refinado ambiente de neuróticos y ricos personajes. Puede que Allen admire el cine europeo, pero es el heredero del glamour elitista del cine clásico de Hollywood.Ahora vuelve con Blue Jasmine. Dicen que es una película más oscura. Me gusta el Allen feliz que hace películas disparatadas como "La maldición del Escorpión de jade" (The curse of the Jade Scorpion, 2001) o "Scoop", (2006), pero prefiero el Allen oscuro y algo nihilista de "Delitos y faltas" (Crimes and misdemeanors, 1989) o "Mach point" (2005). De modo que esta vez deje de hacer turismo europeo y vuelva a la penumbra, me viene bien.
Lo disfrutaré, y hasta la próxima. El dios judío de Brooklyn quiera que el próximo otoño.