Albert Boadella dijo una vez, hace ya años, que Jordi Pujol representaba lo peor de sí mismo. El dramaturgo sabía que hay una íntima conexión con los propios enemigos, con las personas y actitudes, valores y emociones que detestamos. El hecho de que nos repugne tanto estriba en parte en que los reconocemos como inmersos en nuestra propia naturaleza.
En su obra "Ubú President", Els Joglars trazaban el perfil de un mandatario mezquino (cambió las naranjas del patio de la Generalitat por otras de plástico porque se las robaban), manipulador y con tendencia a quedarse con todo. Y eso fue dicho y escrito en 1995, cuando Pujol era el padre de la patria. El político sensato con "seny" con el que a todos, empezando por el gran Iñaki Gabilondo, se les caía la baba cuando hablaba. Supongo que el propio Pujol o colaborador luego la recogía, la metía en un frasco y la vendía en una tienda Gourmet.
Es más que sabido que el medio es el mensaje, especialmente con los políticos, y que al final su discurso acaba sonando a la ciudadanía como una cháchara incomprensible plagada de mensajes como progreso, lucha contra la corrupción, empleo, esperanza, bienestar, riqueza, seguridad y otras similares que se pasa por la batidora de los medios, se embotella y tras echarle una buena dosis de conservantes, colorantes, acidulantes, edulcorantes y espesantes se mete en el gaznate de los votantes. Como ven, si ha llegado usted al final de este párrafo, estoy descubriendo la rueda. ¿Pero a que lo he hecho con arte? ¡Ole!
Hoy me he despertado queriendo que lo peor de mí mismo, que Rajoy, gane las elecciones. Aunque les parezca imposible, reconozco en Mariano muchos de mis peores defectos. Tanto él como yo hemos pasado muchas horas (y perdiendo muchas neuronas como acaba de acreditar un estudio científico) viendo el Tour de Francia por la tele, amén de la Vuelta Ciclista a España, el Giro de Italia, la Liga, La Champions League, Roland Garros y otros. Tanto Rajoy como yo pensamos que la mejor decisión es aquella que no se toma. Nos gusta ver cómo la gente se va cociendo en su propia salsa a la espera.
Como Rajoy, tiendo a pensar que las cosas no son ni blancas ni negras, menos cuando alguien nos intenta convencer de que son grises. Tanto Rajoy como yo somos altos, delgados, nos sale una barba rala, feos, sosos y en gran parte inútiles (¡qué haríamos sin Soraya!). Reconozco que con todo Rajoy es mucho más listo y ha aprovechado mejor el tiempo después de todo, pero no es esa la razón por la que me he levantado queriendo que don Mariano Rajoy Brey (En España son muy españoles y mucho españoles...) gane las elecciones. La verdadera razón es que Rajoy no solo es, sino que además parece mucho más viejo que yo, y sus rivales no.
Cuando era niño y tenía los cromos de la liga de fútbol (eso que tanto nos gusta a Mariano y a mí) me llamaba la atención lo viejos que parecían aquellos futbolistas embarrados y con el pescuezo girado buscando un remate de cabeza a la escuadra. Es verdad que el aspecto de Bizcocho, Esnaola, Migueli, Sol, Baena, Giuliano, Kempes, Miguel Angel, Guisasola o Artola era diferente a los supertatuados futbolistas de ahora, aunque su discurso es el mismo (partido a partido y no hay rival pequeño). Viendo hace unos días la entrevista al portero de la Real Sociedad (partido a partido, estamos a muerte con el míster) me preguntaba si su madre sabría que estaba aún levantado a esas horas. Ver que los futbolistas son niños es duro, pero aún no estoy preparado para que los que me parecen críos sean los presidentes.
No hace falta haber pasado por las aulas de la prestigiosa Universidad de Alicante, (grado de Sociología) para darse cuenta de que en el resultado de los comicios venideros (me encanta utilizar la palabra comicios, me hace sentir como un tertuliano de los que invitan a la SER) la variable (¡otra más!) generacional (¡y otra!) va a tener una importancia clave.
Hoy publica El País lo que todos los que tenemos hijos y sobrinos en edad de merecer sabemos. Los jóvenes detestan a Rajoy. También los jubilados que juegan al dominó con Mariano le detestan (ni siquiera se dejaron ganar por él en Valladolid el otro día), pero les pasa como a mi, no quieren aún a su nieto dando órdenes desde La Moncloa. Necesitan a una presidenta con arrugas o a un presidente que tenga que afeitarse. Nos aferramos en vano.
Rivera por eso es el candidato ideal. No es que sea vagamente guapo, que lo es, y atractivo, que también. Es que tiene la saludable lozanía del "establishment". Si Sánchez es un prototipo, Rivera es la versión mejorada. Sánchez aún se cuelga cuando le instalas determinadas aplicaciones, entra en bucle, resulta aparatoso y los diseñadores no le consiguieron sacar cierto tonillo chulesco. El Rivera 2.0 todo resulta más "jugable", tiene mayor potabilidad y seguramente gigas.
¿Iglesias? Todo el mundo sabe que hay tipos a los que se les piden favores y son excelentes personas, pero cuando se llega a una fiesta o hay que ir de viaje, uno quiere estar con los que molan, no con los buenos. Los fascistas de la falange decían que vale quien sirve, pero la realidad es que "mola" quien puede (de poder, de fuerza). Rivera mola más, es así de simple. Iglesias es el friki del after. Por supuesto siempre tendrá su público abundante, pero no es Ken. Rivera es Nadal, es Tommy Hilfiger. Está bien lo de Alcampo y la coleta, pero al final, cuando de poder se trata, la increíble capacidad del sistema para reproducirse a sí mismo es imparable y Rivera es el modelo de la casa confortable, los bíceps torneados, la limpieza bucal impecable, la novia guapa, lista, dulce y dócil (y no la novia chillona e irascible del politburó), el coche cool, la palabra adecuada, la boda en Bali (suegros y suegras llorando de emoción, por supuesto). Es encomiable vivir en Carabanchel con latas abiertas en la nevera y moho en la junta de los azulejos, desde luego. Pero ya te iremos a buscar, Pablo, cuando el catalán (entonces ya no será Rivera, será Albert) nos salga rana. Da igual que el pasado de Rivera sea ideológicamente inconsistente y preocupante. Da igual que sus apoyos sean medianamente tenebrosos. Los viejos queremos a un fracasado (y viejo) como nosotros, pero la juventud siempre aspira a la salud, al vigor, al triunfo. Just do it!
Por eso Rivera será el presidente del Gobierno con ayuda de la versión 1.0.

