Podría decir el premio Nobel Daniel Kahneman que lo que le ha ocurrido a David Cameron ha sido un efecto de la regresión a la media. Si abordas la decisión de convocar dos referéndum en donde las encuestas se sitúan cerca del cincuenta por ciento para cada una de las dos opciones, lo normal es que al menos uno de ellos lo acabes perdiendo. Y así ha sido. Y ha dimitido. Ya he leído cosas como que Cameron pasará a la historia como un irresponsable. Pero la irresponsabilidad (o el acierto) será de los británicos. Él cogió el toro por los cuernos en los dos asuntos que dividían al Reino Unido y asumió personalmente el riesgo de la decisión. El Partido Popular español se llama a sí mismo conservador, pero Cameron ha trazado, con sus decisiones y dimisión, la línea que separa a un conservador (demócrata) de un neofranquista. La diferencia de un político que asume sus responsabilidades políticas y de otros que ven natural que el ministro del Interior sea un conspirador de Mortadelo, un mentiroso y un necio.
No creo que recuerden ya el debate a cuatro en televisión entre los cuatro machos alfa que lideran los principales partidos políticos españoles. Antes de ese debate había existido otro vergonzoso entre leonas, que recordaba a aquellas películas en las que las mujeres se quedaban tomando café, mientras los maridos pasaban a la biblioteca a fumarse un puro y hablar de cosas serias. Estuve tentado de escribir sobre él, pero me sentía incapaz. El valenciano, que como dice mi amigo Ximo, tiene más de doce formas diferentes de definir estados de pereza. Lo que yo sentía era mantra, que es una mezcla perfecta de cansancio y vagancia. Pronto entendí por qué. Lo más llamativo del debate no fue sobre lo que se habló, ni sobre lo que no se habló (como el Brexit) sino el horario. El debate terminó pasadas las doce y media de la noche.
Con estos horarios, es normal que una población que no duerme no esté en lo que tiene que estar. Cuando estás somnoliento es difícil seguir una conversación y sin embargo cualquier ruido molesta mucho. En estas condiciones es normal que un asunto de gran importancia como el Brexit haya pasado desapercibido.
Mientras la derecha neofranquista ha conseguido que Venezuela, donde la política española importa un pimiento, se convierta en centro de nuestras preocupaciones; hemos olvidado que se vive un momento capital de la Unión Europea y también de España. Unos 760.000 británicos residen en España, que también recibe cerca de quince millones de turistas de esa nacionalidad. Cerca de 140.000 españoles están censados en el Reino Unido, aunque la cifra real de españoles residentes es mucho más alta. Es el cuarto país destino de nuestras exportaciones (18.231 millones de euros) el pasado año, y el sexto país del que más importamos.
Como me recuerda mi amiga Sonia, la Unión Europea nació con el anhelo de acabar con los frecuentes y cruentos conflictos entre vecinos que habían culminado en la Segunda Guerra Mundial. En los años 50, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero es el primer paso de una unión económica y política de los países europeos para lograr una paz duradera.
En la universidad yo era de los muchos europtimistas. Fui beneficiario de una beca Erasmus cuya cuantía económica era pobre, pero que me permite con el esfuerzo de mi madre y del profesor Pérez Lledó estudiar una temporada en Londres. Tenía veintitrés años y nunca había salido al extranjero ni tomado un avión. Quizá ahora puede parecer ridículo o exagerado, pero recuerdo pasear por Leicester Square con la sensación y la emoción de estar en la luna. Mis compañeros de aquellos años tenían la misma sensación. Italianos, alemanes, griegos... teníamos (o nos habían convencido) la sensación de que estar creando una nueva ciudadanía multinacional, basada en el respeto a los derechos y libertades. No así los británicos, especialmente los ingleses.
No es un secreto para nadie que para los británicos, la pertenencia en la Unión Europea fue siempre una cuestión práctica. Margaret Thatcher logró el "cheque británico" y en 1992 se introdujo el "opt out" (cláusula de exención). Este trato preferente no ha bastado para que los británicos hayan considerado conveniente permanecer en la Unión y renunciar a parte de su soberanía. Creo que fue John Berger, el autor de "Una vez en Europa" quien dijo que el Reino Unido estaba en la Unión Europea para destruirla. Los escritores, ya se sabe, viven de su imaginación, es decir, de exagerar lo que piensan, lo que dicen y lo que sienten.
El proyecto europeo esté hecho unos zorros, y a pesar del desagradable Nigel Farage, los británicos tienen sus razones. Cuando ves el trato que la Unión Europea da a los refugiados o la imposición de un directorio a Grecia, es normal que den ganas de arriar la bandera azul con las estrellas, y utilizarla para mejores usos, como por ejemplo hacer trapos para limpiar el baño. Me pregunto si en una Unión Europea fuerte un tipo como Fernández Díaz podría seguir siendo ministro o su jefe (el serio, el responsable, el que nunca sabe nada), el candidato. Pero antes de eso, conviene muy bien pensar en las alternativas.
Con estos horarios, es normal que una población que no duerme no esté en lo que tiene que estar. Cuando estás somnoliento es difícil seguir una conversación y sin embargo cualquier ruido molesta mucho. En estas condiciones es normal que un asunto de gran importancia como el Brexit haya pasado desapercibido.
Mientras la derecha neofranquista ha conseguido que Venezuela, donde la política española importa un pimiento, se convierta en centro de nuestras preocupaciones; hemos olvidado que se vive un momento capital de la Unión Europea y también de España. Unos 760.000 británicos residen en España, que también recibe cerca de quince millones de turistas de esa nacionalidad. Cerca de 140.000 españoles están censados en el Reino Unido, aunque la cifra real de españoles residentes es mucho más alta. Es el cuarto país destino de nuestras exportaciones (18.231 millones de euros) el pasado año, y el sexto país del que más importamos.
Como me recuerda mi amiga Sonia, la Unión Europea nació con el anhelo de acabar con los frecuentes y cruentos conflictos entre vecinos que habían culminado en la Segunda Guerra Mundial. En los años 50, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero es el primer paso de una unión económica y política de los países europeos para lograr una paz duradera.
En la universidad yo era de los muchos europtimistas. Fui beneficiario de una beca Erasmus cuya cuantía económica era pobre, pero que me permite con el esfuerzo de mi madre y del profesor Pérez Lledó estudiar una temporada en Londres. Tenía veintitrés años y nunca había salido al extranjero ni tomado un avión. Quizá ahora puede parecer ridículo o exagerado, pero recuerdo pasear por Leicester Square con la sensación y la emoción de estar en la luna. Mis compañeros de aquellos años tenían la misma sensación. Italianos, alemanes, griegos... teníamos (o nos habían convencido) la sensación de que estar creando una nueva ciudadanía multinacional, basada en el respeto a los derechos y libertades. No así los británicos, especialmente los ingleses.
No es un secreto para nadie que para los británicos, la pertenencia en la Unión Europea fue siempre una cuestión práctica. Margaret Thatcher logró el "cheque británico" y en 1992 se introdujo el "opt out" (cláusula de exención). Este trato preferente no ha bastado para que los británicos hayan considerado conveniente permanecer en la Unión y renunciar a parte de su soberanía. Creo que fue John Berger, el autor de "Una vez en Europa" quien dijo que el Reino Unido estaba en la Unión Europea para destruirla. Los escritores, ya se sabe, viven de su imaginación, es decir, de exagerar lo que piensan, lo que dicen y lo que sienten.
El proyecto europeo esté hecho unos zorros, y a pesar del desagradable Nigel Farage, los británicos tienen sus razones. Cuando ves el trato que la Unión Europea da a los refugiados o la imposición de un directorio a Grecia, es normal que den ganas de arriar la bandera azul con las estrellas, y utilizarla para mejores usos, como por ejemplo hacer trapos para limpiar el baño. Me pregunto si en una Unión Europea fuerte un tipo como Fernández Díaz podría seguir siendo ministro o su jefe (el serio, el responsable, el que nunca sabe nada), el candidato. Pero antes de eso, conviene muy bien pensar en las alternativas.
