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26 julio 2013

El efecto Kuleshov

  España está conmocionada por el accidente ferroviario que ha tenido lugar en Galicia, muy cerca de la ciudad de Santiago de Compostela. Ha sido demasiado monstruoso. Las personas necesitamos un relato para vivir. Planes, rutinas. Cuando la gente se reúne, la mayoría de las veces es para contarse lo que han hecho o van a hacer. Por eso una tragedia así nos resulta terrible y especialmente incomprensible.

El relato se interrumpe sin explicación.
Viajaban. Fin.

  Por eso es natural que se intenten recuperar los pedazos del corazón que se nos van cayendo, construir un relato que dé algún sentido a lo que no lo tiene. A ese relato lo llamamos una explicación, y debe responder a una sencilla pregunta:

¿Por qué?

  No es de extrañar por tanto que la gente se afane en buscar información técnica, pero también personal, que ayude a comprender el horror. Y por supuesto, esa información se encontró. Como ha quedado más que demostrado, hoy por hoy estamos expuestos (o nos exhibimos) al mundo gracias o por culpa de las redes sociales.

  Se buscó información del maquinista del tren siniestrado y por supuesto se encontró. Como muchos de nosotros tiene varios perfiles abiertos. La prensa destacó que en uno de ellos mostraba una foto del velocímetro de un tren donde se marcaba los doscientos kilómetros por hora. El diario tituló que el maquinista "se jactaba" de la velocidad. Los amigos hacían ciertos comentarios más o menos gañanes (del tipo que todos hemos hecho alguna vez) sobre el tema y el propio ferroviario también.

  Imposible, tras leerlo, no poner en el ánimo de todos que se trata de una persona excesivamente amante de la velocidad y con un punto vanidoso. Y sin embargo, un análisis medianamente sosegado demuestra que esta información no nos dice nada que nos ayude a comprender la tragedia.  No es más que una versión del "Efecto Kuleshov": se trata de un experimento realizado por los cineastas Lev Kuleshov y Pudovkin en 1922 y que se relata así en Wikipedia:

 "En la primera toma se mostraba un plato de sopa en una mesa después del primer plano, de manera que Mozzhujin parecía mirar el plato. En la segunda, se reemplazó la toma del plato con una toma de una mujer en un ataúd. En la tercera, se utilizó una toma de una niña jugando con un oso de peluche. Posteriormente, las combinaciones fueron mostradas ante una audiencia. Ante la sopa, la gente percibía lo pensativo que se veía el rostro de Mosjukhin; el ataúd les hizo percibir tristeza en el rostro y la niña jugando con su oso de peluche sugirió que Mozzhujin sonreía. En los tres casos, la cara era la misma. Kuleshov le llamó "geografía creativa" a la creación de esta narrativa visual coherente y los efectos que producía montar varios fragmentos de película ya existente."


  Si un curioso investigara sobre mí en las redes sociales averiguaría al menos que me gusta la música y el tenis, que soy abogado, que he hecho algunos documentales, que he trabajado con temas de extranjería, y colaborado con la Cruz Roja. También que estudié sociología, que tengo una preferencia muy marcada por las mujeres de tallas grandes y cierto interés (quizá incluso pertenencia) por la masonería.

  Si la información de partida de la búsqueda fuera que me habían dado un premio literario (harto improbable) o que estuviera imputado en un asunto penal (espero que harto improbable) las conclusiones que se sacarían de la misma información serían bien distintas. El inquieto y algo excéntrico abogado solitario o el tipo con gustos no convencionales y oscuros vínculos.

  ¿Quienes somos? En este mundo posmoderno no es fácil decirlo. No somos, desde luego, cien por cien lo que ponemos en nuestras redes sociales (como nos recuerda un anuncio de cerveza), ni lo que susurramos al oído de nuestros amores o maridos. Lo que es seguro es que somos frágiles.





El Señor Gordo
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