La razón por la que nos gusta tanto el cine, la literatura, la ópera o los reality shows es que la vida, en términos generales, es una sucesión de tediosas rutinas y de problemas que hay que ir solucionando. Es divertido e inspirador pensar cómo arreglar el mundo, la sociedad, el país, la economía, la justicia, la sanidad, las desigualdades. Las grandes ideas, los constructores intelectuales y filosóficos son como magníficos castillos. Pero la realidad se parece más a un apartamento con goteras en el baño. Al compañero de piso le huelen los pies y por desgracia, se escucha a los vecinos y sus ridículas conversaciones.
De toda la vida del señor los intelectuales han tenido un encaje difícil en los partidos políticos. Tengo un amigo, profesor universitario titular de cierta extraña disciplina llena de equis, ceros y unos, quien, al comunicarle a su madre la ruptura con su pareja, amén de otra ristra de problemas que iban desde conflictos con su casero hasta la incapacidad de reservar hora con el dentista, ésta le dijo que era muy bueno para todo, menos para la vida.
Pero quizá de lo que se trata es de ser bueno para la vida, y la política es una de las formas más radicales de vida humana. Cualquiera diría que un dragón está mejor adapatado para vivir que una rata, pero como todo el mundo sabe, los dragones (si alguna vez existieron) se extinguieron o casi, como los de Komodo; en cambio las ratas, ratones, roedores y otros bichos innobles proliferan.
Los bichos de los otros partidos se han puesto contentos. ¡Ya son como nosotros, ya son casta! grazna Cristina Cifuentes, presa de algún tipo de espasmo de neurona. Carnaza para contertulios. Pero que nadie se engañe. Monedero no estaba llamado a ser un vulgar Ministro de Fomento. En todo caso, y en otros tiempos, hubiera sido un nuevo Raskólnikov, como en Doctor Zhivago recorriendo las estepas en las entrañas de un tren humeante.
Hay ejemplos para dar y tomar de los desencuentros entre los intelectuales y la "realpolitik" de barro y gusanos. Trostki por ejemplo era un sabio que hablaba con fluidez un buen puñado de idiomas. En cambio Stalin no solo era un psicópata, también era un patán pueblerino salido del algún oscuro lugar del Cáucaso. No hace falta recordar que mientras el segundo se hizo con el poder, el primero acabó con un piolet en la cabeza, depositada por un ciudadano catalán.
Sin duda los intelectuales tienden a creerse superiores al resto y eso, la biología hace tiempo que ha demostrado que es el fin de las especies. También se creen llamados a fines más elevados. Como dice Iglesias de su amigo, Monedero necesita volar y desplegar las alas. Cualquiera que conozca un poco la universidad española sabe que hasta los profesores más modestos se sienten cardenales de la curia y los catedráticos directamente levitan por encima de las cabezas de los demás mortales.
Vuelve Monedero a la calle, al aire fresco de las plazas, a respirar el aroma de las aulas universitarias, el perfume del programa de doctorado, lejos de las caras moquetas de las instituciones, del olor a fritanga entre compinches de las mesas de negociación. Como el Che, es mejor ir a "pegar tiros" como un héroe en Latinoamérica antes que revisar albaranes de partidas de medicamentos o presupuestos para comprar lápices en los colegios. Trabajo de contables, fontaneros, picapleitos y albañiles. Cosas de la vida, en suma, siempre tan prosaica y rutinaria.
Juan Carlos Monedero se va antes de pisar la charca de los pasillos del Congreso. Antes de ponerse a conspirar en "pasos perdidos" con algún oscuro dirigente socialista o nacionalista. ¿Lucidez o cobardía? Como si hubiera diferencia.
El humor está aquí, en alguna parte