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16 noviembre 2012

Cien mil personas. Diez mil según la policía

  Decía el humorista Cassen: "nada es verdad ni es mentira, todo depende del color con que se mira". Según como mires puede haber cien mil manifestantes, pero si te pones de perfil, te tapas un ojo, fumas un porro y bebes tres chatos de vino puedes ver diez mil o mil o cien (o al revés). Incluso puedes pensar que no hay nadie, sino tan solo hologramas que pasean por otro lugar del universo, en otro tiempo y en otra dimensión, como la luz que vemos de una estrella extinguida hace millones de años.  

  El pasado miércoles tuvo lugar la huelga general ibérica que hermanó por una vez a España y Portugal sin necesidad de Cristiano Ronaldo. Por la tarde, en la mayoría de las capitales se produjeron "multitudinarias" manifestaciones. El seguimiento de la primera y la asistencia a las segundas han sido objeto de lo que los medios de comunicación llaman "guerra de cifras". La "guerra de cifras" consiste en un juego en el que una parte da una exageradamente alta y otra exageradamente baja y a las que nadie presta atención. Si se tratara de una boda se casarían siete según los contrayentes, mientras que para la Delegación del Gobierno sólo una persona que contrajo matrimonio consigo misma ( y sin párroco).

   No seamos demasiado duros. Siendo sinceros ¿hay algo más impreciso que las matemáticas? De la misma forma que el matrimonio (esa carga tan pesada que conviene llevar entre tres) es la principal causa de divorcio, los números son los culpables de los errores de cálculo. Por eso es mejor quedarnos con las "impresiones". Las impresiones nunca nos engañan. Por ejemplo, la impresión de la emisora de radio COPE —perteneciente a la conferencia episcopal española—, fue que se vivió  durante la huelga una infernal tarde noche de disturbios. La emisora de televisión Antena 3, que compartía la misma "impresión", ofreció al día siguiente pavorosas imágenes de cajeros quemados (aunque sospechosamente parecía el mismo cajero desde diferentes  ángulos) y de cristales rotos (de nuevo, el mismo cristal mancillado), como muestra de la "guerra"  y la pesadilla inimaginable sufrida en las ciudades de España y Portugal por huelguistas "antisistema". Por los minutos dedicados al célebre cajero, sospecho que estaba diseñado por Santiago Calatrava.

 Poco antes, la cadena SER informaba del "masivo seguimiento" de la huelga en la enseñanza. La "marea verde" había paralizado, según una reportera, el Instituto de Bachillerato X de Madrid al que sólo habían acudido veinte alumnos (los gamberros de siempre). Mientras, yo veía por la ventana cómo el colegio  de enfrente de mi casa se llenaba de niños como todos los días, mientras sus padres  uniformados con el chandal reglamentario, aprovechaban como siempre para regar el suelo de colillas, bricks de zumo y esputos.

  Todo esto me llena de tristeza. Me confirma (llámenme si quieren paranoico) que nunca estoy donde debo estar, y por supuesto, nunca donde ocurren las cosas interesantes. Mi vecino colegio no está vacío, sino lleno de niños y gente del AMPA.  La manifestación a la que acudí en Alicante,  fue tan multitudinaria como silenciosa.  Nada de acción, ni, por supuesto, cajeros de nuestro patrimonio histórico artístico fracturados. Ojalá algún día lo que leo y escucho coincida con lo que vivo. El primer síntoma sería de que dejo de tener una existencia anodina y engañada; tan alejada de la realidad.