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05 agosto 2013

Gibraltar: Barco Pirata

  Quien un día me definió así a Gibraltar no fue un nacionalista español, ardiente defensor de la recuperación de la sacrosanta soberanía española sobre el Peñón (o de The Rock, como lo llaman ellos). Podría haber sido, pero no. Quien me definió Gibraltar como un Barco Pirata fue un estudiante gibraltareño hace ya años.
  Yo fui uno de esos tipos que pudo estudiar unos meses fuera gracias a la beca Erasmus, eso que ahora los delincuentes en el poder se quieren también cargar. Gracias a la Erasmus no soy un completo paleto. Cuando llegué a Londres no sabía ni decir thank you, gracias a las inútiles clases de inglés con que la enseñanza española te obsequia. Tampoco había cogido nunca un avión y apenas había salido al extranjero. Llegué de noche a la estación Victoria, muerto de miedo y peñizcándome para creerme de verdad que yo, Manolo de Alicante, estaba en Londres.
  Caí en una universidad del sur de Londres llamada Kingston University. Al parecer, tenía cierto prestigio en ingenierías. Desde luego en derecho no, y yo venía de la Universidad de Alicante (donde era más fácil conseguir hablar con el ministro de educación que con tu profesor, si es que tenía a bien aparecer a clase) y no de Harvard. Kingston University, por alguna razón que desconozco, estaba lleno en aquella época de estudiantes gibraltareños. Así que traté de hacerme amigo de ellos. De uno me hice bastante amigo, pero no diré su nombre porque aún tengo la esperanza de que llegue a Primer Ministro. Estaba solo y el resto de los estudiantes españoles eran pijos de Algorta y alrededores que no querían tratos con pobretones del mediterráneo. Los gibraltareños hablaban español (aunque a veces disimulaban que lo hablaban regular) y además yo estaba dispuesto a decirles amén a todo, renunciar a la soberanía española de Gibraltar y como oferta, entregarles sin costes de envío Gran Canaria y Tenerife, todo a cambio de un poco de compañía.
  Por otro lado tenía ganas de conocer una versión diferente del conflicto, distinta de la oficial española. Me contaron esa deliciosa historia del reférendum de autodeterminación. Cuatro enloquecidos ¿o les pagaron tres pintas para disimular? votaron a favor de la anexión a España, y sus vecinos les pusieron las maletas en la verja de la frontera: enternecedor. La verdad, me empapé mucho del problema. Me ahorro los detalles históricos y jurídicos, que son sobradamente conocidos y que pueden interpretarse a voluntad, como de hecho se hace.
  El modo en que los gibraltareños se retuercen es conmovedor, pero no seré yo el que lo critique. Los gibraltareños son tan británicos como el salmorejo. Desde luego no son españoles, pero es dudoso que no se les pueda considerar andaluces. Físicamente The Rock es un decorado que imita lo que alguna vez fue un pueblecito inglés adornado con monos. En las bodegas del barco se cuece un entramado de blanqueo de capitales, paraíso fiscal y refugio de personas de extraño pejale.

Para los británicos Gibraltar es una buen pretexto para bautizar cientos de pubs por todas las islas. En cualquiera de los "The Rocks" se puede saborear una buena "bitter" y despotricar contra el Chelsea. A la mayoría de los españoles a los que no les huelen los calcetines, el futuro de Gibraltar les importa tanto como el número que calza el delantero centro del Elche, con la excepción obvia de la gente de Campo de Gibraltar.

El barco pirata quiere seguir navegando. ¿Pero cómo hacerlo entre tiburones? Entretanto los pescadores y el medio ambiente pagan el ron.


El Señor Gordo
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