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15 junio 2016

¿Se debe denunciar al obispo Cañizares?

  Yo creo que no. Y si tienen la paciencia de leerme, les explicaré mis razones. 

  He leído que algunas organizaciones feministas y colectivos gays han presentado denuncias o incluso "instado" a la Fiscalía para que investigue si lo que dijo el obispo Cañizares podría ser "constitutivo de delito". Finalmente, la Fiscalía Provincial de Valencia ha abierto diligencias por un presunto delito de odio a los homosexuales y las mujeres. 

  ¿Qué dijo monseñor? Por cierto, ¿es un obispo "monseñor? Lo que dijo el obispo Cañizares fue que "la familia cristiana ha asistido a una importante escalada contra ella por parte de dirigentes políticos, ayudados por otros poderes como el imperio gay y ciertas ideologías feministas". Como les supongo al tanto de los chistes sobre el imperio y Darth Vader, los omitiré para ir al grano. 

  En primer lugar, yo diría que en rigor el obispo tiene razón. En la medida que la Iglesia católica considera como familia, la tradicional unión heterosexual de una pareja casada por el rito católico y con una unión indisoluble hasta que la muerte los separe, existan o no perdices que comer, la aparición de otros tipos de familia y de relaciones, socava la idea de que ese tipo de familia "católica" es la única posible. Para mí, como para muchos, la aparición de otro tipo de familias y de relaciones entre las personas es positiva, pero comprendo que el obispo tenga que defender su negociado.

  Es cierto que monseñor Cañizares dijo que eso se debía a la influencia del "imperio gay" y no al hecho de que estamos en el siglo XXI y vivimos en un país occidental. La opinión del obispo se corresponde con una ideología ultraconservadora, y con una interpretación muy estricta de la ya de por sí estrecha religión católica, pero ¿debe refutarse con argumentos o debe enseguida correr uno al juzgado, rasgarse las vestiduras y clamar por el delito?

  Creo que estaremos de acuerdo en que si nos preguntan si estamos a favor del derecho a la libertad ideológica y religiosa, diremos que se trata de un derecho fundamental. En realidad no tiene ningún mérito estar a favor de ese derecho cuando los que lo utilizan tienen opiniones similares a la nuestra. Más bien lo garantizamos por puro egoísmo. Queremos expresar nuestras opiniones, pero no queremos que venga la Santa Inquisición a casa y conducirnos a su divina barbacoa. La otra cara de la moneda es que también debemos hacer eso con los demás, incluso cuando los demás dicen disparates. 

  Comprendo que el colectivo LGTB sea especialmente sensible a este tipo de manifestaciones. Con ellos ocurre una paradoja. Por una lado todavía existe una homofobia latente y muy arraigada en muchos ámbitos: escuelas, trabajo, no digamos en el deporte profesional. Por otro lado también se ha rodeado a ciertos gays de un aura de hedonismo y poder económico. Es curioso que monseñor haya caído en ese cliché y los eleve a la categoría de imperial. Obviamente hay gays ricos y pobres con poder y con ninguno en absoluto. Comprendo que por lo que han sufrido pueden verse molestos, o con una expresión más usada, "ofendidos" con ciertas manifestaciones. 

  Pero cuidado con la ofensas y los ofendidos. La carrera de la ofensa lleva a los colectivos al revanchismo. Dicho claramente, yo reivindico mi derecho a criticar a la familia católica, a la que considero culpable de muchos males, y a la propia institución que ha sido nefasta en mi opinión para España. Yo no quiero ofender, pero este es mi punto de vista, y tengo mis razones. Pero aunque sea muy crítico con ellos, en absoluto tengo odio a los católicos ni por supuesto jamás incitaría a la violencia ni contra ellos ni contra nadie. Quizá sea un disparate, pero defiendo mi derecho a decirlo (y me aguantaré cuando me lo hagan saber) y por eso  mismo defenderé el derecho de otros a hacerlo, sea obispo o auxiliar administrativo. 

  En la medida en que la piel de los ofendidos se hace más fina, va engordando el Código Penal. En mi época de estudiante se decía que el derecho penal se reservaba a las infracciones más graves. Hay un latinajo que lo expresa, pero por pudor no lo escribiré. En mi opinión, la reacción contra estos debates, el intento de censura en la red y no digamos en los medios de comunicación, el asunto de los titiriteros, la ley mordaza y otros acontecimientos ponen de manifiesto que hay algo que sí está amenazado y es la libertad. No lo niego. No me pondría triste por ver al obispo Cañizares condenado y obligado a lavar a mano sus sotanas. Compartiría la noticias y los subsiguientes "memes". Pero no sería justo porque no creo que sus comentarios en sí generen odio ni violencia como se ha dicho. Creo de hecho que quien peor sale parado es su propia empresa, y que detrás de todo ello hay unas ganas de notoriedad del señor o monseñor, que se retroalimenta con la indignación cuasi profesional de algunos, que parece que más que sofocados se sienten encantados rebozándose en el lodo del victimismo.

  Defendamos la libertad. La de todos. También la de los imbéciles y la de los provocadores, en los que a veces me incluyo (me refiero a los primeros). Démosle su merecido con argumentos y palabras (o pueden dármela a mí). Dejemos en paz los juzgados, y la idea decimonónica de que todo se soluciona con el cadalso y gorro de cucurucho para el reo. No estiremos cada uno de la cuerda de la libertad, no sea que acabe por romperse.




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02 enero 2016

¿Por qué gustan tanto los disparates de los clérigos?

  Lo acabo de leer en la prensa. Muchos amigos no han dudado compartir la noticia en Facebook y por supuesto han hecho el pertinente comentario sarcástico. El tele-evangelista estadounidense Kenneth Copeland ha declarado que "necesita viajar en jet privado porque los demonios viajan en los aviones comerciales". Antes de todo, dos dudas debo despejar. ¿Será en honor a este señor que muchos españoles quieran llamar a sus hijos Kenneth? Segunda. ¿Es la excusa más peregrina jamás contada desde que el suegro de Granados atribuyera la presencia en su casa de un millón de euros en metálico a la visita "de algún fontanero o de alguien del Ikea"?

  Antes de llegar al chiste fácil seguido del comentario moralizante de los últimos párrafos hagamos un poco de sangre, perdón, quería decir... profundicemos en la materia. Dice el reverendo (porque supongo que será al menos reverendo) Copeland que uno no puede levantarse en un vuelo comercial y clamar: ¿Qué es lo que me estás diciendo, Señor? ¿No? ¿Sí? No puedes porque el tipo del asiento de al lado te estaría interrumpiendo y exclamando ¡Qué puñetas está haciendo este tipo! En este punto hay que señalar que el revendo Copeland no parace conocer Ryan Air. En sus aviones se puede hacer eso y más (siempre que compres algo a la azafata), aunque sin duda dicha experiencia no haría más que confirmar que los demonios viajan en lineas comerciales, sobre todo si van de fiesta a Benidorm.

  Si el reverendo Copeland tomara su jet privado rumbo a España podría entrevistarse y tomar unas tapas y un buen vino (si su religión no se lo prohíbe) con don Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, quien en su pastoral colgada en Youtube llamada "Familia y Navidad" el pasado mes calificó a la fecundación in vitro de "aquelarre químico" por romper la armonía de la creación. No hace falta decir la repercusión de estas manifestaciones en todos los medios nacionales. De hecho, el obispo Demetrio es un buen proveedor de este tipo de jugoso material, y lo sabes, como diría Julio Iglesias. Durante el pasado año también denunció un siniestro plan de la Unesco para hacer homosexual a la mitad de la población. Debo añadir que si eso es así, debo protestar por no haber podido acogerme al plan y seguir siendo desdichadamente hetero. Ya sé que están pensando que en todas las casas cuecen habas y mientras unos tienen peroles, otros tienen calderos industriales. A esos no conviene citarlos, porque ya todos los tenemos en mente.

  Se podría llenar un blog entero con este tipo de comentarios. Sin embargo cabe preguntarse por qué tienen tanta repercusión. A fin de cuentas el obispo de Córdoba no representa ni siquiera a la Iglesia española, y no deja de ser su opinión particular por muy obispo que sea. Yo, como la mayoría de ustedes, no conocía de nada a ese tal Copeland, como tampoco sé quién es el de la diócesis del obispado Orihuela-Alicante. Es cierto que las ideas de ciertos clérigos podrían considerarse en otro contexto meras bromas, por lo absurdo de su contenido, pero eso no justifica la popularidad con que son acogidas sus declaraciones.

  De acuerdo con el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) el 69,3% de la población española se declara católica, pero de ellos tan solo el 13,7% es practicante habitual. Además este concepto se aplica con laxitud. Se considera practicante habitual ir a misa una vez por semana, por tanto es un requisito menor que para ser considerado, por ejemplo, practicante habitual de pádel. Los anticonceptivos o el divorcio no son materia de controversia en la sociedad, y tampoco el aborto, como quedó de relieve en la abortada reforma que un ministro del PP quiso realizar la pasada legislatura.

  ¿Por qué entonces tienen tanto eco sus declaraciones y también sus disparates? Quizá porque en las sociedades profundamente secularizadas todavía permanece una atracción, si se quiere a veces morbosa, sobre las instituciones que dicen ser guardianas de lo sagrado y lo trascendental. Un reciente artículo en El País, del que yo no he copiado el título sino que más bien le hago un homenaje, señalaba la afición, no solo en España, de ilustrar las jornadas electorales con fotos de monjas (mejor que curas) votando.

  Si al final nos resulta tan llamativo no es porque pensemos que la influencia del obispo de Córdoba es tal que su pensamiento puede influir en millones de católicos en el mundo. Pero si no importaran nada, las ignoraríamos. De alguna forma sigue interesando vivamente, como a algunos les puede interesar qué hace ahora su ex pareja, si abre un mesón o tiene un esguince después de caerse esquiando. 

  De la misma forma que se hacen grandes alharacas por los disparates también existe el efecto contrario. Es lo bueno de la religión, que basada en historias y parábolas igual vale para un roto que para un descosido. Por ejemplo, el Arzobispo de Canterbury ha afirmado que "Jesús era un refugiado". Mensaje efectivo y bonito, soslayando la falacia que supone aplicar conceptos  jurídicos posteriores a hechos anteriores.

Cuando el papa Francisco dice que se puede ser bueno y no creyente, cuando protesta por la desigualdad en el mundo o insta a proteger el medio ambiente, sus declaraciones son recibidas a veces hasta con júbilo por personas que se declaran no católicas e incluso no creyentes. Muchas de estas manifestaciones de ser pronunciadas por mí, por el Conseller de Servicios Sociales del Gobierno Balear o por un Dj, serían consideradas obviedades, pero dichas por el Santo Padre descubren al tiempo la rueda y el chip. El mismo que permite hacer los aquelarres químicos. Nietzsche nos anunció que Dios había muerto, pero ni sus funcionarios ni el público en general estamos, al parecer, preparados para admitirlo del todo.



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06 mayo 2015

Comulgar con ruedas de molino

"Mientras comían, Jesús cogió el pan, pronunció la bendición y lo partió; luego lo dio a sus discípulos diciendo: - Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y cogiendo la copa, pronunció la acción de gracias y  la pasó diciendo: - Bebed todos , que esta es mi sangre, la sangre de la alianza etc etc.

  Cantaron salmos (¿quién no canta si el vino es bueno y la compañía agradable?) y se fueron de treking al Monte de los Olivos (Actual Urbanización "The Olives").

  Así cuenta, a grandes rasgos, la Eucaristía el Evangelio de Mateo en la versión de la Nueva Biblia Española.

  En Historia General de las Drogas (1998) Antonio Escohotado cuenta que la Eucaristía fue un colocón. El vino de la época nada tiene que ver con los caldos para ñoños que ahora consumimos, mezclando variedades autóctonas con Shiraz o Tempranillo. Eran vinos recios con una graduación alcohólica más elevada. El vino regaba un menú principal, pan ácimo, que afortunadamente para los discípulos no es esta versión congelada y chiclosa que ahora se expende en muchos despachos de pan de España. Se supone que como buenos judíos habrían ayunado antes del "Pésaj", con lo que la combinación de pan ácimo y vino "anforafón", produjera un efecto estimulante entre los comensales. 

  Por supuesto la "Primera Comunión" tiene poco que ver con esta Eucaristía. Recuerdo a la perfección la mía. Torpe como he sido siempre, cuando el Hermano Meseguer me acercó el cáliz, con su sangre, aprecié de modo instintivo un refinado sabor que con el tiempo identifiqué con Rioja y casi, como dice la Biblia, apuré el cáliz. Todavía conservo la foto: el religioso intenta sin éxito evitar cortar mi trago. Toda vez que se pasaba la misma copa al resto de mis compañeros de comunión, me temo que muchos comieron su cuerpo pero aún están a la espera de beber su sangre. 

  Llegado este punto debo de ser contradictorio. Recuerdo mi Primera Comunión con mucho agrado, y eso que había motivos que no vienen al caso que invitarían a pensar lo contrario. Al tiempo me parece un horror que se siga celebrando. En mi caso, cogí una época "perroflauta" de los jesuitas. No había mucha monserga religiosa, en cambio se preparaba con minuciosidad la parte teatral: llevar el cirio, pasear delante del altar etc. Estos ensayos se hacían en horas lectivas, con lo cual resultaba mucho más estimulante y divertido que un quebrado o hallar el malparido Complemento Circunstancial. Ni que decir tiene que los padres no participaban. Era un recreo divertido a costa de Dios Nuestro Señor que murió por nosotros para librarnos del mal y de los verbos irregulares de inglés. Además los jesuitas de aquella época querían orden y rigor ceremonial, pero con sobriedad. Nada de uniformes de almirantes y princesas. Un sencillo pero elegante pantalón azul marino y camisa o jersey de cuello de cisne (opcional) blancos. 

  Por lo que sé, ahora es diferente. La preparación de la comunión es larga como un máster. Los curas aleccionan a los niños y sus progenitores con su retórica habitual, soslayando que no admiten mujeres en sus órganos directivos, ni pagan impuestos, ni quieren condones, ni que las mujeres decidan sobre su maternidad, ni el divorcio, ni que asuman responsabilidades sus miembros cuando cometen infracciones penales. 

  Las fiestas vuelven a ser pequeñas bodas. Ellos vuelven a ser almirantes y ellas princesas preadolescentes de cuento. Se invita a ciento y la madre y suelen resultar caras. Quizá para algunos sea una obsesión, como el protagonista de la película de Ken Loach, Lloviendo piedras (Raining Stones) 1993. Sin duda muchos padres y madres que se dejan llevar por el río del convencionalismo y pagan su precio en euros y en coherencia sería una buena experiencia ver este filme. 

  Viendo a los salvajes de los islamistas, y en general el debate que tienen los países musulmanes, cada día deberíamos entonar una plegaria laica de agradecimiento a todos aquellos que con su inteligencia y su esfuerzo, siglos hace, situaron en occidente la religión en el papel privado que le corresponde (caso de que le corresponda). 

  Leo en facebook la queja de una madre porque cierto oscuro párroco se niega a dar la comunión a una niña de padres divorciados. ¿Es un derecho recibir la comunión o realmente tiene cada confesión disponer de sus sacramentos y bendiciones según su doctrina, por disparatada que esta sea? ¿Es acaso de extrañar? En realidad no me interesa tanto esta pregunta, como la de saber, conocer, por qué personas que parecen sensatas siguen queriendo comulgar y que se comulgue con ruedas de molino.



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