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18 julio 2016

Sobre el odio, en general

  Tuve la mala fortuna de encontrarme con los mensajes en las redes sociales sobre el fallecimiento del torero Víctor Barrio. Venía de leer una hermosa crónica de El Mundo, lamento no recordar su autor. La fiesta de los toros, en general, me ha resultado ajena, pero hace años era un fanático seguidor de las crónicas taurinas que Joaquín Vidal escribía en El País. Las hubiera leído con el mismo placer si hubieran  tratado sobre cocina manchega, maquillaje o danzas rusas. Estaban llenas de humor, sabiduría, fuerza, riqueza de lenguaje, guasa y mala uva. Años después he encontrado a otras personas que sin ser aficionadas también leían las críticas de Vidal. 

  Vidal murió, como murieron Haro Tecglen, Monleón (la pasada semana), Vazquez Montalbán y otros. Dudo que alguno de los que entran en las disputas en las redes sociales sobre el asunto del torero y otros hayan leído jamás a ninguno de ellos. Omitiré cualquier referencia al asunto. Tan solo diré lo obvio, que la postura que uno tenga sobre los toros no tiene nada que ver con el fallecimiento de una persona. De hecho no hay nada más contradictorio que humanizar a los animales para animalizar a las personas. 

  Siento que de la misma manera que leer a los que antes mencioné te hacía mejor persona, seguir estos debates, leer estos comentarios —comentarios que usted y yo sabemos— te envilece. Es difícil saber qué es más rastrero, si su nivel intelectual o moral. Las personas que públicamente así se manifiestan se muestran como personas mezquinas, irritables, violentas y estúpidas. Me leí un buen puñado y luego tuve una ocurrencia. Leer la noticia de la muerte de un torero en un diario extranjero. Quizá sea la España cainita, la que nunca abandona el 18 de julio.

  Elegí a los lectores de The Independent. Si no están suscritos en Facebook a ese diario se lo recomiendo. Te ofrecen periódicamente reportajes y mapas divertidos y muy ilustrativos. El último que recuerdo era un mapa mundi donde aparecían coloreados los numerosos países que habían sido insultados por Boris Johnson, el nuevo ministro de Exteriores británico. Comprobé, con cierta decepción, que ni la sagrada España, ni la sacrosanta Catalonia, ni la leal Euskal Herria, estaban entre las elegidas. 

  Supuse que los lectores británicos de un periódico "progre" y culto tendrían una opinión, quizá pintoresca, pero menos apasionada. Me equivocaba. Abundaban también los comentarios de alegría por la muerte del torero. Otro sector se decantaba solo por destacar lo cruel del "deporte" de los toros y acto seguido se entablaba una extraña polémica sobre por qué los toros eran considerados un deporte, teniendo en cuenta que el "toreador" siempre ganaba y el "bull" perdía. Alguien con sentido (británico) del humor podría haber dicho que exactamente igual que cuando en un partido fútbol se enfrenta Argentina con Inglaterra. 

  Sin embargo lo que más me llamó la atención no fue la intensidad y la abundancia de comentarios mostrando el gozo por la muerte de una persona, ni tampoco las opiniones más bien desnortadas sobre la naturaleza del festejo taurino. Lo que no me esperaba (y abundaban) eran los comentarios xenófobos. Se repasaba el cliché español de la leyenda negra de manera zafia pero exhaustiva. Muchos lectores insistían en que España era el país del mundo que peor trata a los animales ( pero si ni siquiera nos comemos a los perros). Luego se hablaba de la crueldad española, en general, y por supuesto no tardaba en aparecer la "Spanish inquisition". En resumen, el único término negativo que no era mencionado por los lectores era el de sangría

  ¿Es la naturaleza de las redes sociales la que hace que la única manera de destacar entre la masa sea la de gritar la barbaridad más grande? ¿O es que necesitamos el odio para saber quiénes somos, para singularizarnos entre los miles de millones de personas que llevamos una vida que ni fu ni fa? ¿Es más importante un pokémon que su vecino? Para septiembre les mando una redacción sobre sus vacaciones y que me escriban un folio respondiéndome a estas cuestiones. 

  Leo en una entrevista a Tom Regan, filósofo experto en derechos de los animales: "Lo que cambió mi vida fue leer a Gandhi. Me oponía a la violencia no justificada, por lo que me opuse a la guerra de Vietnam. Gandhi me ayudó a ver que en nuestra cultura hay una guerra declarada contra los otros animales".

Saul Steinberg 


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15 julio 2015

Memorias de un toro de encierro

 Me llamo Antidisturbios y nací en un pueblo de Cáceres. Soy un toro negro bragado meano de 450 kilos aproximadamente y cuatro años de edad, aunque todos me dicen que aparento tres y medio. Era astifino hasta que un veterinario, vendido al capital ganadero, me limó los pitones. Gracias a la Virgen del Buen Rabo y Dos Orejas, se trataba de un facultativo negligente y todavía tengo un buen par. Me gusta el cine clásico, la novela histórica, trotar con mis amigos, beber en el abrevadero y fastidiar a los cabestros. 

  Durante este verano he conseguido un contrato con la mercantil "Paco el del Corral" para ir de fiesta en fiesta amenizando con mi amenazadora presencia los encierros pueblerinos. No puedo decir que eso es lo que había soñado de pequeño, cuando pacía por las dehesas extremeñas y corneaba a los idiotas en los tentaderos. Hubo un tiempo que incluso me veía sacrificado en La Maestranza de Sevilla, pero luego comprendí que la tauromaquia era una cosa brutal, teniendo en cuenta que las banderillas se las clavan a uno y no al torero, como rumoreaban los fulanos de los sementales. En realidad el empresario me propuso una oferta "a la griega". O me hacía toro de encierros o me convertían en filete ruso. Por eso, dadas las circunstancias, estoy contento con el empleo. Viajas, conoces gente, haces ejercicio, aunque no todo el monte son vacas.


  • Un viernes de julio. Debuto en el pueblo de Villacafres de Arriba. Las fiestas se hacen en honor del patrón, el Banco de Santander. El local donde actuamos es en realidad una plaza vallada con unos ridículos tablones que podría demoler con dos envestidas desmañadas. Tengo que hacerme el loco y fingirme encerrado. Los mozos visten de blanco, pañuelo rojo o en calzoncillos. Se muestran en general gritones, torpes y timoratos. Debo andarme con cuidado para no llevarme por delante a unos cuantos. Aún así le doy un revolcón a un zagal que cae al suelo de mala manera. Compruebo que no le pasa nada. Su novia la espera subida a la cerca y le da un achuchón como premio a su torpeza: ¡humanos! Al cabo de un par de horas, aburridos todos, se clausura el espectáculo.


  • Un domingo de julio. Villacafres de Abajo. Nada que ver con los villacafrinos de arriba. Los mozos llevan camisa blanca y un pañuelo azul. El patrón del pueblo es el Deutsche Bank. Son muchos más numerosos y desafiantes. Esta vez el espectáculo es en una plaza mucho más grande. En el centro han puesto una especie de escenario. El perímetro está cerrado con barrotes de hierro (pocas bromas). La chusma se muestra agresiva conmigo. Me insulta y tira objetos. Los mozos son ágiles, fibrosos y con aspecto pendenciero. Decido hacer boicot y quedarme parado, como si el asunto no fuera conmigo, pero un tipo empieza a tirarme del rabo. Otro alude a que mi lugar estaría en cierta desconocida carnicería local. Me harto, hago un par de carreras y sin mucha dificultad empitono a dos mozos despistados. La gente grita, las chicas lloran y las ambulancias ululan como búhos. Ahora los mozos se muestran desconfiados, irritados pero acobardados. Está mal decirlo, pero me lo paso bien. Escucho a "Paco el del Corral" afirma que si me hago fama de peligroso aumentará mucho mi caché y lamenta que los dos mozos hayan salvado sus vidas. Al cabo de un par de horas, aburridos todos, se clausura el espectáculo.


  • Otro viernes de julio. Villacafres "A secas". Hay muchísima más gente que en los festejos anteriores. Parece que comienzo a afianzar una fama de res correosa y de malas intenciones. Me gusta. La patrona del pueblo es Mercadona. Los mozos tienen diferentes procedencias y, como es natural, deciden pegarse e increparse antes de iniciar el encierro. Actúo en un lugar en el puerto. Es obvio que quieren tirarme al agua para amargarme. Pero resulta que me caí a un arroyo de pequeño y el agua, el barro y los charcos me encantan. Los mozos están encendidos. Me insultan y arrojan objetos. Uno saca una espada no reglamentaria. Me tiro al agua y corneo a dos o tres mozos. Salgo del agua con un grácil salto ante el asombro general. Paco no cabe en sí de gozo. Al cabo de un par de horas, aburridos todos, se clausura el espectáculo.


  • Hoy. Actúo en Puebla de Paletos. Patrón: Apple. Estoy resfriado después del chapuzón del pasado viernes. Los corrales tenían corriente y el pienso fue malo. La verdad es que solo estoy para estar tirado debajo de una encina. Me viene el mismo veterinario vendido al capital ganadero e incompetente que me limó los pitones. No me hace ni caso y ni siquiera me receta una inyección. Me harto y le corneo. Sé que tengo mal genio, pero es que no soporto que las cosas se hagan mal. El encierro queda cancelado. Oigo a Paco que busca un sustituto. Se llama "Comediante". Lo conozco desde pequeño.¡Menudo paquete! Era el hazmerreír de la dehesa.




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12 agosto 2013

El día de los Santos Botellones y del Vecino Mártir

  El día 15 de agosto es fiesta en toda Epaña, aunque casi nadie se acuerda de ese detalle. La mitad de las localidades de la piel de toro aprovecha para marcarse sus fiestas patronales. Fiestas que consisten en echar por las calles algún animalito, emborracharse, dar saltitos haciendo como que se baila (decididamente no tenemos el ritmo en el cuerpo) al son de música estridente y dejar el recinto lleno de basura.

  Y ahí quería llegar. ¿Estar de parranda, borracho, como mandan los cánones de cualquier fiesta no musulmana o de alcohólicos anónimos implica necesariamente llenar todo de plásticos, botellas y orines? Como buen español pensaba que sí. Pero ya dijo Pío Baroja que el nacionalismo se quita viajando. O sea que si uno está un poco atento a lo que ve, vuelve menos paleto de lo que salió.

  Y mi experiencia antipalurda la viví en Amsterdam. No, no es que aprendiera a liar canutos. A pesar de quedar como más provinciano aún, añadiré que la marihuana (legalización ya, por supuesto) no me dice nada, solo me da hambre y sueño. Durante una semana de agosto toda la ciudad, de por si ya tomada por ingleses y otras nacionalidades con ganas de farra, se convierte en una gran fiesta con el "Uitmarkt", que celebra el estreno de la temporada cultural. Se instalan decenas de escenarios y hay fiestas por toda la urbe. Locales y visitantes caminan llevando en sus organismos vapores de espirituosos y vahos de plantas medicinales. 

  Dirán, aparecerá la ciudad llena de basura. Los bucólicos canales parecerán al amanecer cloacas infectas. Se destrozarán los puentes. Aparecerán rotas las ventanas del barrio rojo. Nada de eso. La ciudad amanecía limpia y los canales aún llevaban en su mayor parte agua. ¿No iban borrachos? ¿No iban drogados? ¿No estaban más para allá que para acá? Sí. ¿Entonces?  ¿Entonces qué? ¿Y la basura? ¿ Y las papeleras arrancadas? Algo falla.

  En Granada, durante las pasadas fiestas de la primavera se juntaron veinte mil personas de la madrugada del viernes al sábado en lo que los medios llaman macrobotellón (nuestro ya internacional "big bottle"). Si se piensa bien, no es tanto tiempo ni tanta gente. El saldo en basura fueron 52 toneladas. Es decir, la gente acabó de fiesta en un vertedero generado a la velocidad de una incontinencia urinaria. Eso hace una media de dos kilos y medio de basura "per cápita". Además cuatro (presuntos) cafres fueron detenidos. Me parece bien, y hasta pocos. Los abogados tenemos que vivir.

  Es decir, si descontamos el peso del líquido que va directamente a los gaznates de los participantes y de ahí, como decía la canción de "Los Toreros Muertos", la bebe el pastor, la beben las vaquitas, riegan los campos..etc, podemos entonces afirmar que ninguno de los participantes recogió nada de lo que llevó. Lo dejó directamente tirado en el suelo, todo los más arrojado con la displicencia de un boliche de petanca, a unos metros de su porcina persona. Y todos acabaron andando sobre la basura.

  Ni que decir tiene que no se trata de un comportamiento de los participantes de los botellones ni de los jóvenes. Igual espectáculo se puede disfrutar en cualesquiera fiestas patronales, romerías, verbenas y  eventos similares que se celebran en el España (conocida también como Estado Español). A los participantes les da igual si sus pezuñas hollan un parking, que un parque nacional, si su basura cae más o menos cerca de un contenedor o en la cornamenta de un muflón. Por lo demás, si el muflón es un vecino que no puede dormir, se le recomienda amablemente que cambie de residencia, tal y como sugiere una simpática cuña publicitaria de la cadena de radio española perteneciente a la Iglesia Católica Rock FM.

  El Ayuntamiento de Granada se gastó en limpieza más de 8.000 euros. Dinero que como nos sobra, está perfectamente invertido. Al menos allí limpiaron. Muchas veces los desperdicios quedan allí como parte del paisaje, tal y como atestigua cualquier cuneta, solar o camino vecinal español. Como ejemplo, la basura que quedó en Orihuela (Alicante) después de celebrar las fiestas de la Reconquista.

 ¿Y si los que van de ron recogen vidrio, los de whisky plásticos, los de wodka orgánico y los abstemios ligan? ¿Y si reconquistamos Gibraltar con un botellón que les inunde de porquería? Ya no somos los españoles  de la "La Kermesse heorica".

Exclamaba el sabio. ¡Es la economía idiota! Pues eso. ¡No es el alcohol, idiota! Es la educación.



El Señor Gordo
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