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03 abril 2016

Pescados vendo que para mí no tengo

  Algún lector (¿es que tienes alguno?) me criticó cuando mencioné que Vargas Llosa había definido la felicidad con dos palabras: Isabel Preysler. Entendió dicho lector que criticaba el amor, los arrumacos, los besitos de buenos días y buenas noches, los churros con chocolate, las puestas de sol y ese tipo de cosas. Señoría, vale que puedo ser un pelín amargado, pero niego esta acusación y pido mi libre absolución. Al revés, que la alegría reine en las corazones, digo.

  Lo que me parecía decepcionante era que un Nobel fuera, digamos, tan pedestre, en su definición. Dicho de otra forma, que fuera tan Sergio Ramos y tan poco Borges. Me parecía que decir que la felicidad tenía dos palabras Isabel y Preysler era como afirmar que el fútbol es así, o como que no hay rival pequeño.

  Pero hay momentos para la poesía y momentos en que la forma más fácil de decir me gusta la carne poco hecha es decir me gusta la carne poco hecha y no, "apreciada mesonera, dejemos que los efectos del calor no se prolonguen sobre lo que una vez fue vida salvaje en los campos de España, verde que te quiero verde, y ahora yace desmembrado en mi plato, para (¡oh cocinero!) para mi solaz disfrute y nutrición".

  Está bien que sea así. Nada gusta más a las personas normales que comprobar que las personas que parecen extraordinarias o que por lo menos se les considera como tales son tan normales o incluso infranormales como ellas mismas. Por eso nos podemos rasgar las vestiduras (actividad que debería ser deporte olímpico) porque Félix de Azúa diga que la alcaldesa de Barcelona debería estar en un puesto de pescado y no precisamente para celebrar un pleno, sino para despachar el pescado que, a bien seguro, el señor Azúa no sabe ni limpiar ni cocinar.

  De hecho, en parte, en eso se traduce la posdemocracia. Las desigualdades entre las clases son tan abismales como lo fueron siempre. Mi vida se parece a la de César Alierta, el ex presidente de Telefónica (a quien El País guarde muchos años) o Félix de Azúa como un huevo a una castaña. Pero en cambio tenemos el gran desahogo de criticar al poderoso, de observar sus miserias o directamente de tratarlo, aunque sea solo en las redes sociales, como un valiente gilipollas.

  Señalar que la frase de Azúa es machista y clasista es tan obvio que no merece más comentario, aunque quizá debería decirse que intentó ser machista y clasista. El estereotipo de los académicos, en ocasiones, es la de viejos señores, un poco apolillados y engolados, sueltan latinajos y escupitajos al hablar, escriben con pluma y tienen que pedir al servicio que les encienda el ordenador y les haga una tortilla a la francesa. 

  Por supuesto, mi conclusión sobre el carácter de los académicos puede ser más o menos graciosa, pero simplemente se trata de un estereotipo que muy probablemente será falso. No es que yo sea un valiente gilipollas. Es que la mente humana tiende a hacer generalizaciones equivocadas sin considerar los datos disponibles, como nos dice el psicólogo premio Nobel Daniel Kahneman en "Pensar rápido, pensar despacio".

  Es obvio que Azúa no ha leído a Kahneman, porque deja que su mente le conduzca a generalizaciones sin sentido, ni tampoco ha visto los programas de Karlos Arguiñano. Si los hubiera visto: 

  1. podría hacerse una tortilla a la francesa solo
  2. sabría que la mujer de Arguiñano era pescadera
  3. reconocería la importancia de las pescaderas y las pescaderías
  Para empezar, limpiar un pescado es toda una ciencia que requiere habilidad y conocimiento. Mi abuela lo hacía muy bien y mi madre también. Yo no, y es desesperante ver cómo los concursantes de los programas de cocina (incluso en MasterChef) tampoco.

  Como dice mi amigo Josep Joaquim Tur, se debe de tener en cuenta que un vendedor de pescado también vende crustáceos, moluscos, cefalópodos, etc. Conoce mil y una variedades de túnidos, merluzas, lenguados. Sabe distinguir un salmonete de roca de uno de arena, los tipos de pulpo... y en general tiene amplias nociones de biología marina. Sabe las condiciones organolécticas de los productos derivados de la pesca, el marisquero y la piscicultura. En el caso del Mercado Central de Alicante, también saben detectar cuándo un comprador de pescado es inexperto y sacar sus conclusiones al respecto.

  Algunos han pedido al autor de "La historia de un idiota contada por él mismo" su dimisión de la RAE. A mi me parece excesivo. Mejor una medida educativa. Que escriba una novela sobre un académico de la lengua, misógino, obsesionado con Podemos y con fobia a los mercados, que con ayuda de una pescadera, supera sus complejos y acaba dejándolo todo y abriendo juntos una casa rural en Chipre donde solo se sirven sardinas y pulpo a feira.

  Sería un bonito final. Pero, tal y como va el índice de lectura en España vaticino lo siguiente. No está lejos el día en que alguien diga peyorativamente, "esta persona en vez de estar presidiendo x, debería estar picando o aún peor, escribiendo novelas, que es lo que tiene pinta de hacer". Los padres amenazarán a sus infantes exclamando: "Sigue así, y acabarás en la Real Academia Española o Catalana de la Lengua". Al tiempo.



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15 octubre 2015

Cabra contra Twitter

  Desoyendo todos los consejos sobre lo que tiene que hacer un bloguero, como escribir sobre los asuntos cuando todavía los asuntos importan, hablo de la Fiesta Nacional de España, día del Pilar, fiesta de la Hispanidad, una vez pasada la fecha. La perspectiva histórica que me dan los tres días que han pasado me permite hacerlo con el sosiego que require el asunto. Creo que haber escrito en miércoles hubiera sido precipitado y en viernes tardío.

  • Las posturas sobre la festividad se pueden resumir en tres. Una sería la de aquellos que todavía encuentran en la festividad un sabor de orgullo nacional, siempre matizado, pues no es lo mismo un desfile militar norcoreano con misiles que otro donde la principal atracción es una cabra que se llama Pablo. La segunda serían sus antagonistas. Para simplificar y para no andarnos por las ramas denominaremos a este punto de vista "postura facha o postura integrada".
  • La segunda es de aquellos que sostienen que "no hay nada que celebrar". De hecho ese es su eslogan: "nada que celebrar". Para los detractores de la festividad no habría que hablar de "conquista" sino de "genocidio", como lo hizo la alcaldesa de Barcelona. Es ampliamente seguido entre latinoamericanos y entre españoles de izquierda que en general suelen tener alergia a todo lo que tenga la palabra español o española que no sea una tortilla. Llamaremos a este punto de vista, "doctrina apocalíptica o Colau".
  • Existe por cierto una tercera, al que solo le preocupa si el día 12 de octubre hará sol o lluvia y una cuarta a la que el asunto le aburre sin más. Nos despreocuparemos de estos sinsustancias y nos centraremos en los dos primeros. 

  Esperando un trámite en una localidad de Alicante de cuyo nombre no quiero acordarme, entro en un bar tradicional de los de grasa en la barra, camarero palillero, parroquiano dormitando sobre una copa de Fundador y ensaladilla rusa añeja en el expositor. Pido algo que no parezca tóxico y leo un manoseado ejemplar de La Verdad, un diario local. Asumo su contenido. Festividad de "pilaricas", guardias civiles con tricornio y banderas ocupan varias páginas. Un extenso artículo de un alto mando de la Guardia Civil en Cartagena hace extraño ejercicio de juegos florales. Ensalza a la Virgen del Pilar como patrona del "Cuerpo", a España después hace una referencia supuestamente culta a los magistrados romanos que no entiendo, y por último nos recuerda la historia de su abuelo también guardia civil que se pasó al bando "nacional" huyendo de las "checas". (¡Ay los rojos!).

  Miro la fecha de la publicación y constato que ese refrito de vírgenes, banderas, guardias y cabra (Pablo) no aparecen en un diario de 1955 sino de 2015, aunque sin duda pudieran ser coetáneos de los caracoles de la barra y entonces sí podríamos hablar no del año 1955 pero si de 1985.

  De regreso a casa leo en diario digital las declaraciones de la alcaldesa Ada Colau. Critica con fiereza de activista que se celebre la festividad del 12 de octubre donde al final hizo buen tiempo (se repartieron en los bares del país cañas en las terrazas con aceitunas y croquetas de jamón). "Vergüenza de Estado que celebra un genocidio" dice. Lo hace desde su cuenta de Twitter. Los del siglo XXI somos así. Despachamos quinientos años de historia con menos de 140 caracteres. Los españoles somos así. Si decimos que algo nos parece mal o que no nos gusta es como si no nos pronunciáramos con la suficiente energía. Por eso todo debe ser "vergonzoso" o "indignante".

  Si la Sexta TV pudiera reunir en un plató a Hernán Cortés y a Ada Colau y ella le increpara llamándole genocida y le criticara por su falta de respeto a los derechos humanos (y no dudo que la alcaldesa lo hiciera, pues agallas no le faltan), Cortés no sacaría su espada y le cortaría el gaznate de un mandoble. No por cortesía del siglo XVI, sino porque no sabría de qué le estaban hablando. 

  El término "genocidio" fue creado por el jurista polaco Raphael Lemkin en 1939. La Declaración Universal de Derechos Humanos data de 1948. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. La Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776. Cortés falleció en 1546. Pizarro en 1541. Diego de Almagro en 1538.

  Es bueno que esté tan arraigado en nosotros las ideas jurídicas y filosóficas de respeto a los derechos humanos, igualdad, libertad y fraternidad. Nos parecen tan naturales que parece que existan desde el principio de los tiempos. A mis sobrinas también les cuesta pensar que había un mundo en el que no existía Internet.

  Es también natural que veamos la historia desde nuestra óptica del siglo XXI, pero pretender que aquellos que nos precedieron en la historia de la humanidad tuvieran nuestro punto de vista sería como reprochar a Colón que al llegar a América no mandara un WhatsApp. Si somos honestos debemos admitir que Julio César, Francis Drake, Alejandro Magno, Genghis Khan, Carlomagno, Napolelón, el General Custer, Pedro I de Rusia y otros más, tendrían problemas a la hora de defenderse ante el Tribunal de la Haya. Tampoco lo tendrían mejor civilizaciones precolombinas o indígenas como los aztecas. Con bastante mala leche el diario El País relata el estudio sobre la matanza ritual de 550 hombres de una expedición de Cortés que entre mayo de 1520 a junio de 1521 fueron decapitados, desmembrados y por último comidos. 

  Examinemos la prueba documental aportada por uno de los procesados, el fulano llamado Cayo Julio César, en la Guerra de las Galias:

  "Los mandubios son echados fuera con sus hijos y mujeres. Los cuales arrimados a las trincheras de los romanos, deshechos en lágrimas, les pedían rendidamente que les diesen un pedazo de pan y serían sus esclavos". Como diría el genial Cassen, aquí no hay Convención de Ginebra ni de tintorro.

  Pero seamos sinceros. A unos y a otros la historia les interesa poco si no es como proyectil lanzado al cogote del contrario. A unos y a otros les une la falta de conocimiento  (quizá fingido)  e interés real por la historia. Los propios españoles tenemos un desconocimiento profundo y un desinterés bastante generalizado pero nos encanta fustigarnos. Por otro lado, es cierto que bebemos vino de Rioja, pero  no nos hemos deshecho del cilicio del abuelo, y nos encanta zurrar de cuando en cuando nuestras pecadoras carnes. Por otro lado, a las élites criollas americanas les ha sido muy conveniente decir que los criminales vinieron del otro lado del océano. ¿Era Julio A. Roca español? En cuanto a los anglosajones,  a la vista está que no contemplan con la misma dureza su pasado reciente como nosotros el remoto. No es comercial, salvo si quien filma es Oliver Stone.

  De momento el debate público será Cabra contra Twitter. Sin duda nuestra historia, que es para bien y para mal parte de la historia universal, merecería algo más de atención y de respeto. Claro que si va a ser manoseada, mejor seguir como hasta ahora.

Día de fiesta, buen tiempo, cañas en la terraza y croquetas de bacalao.



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