Un buen día, el ejército egipcio (financiado por Estados Unidos) decide destituir y detener al Presidente Mohamed Morsi (cuyos hijos son estadounidenses). Se nombra a otro presidente y un premio Nóbel de Paz merodea por allí con no recuerdo bien qué cargo. España, como otros países de la Unión Europea, decide llamar al evento "interrupción del proceso democrático", como quien llama a una diarrea, interrupción del proceso digestivo.
La mayoría de los medios de comunicación decidieron llamar a las cosas por su nombre y llamar golpe de estado a lo que había sido un golpe de estado, no sin antes organizar debates donde discutir si el golpe de estado había sido un golpe de estado. Al final, como les gusta decir a tertulianos y políticos, la realidad es tozuda y los golpes de estados son golpes de estado. ¿Repetí mucho golpe de estado?
Todo bien si no fuera por que los golpistas son "los nuestros" y los derrocados del poder tras ganar limpiamente unas elecciones "los otros". En occidente son los nuestros tanto para la derecha como para la izquierda, lo que hace a los otros más otros. No nos arrepintamos porque los otros son los islamistas. Bien es cierto que el complejo fenómeno del islamismo no cuadra en la caricatura del fanático de cuernos y rabo que a veces nos pintan. Pero siendo sinceros, con los islamistas, por su propia naturaleza, al menos el laicismo (esencial para toda democracia real) y los derechos de las mujeres, están en peligro.
Pero examinemos quiénes son nuestros amigos en El Cairo. Es verdad que todo comenzó con masivas protestas ciudadanas contra el gobierno de Morsi, pero en ningún país democrático hubieran justificado un golpe de estado —acaso sí la convocatoria de elecciones anticipadas— de la misma manera que no queremos que Rajoy sea derrocado, sino nombrado comentarista ocasional de ciclismo en Teledeporte.
Oyendo el clamor popular los militares se pusieron manos a la obra. Los militares cuando toman el poder acostumbran a ser gente poco desinteresada y una vez fortalecidos, poco amigos de andarse con remilgos negociadores (una ventaja de los políticos, por muy culebriles que sean). De modo que los militares egipcios, que tenían el poder de facto antes de la primavera árabe, con la excusa de las protestas populares, se vuelven a hacer con el poder de nuevo.
Al final tenemos a los islamistas seriamente cabreados y decididos a recuperar el poder, convocando unos festejos que llaman "viernes de la ira", como si se tratara de una secuela de Freddy Krueger; y al ejército, con sus reales aposentados en el poder, que no dudan en utilizar una brutal y criminal represión contra los ciudadanos que participan en las protestas.
Y estos son nuestros amigos. Los que disparan y asesinan a la gente. Podemos decir entonces como Kissinger de Somoza, el dictador nicaragüense; "Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".
¿En eso quedó la primavera árabe? ¿Entre el ejército criminal y la perspectiva nada alentadora de que los islamistas recuperen el poder? Qué difícil es esto de la democracia. No se improvisa en unos meses ni quizá en décadas, porque el respeto a las diferencias y la tolerancia es tan sofisticada como la Teoría de Cuerdas. Como estoy en vacaciones, me siento optimista. En el Mediterráneo, antes de la verdadera primavera hay heladas que marchitan las flores del almendro. Lo malo es que mucha gente ya no la verá. Ni eso ni nada.
La mayoría de los medios de comunicación decidieron llamar a las cosas por su nombre y llamar golpe de estado a lo que había sido un golpe de estado, no sin antes organizar debates donde discutir si el golpe de estado había sido un golpe de estado. Al final, como les gusta decir a tertulianos y políticos, la realidad es tozuda y los golpes de estados son golpes de estado. ¿Repetí mucho golpe de estado?
Todo bien si no fuera por que los golpistas son "los nuestros" y los derrocados del poder tras ganar limpiamente unas elecciones "los otros". En occidente son los nuestros tanto para la derecha como para la izquierda, lo que hace a los otros más otros. No nos arrepintamos porque los otros son los islamistas. Bien es cierto que el complejo fenómeno del islamismo no cuadra en la caricatura del fanático de cuernos y rabo que a veces nos pintan. Pero siendo sinceros, con los islamistas, por su propia naturaleza, al menos el laicismo (esencial para toda democracia real) y los derechos de las mujeres, están en peligro.
Pero examinemos quiénes son nuestros amigos en El Cairo. Es verdad que todo comenzó con masivas protestas ciudadanas contra el gobierno de Morsi, pero en ningún país democrático hubieran justificado un golpe de estado —acaso sí la convocatoria de elecciones anticipadas— de la misma manera que no queremos que Rajoy sea derrocado, sino nombrado comentarista ocasional de ciclismo en Teledeporte.
Oyendo el clamor popular los militares se pusieron manos a la obra. Los militares cuando toman el poder acostumbran a ser gente poco desinteresada y una vez fortalecidos, poco amigos de andarse con remilgos negociadores (una ventaja de los políticos, por muy culebriles que sean). De modo que los militares egipcios, que tenían el poder de facto antes de la primavera árabe, con la excusa de las protestas populares, se vuelven a hacer con el poder de nuevo.
Al final tenemos a los islamistas seriamente cabreados y decididos a recuperar el poder, convocando unos festejos que llaman "viernes de la ira", como si se tratara de una secuela de Freddy Krueger; y al ejército, con sus reales aposentados en el poder, que no dudan en utilizar una brutal y criminal represión contra los ciudadanos que participan en las protestas.
Y estos son nuestros amigos. Los que disparan y asesinan a la gente. Podemos decir entonces como Kissinger de Somoza, el dictador nicaragüense; "Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".
¿En eso quedó la primavera árabe? ¿Entre el ejército criminal y la perspectiva nada alentadora de que los islamistas recuperen el poder? Qué difícil es esto de la democracia. No se improvisa en unos meses ni quizá en décadas, porque el respeto a las diferencias y la tolerancia es tan sofisticada como la Teoría de Cuerdas. Como estoy en vacaciones, me siento optimista. En el Mediterráneo, antes de la verdadera primavera hay heladas que marchitan las flores del almendro. Lo malo es que mucha gente ya no la verá. Ni eso ni nada.
