A menudo se critica en España la incapacidad que tienen los cargos públicos para dimitir. Acuciados por las imputaciones, las acusaciones, los chantajes o el descontento prefieren seguir en sus cargos contra viento y marea. ¿No decía el poeta aquello de que descansada vida la de aquél que huye del mundanal ruido? Eso me repito yo cada mañana. Pero los políticos, como los toreros y los amantes de la música de Alejandro Sanz, deben estar hechos de otra pasta. No les debe gustar descansar. Si me acusaran a mi de la décima parte de lo que acusan a un político imputado cualquiera, sólo sobreviviría a base de desayunar galletas de Trankimazin. Pero ellos van a una cena de gala y hasta tienen ganas de comer. Incluso si el menú es de carne roja.
Abucheos, peticiones de dimisión, titulares en la prensa. ¿No sería más fácil renunciar? Gente con más conocimientos que yo (es decir, la gente) me que dice que no. La renuncia al cargo supone renunciar al último parapeto. Salir a la intemperie para que te devoren las fieras. Vivir desnudo en la jungla. En otras palabras, hay que ser más inocente que un bebé para tener el valor insensato de dimitir de un cargo público cuando se está acuciado por problemas con la justicia.
Desde el punto de vista humano lo comprendo. Tengo la horrible costumbre de empatizar con los que pasan dificultades, aunque los que las pasen sean villanos de ficción o realidad. Les rodea la policía, Superman, el bueno, la Cía, los sobres, los vaqueros del Rancho o vete a saber tú qué más criaturas bondadosas. Y sin embargo la experiencia dice que todo es estéril. Muertos, acabados, terminados, "kaput". Más que salmones remontando el río a los que les espera la muerte al final de su odisea, se asemejan más a zombis. Están muertos pero no lo saben.
Rajoy es ya un zombi, un vampiro, un nosferatu conservador. Bárcenas y todos los demás casos de corrupción lo han liquidado y sólo falta saber cuándo se le clavará la estaca en el corazón y quién será capaz de colgarle la cabeza de ajos. Por eso me gusta llamarle ahora Mariano. Por eso mi nivel de hostilidad hacia el personaje, que a veces ha estado cerca del fanatismo (lo considero mucho más insoportable que Aznar, que al menos parece creer en algo y juega al pádel) empieza a decrecer. Lo veo delgado, desmejorado, titubeante, con problemas de memoria típicos de los que han estado altamente expuestos a niveles tóxicos de estrés.
Como le dijo Rick a Elsa, "tal vez no te arrepientas hoy, pero será mañana o cualquier otro día". ¿Arrepentirme de qué? De no haberme marchado antes. De no haber contado antes lo que pasaba, a fín de cuentas ¿qué son veinticinco mil euros para un Registrador de la Propiedad? En los años buenos eso se lo levantaba un oficial de notaría en tres meses. Falta saber ahora si será verdad aquello que alguien vendrá que bueno te hará. En este caso, lo dudo. Adeu Mariano.
Abucheos, peticiones de dimisión, titulares en la prensa. ¿No sería más fácil renunciar? Gente con más conocimientos que yo (es decir, la gente) me que dice que no. La renuncia al cargo supone renunciar al último parapeto. Salir a la intemperie para que te devoren las fieras. Vivir desnudo en la jungla. En otras palabras, hay que ser más inocente que un bebé para tener el valor insensato de dimitir de un cargo público cuando se está acuciado por problemas con la justicia.
Desde el punto de vista humano lo comprendo. Tengo la horrible costumbre de empatizar con los que pasan dificultades, aunque los que las pasen sean villanos de ficción o realidad. Les rodea la policía, Superman, el bueno, la Cía, los sobres, los vaqueros del Rancho o vete a saber tú qué más criaturas bondadosas. Y sin embargo la experiencia dice que todo es estéril. Muertos, acabados, terminados, "kaput". Más que salmones remontando el río a los que les espera la muerte al final de su odisea, se asemejan más a zombis. Están muertos pero no lo saben.
Rajoy es ya un zombi, un vampiro, un nosferatu conservador. Bárcenas y todos los demás casos de corrupción lo han liquidado y sólo falta saber cuándo se le clavará la estaca en el corazón y quién será capaz de colgarle la cabeza de ajos. Por eso me gusta llamarle ahora Mariano. Por eso mi nivel de hostilidad hacia el personaje, que a veces ha estado cerca del fanatismo (lo considero mucho más insoportable que Aznar, que al menos parece creer en algo y juega al pádel) empieza a decrecer. Lo veo delgado, desmejorado, titubeante, con problemas de memoria típicos de los que han estado altamente expuestos a niveles tóxicos de estrés.
Como le dijo Rick a Elsa, "tal vez no te arrepientas hoy, pero será mañana o cualquier otro día". ¿Arrepentirme de qué? De no haberme marchado antes. De no haber contado antes lo que pasaba, a fín de cuentas ¿qué son veinticinco mil euros para un Registrador de la Propiedad? En los años buenos eso se lo levantaba un oficial de notaría en tres meses. Falta saber ahora si será verdad aquello que alguien vendrá que bueno te hará. En este caso, lo dudo. Adeu Mariano.
El Señor Gordo
El humor está aquí, en algún sitio
