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05 diciembre 2015

Quiero que gane lo peor de mí mismo

  Albert Boadella dijo una vez, hace ya años, que Jordi Pujol representaba lo peor de sí mismo. El dramaturgo sabía que hay una íntima conexión con los propios enemigos, con las personas y actitudes, valores y emociones que detestamos. El hecho de que nos repugne tanto estriba en parte en que los reconocemos como inmersos en nuestra propia naturaleza

  En su obra "Ubú President", Els Joglars trazaban el perfil de un mandatario mezquino (cambió las naranjas del patio de la Generalitat por otras de plástico porque se las robaban), manipulador y con tendencia a quedarse con todo. Y eso fue dicho y escrito en 1995, cuando Pujol era el padre de la patria. El político sensato con "seny" con el que a todos, empezando por el gran Iñaki Gabilondo, se les caía la baba cuando hablaba. Supongo que el propio Pujol o colaborador luego la recogía, la metía en un frasco y la vendía en una tienda Gourmet.

  Es más que sabido que el medio es el mensaje, especialmente con los políticos, y que al final su discurso acaba sonando a la ciudadanía como una cháchara incomprensible plagada de mensajes como progreso, lucha contra la corrupción, empleo, esperanza, bienestar, riqueza, seguridad y otras similares que se pasa por la batidora de los medios, se embotella y tras echarle una buena dosis de conservantes, colorantes, acidulantes, edulcorantes y espesantes se mete en el gaznate de los votantes. Como ven, si ha llegado usted al final de este párrafo, estoy descubriendo la rueda. ¿Pero a que lo he hecho con arte? ¡Ole!

  Hoy me he despertado queriendo que lo peor de mí mismo, que Rajoy, gane las elecciones. Aunque les parezca imposible, reconozco en Mariano muchos de mis peores defectos. Tanto él como yo hemos pasado muchas horas (y perdiendo muchas neuronas como acaba de acreditar un estudio científico) viendo el Tour de Francia por la tele, amén de la Vuelta Ciclista a España, el Giro de Italia, la Liga, La Champions League, Roland Garros y otros. Tanto Rajoy como yo pensamos que la mejor decisión es aquella que no se toma. Nos gusta ver cómo la gente se va cociendo en su propia salsa a la espera. 

  Como Rajoy, tiendo a pensar que las cosas no son ni blancas ni negras, menos cuando alguien nos intenta convencer de que son grises. Tanto Rajoy como yo somos altos, delgados, nos sale una barba rala, feos, sosos y en gran parte inútiles (¡qué haríamos sin Soraya!). Reconozco que con todo Rajoy es mucho más listo y ha aprovechado mejor el tiempo después de todo, pero no es esa la razón por la que me he levantado queriendo que don Mariano Rajoy Brey (En España son muy españoles y mucho españoles...) gane las elecciones. La verdadera razón es que Rajoy no solo es, sino que además parece mucho más viejo que yo, y sus rivales no.

  Cuando era niño y tenía los cromos de la liga de fútbol (eso que tanto nos gusta a Mariano y a mí) me llamaba la atención lo viejos que parecían aquellos futbolistas embarrados y con el pescuezo girado buscando un remate de cabeza a la escuadra. Es verdad que el aspecto de Bizcocho, Esnaola, Migueli, Sol, Baena, Giuliano, Kempes, Miguel Angel, Guisasola o Artola era diferente a los supertatuados futbolistas de ahora, aunque su discurso es el mismo (partido a partido y no hay rival pequeño). Viendo hace unos días la entrevista al portero de la Real Sociedad (partido a partido, estamos a muerte con el míster) me preguntaba si su madre sabría que estaba aún levantado a esas horas. Ver que los futbolistas son niños es duro, pero aún no estoy preparado para que los que me parecen críos sean los presidentes. 

  No hace falta haber pasado por las aulas de la prestigiosa Universidad de Alicante, (grado de Sociología) para darse cuenta de que en el resultado de los comicios venideros (me encanta utilizar la palabra comicios, me hace sentir como un tertuliano de los que invitan a la SER) la variable (¡otra más!) generacional (¡y otra!) va a tener una importancia clave. 

  Hoy publica El País lo que todos los que tenemos hijos y sobrinos en edad de merecer sabemos. Los jóvenes detestan a Rajoy. También los jubilados que juegan al dominó con Mariano le detestan (ni siquiera se dejaron ganar por él en Valladolid el otro día), pero les pasa como a mi, no quieren aún a su nieto dando órdenes desde La Moncloa. Necesitan a una presidenta con arrugas o a un presidente que tenga que afeitarse. Nos aferramos en vano.

  Rivera por eso es el candidato ideal. No es que sea vagamente guapo, que lo es, y atractivo, que también. Es que tiene la saludable lozanía del "establishment". Si Sánchez es un prototipo, Rivera es la versión mejorada. Sánchez aún se cuelga cuando le instalas determinadas aplicaciones, entra en bucle, resulta aparatoso y los diseñadores no le consiguieron sacar cierto tonillo chulesco. El Rivera 2.0 todo resulta más "jugable", tiene mayor potabilidad y seguramente gigas. 

  ¿Iglesias? Todo el mundo sabe que hay tipos a los que se les piden favores y son excelentes personas, pero cuando se llega a una fiesta o hay que ir de viaje, uno quiere estar con los que molan, no con los buenos. Los fascistas de la falange decían que vale quien sirve, pero la realidad es que "mola" quien puede (de poder, de fuerza). Rivera mola más, es así de simple. Iglesias es el friki del after. Por supuesto siempre tendrá su público abundante, pero no es Ken. Rivera es Nadal, es Tommy Hilfiger. Está bien lo de Alcampo y la coleta, pero al final, cuando de poder se trata, la increíble capacidad del sistema para reproducirse a sí mismo es imparable y Rivera es el modelo de la casa confortable, los bíceps torneados, la limpieza bucal impecable, la novia guapa, lista, dulce y dócil (y no la novia chillona e irascible del politburó), el coche cool, la palabra adecuada, la boda en Bali (suegros y suegras llorando de emoción, por supuesto). Es encomiable vivir en Carabanchel con latas abiertas en la nevera y moho en la junta de los azulejos, desde luego. Pero ya te iremos a buscar, Pablo, cuando el catalán (entonces ya no será Rivera, será Albert) nos salga rana. Da igual que el pasado de Rivera sea ideológicamente inconsistente y preocupante. Da igual que sus apoyos sean medianamente tenebrosos. Los viejos queremos a un fracasado (y viejo) como nosotros, pero la juventud siempre aspira a la salud, al vigor,  al triunfo. Just do it!

Por eso Rivera será el presidente del Gobierno con ayuda de la versión 1.0.
Ojalá me equivoque. La suerte es que casi siempre lo hago.


Mitch Blunt


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01 diciembre 2015

No ir

  ¿Quién no ha soñado alguna vez con no ir a trabajar y seguir conservando el puesto, el sueldo y su reputación? O mejor aún, ¿quién no ha soñado que uno no va a trabajar y otra persona más eficaz y servicial va por él? Yo como abogado sé lo que es trabajar y que no te paguen, pero aunque vivo en el lado oscuro de la luna, sé que existe otro lado. Lo sé porque lo veo en las noticias. En concreto veo a Rajoy, que tiene un pequeño empleo como presidente del Gobierno de España, y que no va a trabajar a veces (como ir a un insignificante debate electoral con otros candidatos para un trámite jurídico al que llaman elecciones generales), o mejor aún, se lo encarga a otra persona, en este caso la siempre dispuesta vicepresidenta-para-todo, Soraya Sáenz.

  Ayer tuvo lugar el debate de tres candidatos organizado por El País con dos ausencias. Uno de los candidatos (Garzón de Izquierda Unida) no fue invitado. Todo club selecto debe tener un "margi", un apestadillo que haga más viciosamente interesante la reunión de los "elegidos". Hasta en la pandilla de los más zoquetes del patio se sabe. Yo he hecho con mi marginación una cantidad no despreciable de clubes selectos a lo largo de mi vida, algo de lo que me enorgullezco. La otra ausencia como saben es la de Mariano Rajoy. Teniendo en cuenta que el debate era lunes 30 de noviembre y por tanto el horario no coincidía con ningún partido de la Champions Leage, ninguna etapa del Tour de Francia, ninguna eliminatoria de la Copa Davis ni aparentemente nada que no fuera urgente, su ausencia resultó aún más dolorosa.

  Los organizadores del debate, para mostrar este gran vacío que Mariano dejó en los corazones de los ciudadanos, colocaron melodramáticamente un atril vacío en señal de su ausencia (snif, snif). Yo hubiera ido más allá y habría colocado un ramo de flores, para acentuar los tintes dramáticos, aunque la audiencia sabría de sobra que no estaba muerto, estaba de parranda.

  A estas alturas subrayar lo imprescindible de un debate público entre candidatos en una democracia parece algo tan obvio como resaltar que deben pelarse las patatas para hacer una tortilla española, o que se necesita agua en una piscina para poder nadar en ella. Sin embargo es sabido que los maltratados/as ven como naturales situaciones y comportamientos que los demás ven como inaceptables. Yo jamás votaría a un candidato que se niega a debatir, (ni para presidente ni para presidir el "AMPA") pero debo reconocer que millones de personas sí lo hacen, y como la hipótesis de que millones de personas son necias es inaceptable, cabe preguntarse genuinamente por qué sucede.

  La razón por la que se tolera quizá radique en que para los votantes los debates son tan irrelevantes o dañinos como para el candidato. Para muchas personas en España (y muchos otros países) discutir de política es un acto peligroso, que se hace con pasión, engendra diferencias donde no las había y es un acto básicamente pretencioso y vacío que se descalifica con la frase "estos están arreglando el mundo". Además el debate y la confrontación serena de ideas es algo que está excluido de la enseñanza en España. De hecho, los alumnos que debaten y cuestionan son "raros". Si a esto se le suma que persiste entre muchas personas (y especialmente varones mayores de cincuenta años, caladero de votantes del PP) una actitud que confunde el autoritarismo con la seguridad, se entiende que en la práctica los debates se vean como algo pernicioso y a evitar. Los medios tampoco ayudan mucho con sus valoraciones de "quién ha ganado el debate", puntuación alquímica que solo saben descifrar nigromantes en ciencias políticas y sociológicas.

  Ya lo dice Pablo Casado (versión alcatel del PP de los candidatos jóvenes del resto de los partidos) que el vencedor del debate ha sido el PP, que con sabiduría no fue y por tanto no manchó su lengua hablando de obscenidades como la economía, la seguridad, la inmigración o la sanidad. Es verdad que algún día tendrá que hacerlo, pero (¡gracias a Dios!) tenemos a la chica. Dice otro portavoz del PP que el presidente no fue porque "estaba gobernando". Uno se lo imagina entonces, de noche en medio de la tormenta, solo en el puente de mando, controlando el timón, la presión de la caldera y sorteando los arrecifes, mientras los marineros se emborrachan en el camarote, parloteando sobre mujeres y jugando a las cartas.

  Siendo sinceros, lo más importante que hará y dirá Rajoy a lo largo de la campaña electoral ya está dicho y hecho. Dicho: Cristiano Ronaldo se merece el Balón de Oro. Hecho: la cariñosa colleja a su hijo, en el acto más humano que se le recuerda en público, quien declaró que los comentarios de Manolo Lama eran una basura. Estoy seguro que tal y como lo dijo el niño el padre comparte la opinión, y se han echado ambos unas buenas risas a costa de semejante maldad (verdad verdadera). ¡Bien por el padre! Pero, ¿y el candidato?

  Al candidato no le irá mal, o por lo menos no peor. Ya ganó así más de una vez. Lo mejor es no ir, no hablar, mandar a otro o mejor a otra... ¡Dolce far niente!




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