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01 junio 2015

Pitar un himno

  Una de las primeras experiencias futbolísticas de mi vida fue la siguiente: No tendría más de diez años. Me habían llevado a ver un partido del Hércules Club de Fútbol, al glorioso estadio José Rico Pérez de Alicante. Transcurría minuto uno de la primera parte. Balón largo que se pierde por la banda y un aficionado se alza entre la masa (aún no era crítica) y grita hasta casi desgañitarse: ¡Reses, (en referencia al histórico jugador herculano Reces) pero qué malo eres! ¡Eres más malo que el atún de "sorra"! Un coro de espontáneos secundó la proclama. Desde la inocencia de mi infancia no entendía que se pudiera gritar a un jugador que no había tenido la posibilidad de intervenir en el partido, y mucho menos a un jugador local. Tampoco sabía qué era el atún de "sorra". En realidad era un disparate. El fútbol me gustaba y me sigue gustando, pero como dice el famoso dicho, el fútbol es así, y así es el discurso que se maneja en la grada. 

  Básicamente la grada futbolística en España (y sospecho que en medio mundo) insulta al árbitro siempre. Insulta a los jugadores rivales, salvo si es Iniesta. Insulta a los jugadores negros, magrebíes o asiáticos, que quedan todos reducidos a la categoría de chinos. Insulta a los que siendo payos parecen de la "comunidad Rom". Insultan a los jugadores heterosexuales u homosexuales susceptibles de ser lo segundo. Insultan al palco de autoridades si los resultados de la temporada son adversos. Insultan al entrenador y al banquillo rival (casi siempre) y al propio, si la temporada es mala (fulano vete ya) y por último insulta a un equipo que resulte odioso esté o no sobre el césped durante ese momento. (El Betis siempre está jugando en el Pizjuán, el Elche en el Rico Pérez y el Deportivo en Balaídos).

  Recientemente El Mundo Today, mi diario de referencia, publicaba hace poco más de dos meses la siguiente noticia falsa pero cierta si se lee exactamente al revés. "Los ultrasur empiezan a gritar frases de Nietzsche en los partidos del Real Madrid. Han encontrado en el postidealismo alemán la manera más eficiente de insuflar voluntad de poder a los jugadores blancos".

  Quizá un día las aficiones rivales tengan una encendida discusión entre materialistas históricos blanquizales y la curva radical rojiblanca seguidora de Karl Popper, se enfrenten a palos y algún hincha resultará herido por el masivo lanzamiento de tesis doctorales. Pero todavía no hemos llegado a este grado de barbarie, y sin embargo se toma en serio las opiniones de la grada, como si descubrieran la piedra filosofal y la mayoría no tuviera problemas para programar el video. 

  Dirán que estoy tomando el rábano por las hojas. No se me escapa el problema simbólico que encierra el asunto. Pero quizá no estaría de más ver que la fortaleza de lo simbólico no siempre se corresponde con el vigor de las ideas ni de los sentimientos. Si tomamos por ejemplo los símbolos nacionales en los países americanos, vemos que el casi sagrado respecto que se tiene por los mismos no tiene necesariamente reflejo en la realidad. Dicho de modo amargo y quizá populachero. Es posible que todos lloren por las barras y estrellas, pero si camina solo por un vecindario por la noche y se encuentra a un policía, más le vale no ser negro. 

  De modo que a veces la mejor manera de interpretar lo simbólico es precisamente ignorar lo que parece más obviamente simbólico. No es precisamente el sagrado himno de España (una marcha militar pachanguera que procede de una melodía mozárabe) y que carece de letra que no sea una burlesca. Ni tampoco la fea bandera rojigualda, que se creó para evitar que nos hundieran los buques por error.  Como a Paco Ibáñez la música militar nunca me supo levantar.  A contrario sensu, los que proclaman la fortaleza de sus sagrados símbolos nacionales (sin por supuesto respetar los que consideran ajenos) no obtendrán en barras, estrellas e himnos melodramáticos la fortaleza que buscan. El símbolo así entendido es tan frágil como el trencadís de Santiago Calatrava. Vistoso, pero a los pocos años se cae. Porque lo simbólico no se crea ni mucho menos se ama por Decreto Ley del Consejo de Ministros ni por voluntad de la TV3 ni del Molt Honorable. Tiene raíces profundas y aunque se ignoren, nos penetran. 

  Al final debemos dar gracias a que, aunque no andemos sobrados de cultura ni modales, sí lo estamos de civilización. Nos salva de la superficialidad y victimismo de los que se llaman a sí mismos de izquierdas y la  arrogancia y banalidad de algunos que se intitulan de derechas. Ambos comparten  más cosas de las que creen, además de las comuniones.  Reproducen el cainismo de sus abuelos,  y la ignorancia de quien cree que el mundo tiene tres días y España nació bajo los calzoncillos de un dictador retaco de voz aflautada. No será nuestro mérito pero sí nuestro tesoro. De norte a sur, de este a oeste, hay paella los domingos, con sus siete mágicos ingredientes, vino de rioja, pan de calatrava, papas arrugadas, cocido y salsa romescu. En el siglo V antes de Cristo los Iberos en El Campello pescaban y hacían vino y seguramente pitaban las canciones del poblado vecino.

  Investiguen en esos símbolos y quizá, además de regar el gaznate y complacer el paladar, puedan encontrar verdades más profundas y consensos más amplios sobre 
cómo se tiene que vivir y para qué.

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26 enero 2015

¿Himnos gloriosos o himnos pachangueros?

  Ya les advertimos tiempo atrás en este blog, un blog que algún día será un martirio para los estudiantes en el examen de selectividad, que muchos no descansarán hasta no hallar que Pablo Iglesias es Lucifer, Monedero Stalin e Iñigo Errejón, Milhouse. No sé a qué viene tanto empeño. Yo, que posiblemente los acabaré votando, no los trago. 

  Lo último que los rebuscadores en los contenedores de los desprecios de la hemeroteca han encontrado, es un artículo de Iglesias en el que tildaba (me encanta esta relamida expresión) de pachanguero el himno español. Por supuesto, los rebuscadores se han puesto infantilmente excitados con tamaña revelación. Pero dejemos por hoy a los políticos, a los rebuscadores, a los periodistas y los poderosos con sus asuntos y centrémonos en lo importante.

A) Qué significa pachanguero.
B) ¿Es el himno de España pachanguero?

 Una aproximación melómana.

  Decimos que la música es pachanguera cuando es fácil, alegre y pegadiza que se utiliza en las fiestas. Podemos añadir que también lo característico de lo pachanguero es que se tenga un tono estridente y un ritmo machacón, con recuerdos folklóricos. España tiene una relación bipolar con la música, que otro día abordaremos. Decir por tanto que el himno español es pachanguero sería redundante, puesto que no hay nada que guste más al temperamento nacional que la fiesta, lo alegre y lo fácil. 

  ¿Pero es realmente pachanguero? Su origen militar no precisamente invita a elaborar gin-tonics, sino más bien a pasar a cuchillo a algunos enemigos. La Marcha de Granaderos, como también es conocido el himno, lideró el playlist oficial durante el reinado de Isabel II, pero documentalmente se sabe de su existencia al menos desde 1761. Sin embargo su genealogía podría ser más antigua e insospechada. Como ya puso de relieve Eduardo Paniagua, el origen del himno estaría en una composición mozárabe atribuida al místico y filósofo andalusí, Avempace.

  Supongo que para algunos será molesto. Recojo un comentario de una de las biblias de la testosterona casposa nacional. "¿El himno de España árabe? Buen intento moruno... (sic)"

  Independientemente del origen, una de las grandes virtudes, como ya señaló en su momento Javier Marías, más allá de sus bondades musicales, es su carencia de letra. Suprimida la letra franquista elaborada por José María Pemán, los españoles hicieron virtud de su costumbre de procrastinar. Es cierto que los acordes del himno no invitan a cantar exacerbado a las mujeres y el vino nacional (como hace el himno alemán), o a los bosques y los campos (como el hermoso himno ruso). 

  El himno español más bien evoca un vaga resaca tras una noche agitada e improductiva y nos invita a apurar el paso, no sea que se se nos pase el arroz. 



Camina español, ya sé que duele la cabeza.

Larga fue la noche, malos los combinados.

Bellos son nuestros ríos y mesetas (supongo)

y altas la montañas y arroyos (es de suponer)

Desde la butifarra a la fabada,

grandes son tus alimentos

Nunca jamás acabada

Todos cantamos satisfechos.




Sí, a veces es mejor no tener, pero rara vez es  preferible, no saber.

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