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23 marzo 2016

Billete de ida al paraíso

  A partir de ciertos niveles de maldad, sucede como con los números: hay cantidades que cuesta imaginar, por grandes o por pequeñas. Con la maldad sucede lo mismo. A veces se superan ciertos límites que resultan incomprensibles. ¿Quienes son esos tipos dispuestos a llegar a un aeropuerto o a una estación de metro y son capaces no solo de poner la bomba y asesinar a decenas de personas inocentes sino incluso a inmolarse ellos mismos? 

  Habrán leído, como yo, todo tipo de explicaciones. El experto en política internacional. El experto en terrorismo y seguridad. El experto en Oriente Medio. El psiquiatra que nos asegura (palabrita de Freud) que los terroristas no son enfermos mentales. El arabista e incluso el Imán que nos asegura que el Corán no dice nada de esto, que la religión musulmana promueve el amor entre los hombres y la comprensión; como si no estuviera claro hace tiempo que las religiones, ésta o cualquiera, valen igual para un roto que para un descosido. Lo mismo inspiran al que se va a vivir con los necesitados, como a los que piensan que lo que se necesita es, precisamente, pisotear al prójimo.

  Todas estas cosas están muy bien. Pero a veces el arte y en concreto el cine pueden dar una explicación más cabal con su capacidad de penetrar en el alma humana y desnudarla. Poner al descubierto los tejidos que nos hacen unos animales sumamente singulares y radicales en nuestro ingenio y en nuestra abyección. De modo que se me ha ocurrido recomendar dos películas. Seguramente ustedes las conocen. A fin de cuentas yo no soy Carlos Boyero, ni siquiera Torres-Dulce.

  La primera de ellas es Paradise now, película palestina del año 2005, dirigida por Hany Abu-Assad. La historia de dos amigos que se preparan para ser terroristas suicidas. Sin embargo, uno de ellos no está del todo seguro, y le entran serias dudas de que esté haciendo lo correcto. En una memorable escena, los dos chicos son llevados a una nave donde van a grabar el vídeo/amenaza. Los islamistas tienen pasión por el cortometraje. Mientras graban, el líder del grupo, que por supuesto no tiene muchas ganas de ir a reunirse urgentemente con las huríes, les alecciona sobre lo valeroso de su acción y les habla del paraíso mientras se zampa no recuerdo si un bocata o un trozo de fruta. Es decir, con la mitad de interés con el que un comercial de Vodafone te trata de convencer de las virtudes de una oferta de telefonía. 

  La segunda película, algo más reciente, es Timbuktu, que ya he mencionado en este sacrosanto blog. Película mauritana del año 2014, dirigida por Abderrahmane Sissako. La película narra la vida de la ciudad de Tombuktú cuando la ciudad cae en manos de extremistas religiosos extranjeros. El líder del grupo es un tipo bastante torpe, que no es capaz siquiera de aprender a conducir. El sumo sacerdote no se apaña con las marchas del Toyota. En un momento dado, tienen, por supuesto, su calamitosa sesión de grabación de un vídeo del subgénero terrorista.

  ¿Será realmente así como suceda? ¿Hablan de las huríes mientras el líder come una ensalada o un kebab? ¿Se repite seis veces la toma porque el kalashnikov sale desbocado o porque justo en el momento en que dice que se va a rebanar el pescuezo a los infieles, le entra al tipo la carraspera? Se dan cuenta que se han quedado si batería y tienen que ir a comprarla a toda prisa a unos grandes almacenes?

  Las dos cintas tienen la virtud de enseñar la banalidad del mal. Su profunda estupidez, su infantil inconsistencia, como la de Franco, que era capaz de firmar sentencias de muerte mientras mojaba los churros en el chocolate, según se cuenta. ¿Y para qué nos vale esto? Porque, en mi opinión, nos vuelve a situar de nuevo en el contexto humano. Simplifica la magnitud y la reduce a una cifra que la podemos comprender. No digo que deba sustituir los sesudos estudios, los analistas políticos, los espías, los catedráticos de filología árabe, los expertos de política internacional. Pero nos recuerda que estamos en presencia, pese a su gigantismo criminal, de humanos. Humanos con mucha cara unos, y muy idiotas otros. 




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08 febrero 2016

Puro teatro

  Desde que tengo uso de razón, que no es mucha pero sí desde hace mucho, he oído hablar de la crisis del teatro. También se habla de la crisis del cine español, cómo languidece el ballet y en términos generales, el ocaso de la cultura y el triunfo de la barbarie (léase fútbol masculino profesional y televisión basurienta). En realidad cuando se habla de que el teatro está en crisis, no se piensa en los magros beneficios empresariales, ni en la falta de público o de talento. Quizá ninguna de esas cosas escasea tanto. 
Quizá duele más la irrelevancia.

  Por eso todo el mundo del teatro debería estar feliz por que la parte más humilde de la profesión, los títeres, sean ahora una cuestión de Estado. ¿Qué digo cuestión de Estado? Un drama nacional. Un asunto que compromete la seguridad nacional. ¡Enaltecimiento del terrorismo!, lo llaman. Hay que ver cómo le gusta a los juristas usar un lenguaje ampuloso. Enaltecer el terrorismo, mancillar a las víctimas...

  Puede que el teatro esté en crisis pero de ningún modo ser teatrero

  Si tienen la mala fortuna de leer los periódicos españoles y ver las televisiones, habrán advertido que el apocalipsis está próximo. Suena la primera trompeta. No porque este año no haya habido invierno. No porque los almendros estén locos y florecidos. Los pájaros no es que visiten al psiquiatra, como dice la canción de Joaquín Sabina, es que ya han abandonado, desesperados, la medicación. El fin del mundo se anuncia como la toma del poder por Podemos. Las empresas se irán de España y seremos parte de algún siniestro califato. ¿Califato ye-yé? Pero yo creo más bien que la trompeta suena anunciando que los pelmas dominarán la tierra. De momento ya dominan muchos medios de comunicación, la política y el poder judicial, valga la redundancia. 

  Pero hablaba del teatro y de los titiriteros mártires de la censura y de la falta de talento. Para mí la censura ha sido siempre despreciable. Nunca he comprendido cómo personas que se dicen a sí mismos progresistas tan a menudo se mostraban como inquisidores de la fe power flower. Bueno sí lo sé. No son tan progresistas como dicen, porque si lo fueran el principal valor que protegerían sería la libertad. Dentro de la libertad, no hay censura. La libertad no consiste en el derecho de decir, hablar y publicar opiniones sensatas, razonables y acertadas. Se pone a prueba con las estupideces, con los errores e incluso con todo lo que incluye la provocación, el mal gusto y la franca estulticia. Cuando se cree en la libertad, ninguna de esas cosas tiene necesidad de ser penada, puesto que la razón, el tiempo y el buen sentido pone al necio, al torpe y al gañán en su justo lugar y el único límite estaría en la mentira.

  Pero la izquierda le cogió gusto a decir ¡Ay no me gusta esto, ay no se puede permitir lo otro! Por supuesto hay campos en los que uno no puede competir con otros. Ya lo decía el "Milagroso Max" en "La Princesa prometida": "nunca trates de farolear a un farolero". Y en materia de recortes de libertades y de censura no se puede competir con ellos. Tampoco en el doble rasero y en la sobreactuación melodramática. 

  Lo de los titiriteros... ¿No recuerdan cual es la escena más famosa de toda función de guiñoles? Por supuesto que sí. Un muñeco empieza aporrear a otro con una cachiporra. ¡Ay, ay, ay! Incomunicar a unos titiriteros, por muy chapuceros y desafortunados que estuvieran en su obra, no deja de ser una comedia bufa, triste y cobarde. Cobarde porque el garrotazo va directo al pescuezo de patosos, pero elegidos porque son débiles. Es patético incluso leer en los medios progresistas curarse en salud (no sea que les tomen por enaltecedores y mancilladores) y hablar de lo "desafortunado" de la función de guiñol. ¿Enaltece Malditos Bastardos la violencia racial? ¿Enaltece Los pájaros el odio a los animales? ¿Enaltece El Quijote el desprecio por los enfermos mentales?

  Todos sabemos de qué vamos. Se trata de la cachiporra. 
Se trata del garrotazo de Goya. 
El motivo es lo de menos, puro pretexto, puro guiñol. 
¿Quieren teatro de verdad? 
Pues que lean sobre la hipocresía. Que lean el Tartufo.




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16 noviembre 2015

Todos expertos en política internacional

No tienen razón aquellos que dicen que nada importa 

fuera de las fronteras de lo que consideramos nuestro mundo. 


  En el caso español sería España (incluso para los que consideran que tal cosa no existe), Europa, Estados Unidos, en algunos casos América Latina y podemos añadir Australia y Nueva Zelanda. En resumen lo que consideramos Occidente. No entraré ahora en la penosa constatación de que dicha percepción no es recíproca. Tengo la sensación, quizás errónea, de que los atentados islamistas del 11-M en Madrid no recibieron la misma solidaridad que los de París, pero esa es otra historia.

  Lo que sucede importa. O al menos importa a las personas a las que les importan las cosas. Por supuesto hay gente para quien el terrorismo, como el calentamiento del planeta, los derechos civiles, el conflicto palestino-israelí, los conservantes y colorantes artificiales de las comidas, la calidad del aire en las ciudades y tantas otras cosas, ni les importa ni las conocen. No sabrían decir si Urkullu es un dictador africano o una aplicación, y el nombre de Putin puede acabar llegando a las manos, y no precisamente por Rusia. Si esta gente, que llega a un merendero y lo deja como una versión pringosa del mosaico de flores de Bruselas es más feliz o desgraciada en su ignorancia, es algo que me pregunto desde los quince años.

  Pero el resto de la gente que acude a las tutorías de los hijos y les pone el cinturón en el coche (y antes la sillita adaptada), que procura añadir ensaladas en su dieta, recoge las cacas de los perros y que colaboraron alguna vez en un banco de alimentos o compraron el billete para una rifa benéfica o participaron en una carrera urbana de sensibilización contra el cáncer de mama; a esa gente sí le importa. Le importa y mucho las cosas que a ciertos políticos creen que no les importa

  Saben donde está Irak, Irán, Cisjordania y Líbano. Tienen incluso ideas muy precisas sobre qué hacer con el autodenominado Estado Islámico, con el conflicto árabe-israelí, con Arabia Suadí. No solo eso, sino que cada golpe atroz como el de París nos hace por supuesto sentirnos más vulnerables, quizá más existencialistas y hedonistas (la vida son dos días, nunca se sabe lo que puede pasar), a veces más miedosos, y casi siempre nos convierte en pequeños expertos en política internacional.

  No nos la dan con con queso, (frase que alude a la costumbre de dar queso junto con el vino agrio para camuflar su sabor) y aunque el telediario no lo mencione, sabemos las implicaciones de EEUU en todo este berenjenal, y de Rusia e incluso de China. Lo hemos leído en Internet. Incluso no hay que pertenecer a un exclusivo grupo académico o sectario para tener información sobre los aspectos más oscuros y menos conocidos del asunto.

  Si me dijeran que elaborara un texto sobre cálculo diferencial, fisiología de las vértebras lumbares, aspectos fiscales de los autónomos, elaboración de la vichyssoise, tendría grandes dificultades para completar un párrafo que no fuera un disparate. Sin embargo puedo llenar varios folios sobre los recientes y horrendos hechos y sobre sus implicaciones en política internacional y el control de los flujos migratorios. Eso es bueno, supongo. Quiero decir, que contra lo que dicen algunas voces maliciosas, las cosas me importan. Quiere decir que yo y los millones de personas como yo, no solo buscamos hacernos el interesante, sino que estamos sinceramente preocupados por el futuro y tenemos (dicho en la petulante jerga actual) empatía.

  ¿Pero realmente podría hablar con sentido sobre cómo acabar con el terrorismo, 
Isis o la guerra en Palestina? 

¿De entre cero a uno, cuántos días he pasado en cualquiera de esas regiones? Conforme lo iba escribiendo, y era el objeto de este "post", me iba sintiendo un poco ridículo, al tiempo que un poco pretencioso y un poco plagiador. ¿Soy yo quien habla o soy el muñeco que parlotea refrito asentado en mi cerebro de lo que he leído y escuchado durante estos últimos meses? ¿Yo, que tengo serias dudas rellenando un formulario para una notaría puedo dictar sin vacilar la fórmula para la resolución del terrorismo islamista?

  Por supuesto eso no significa caer en el nihilismo. No hace falta ser un experto para distinguir a un racista de quien no lo es, o para discernir quién busca una solución o arrimar el ascua a su sardina. Es tan sencillo como ver la diferencia entre el sospechoso producto de una hamburguesería global o un chuletón de Ávila. Otra cosa será apreciar que chuletón es mejor, o incluso cuál procede de la ciudad castellana. Lo que quiero decir con este forzado símil es que saber requiere tiempo, constancia, lectura y paciencia. Todos ellos bienes escasos. Mientras tanto habrá que fiarse, teniendo el criterio de buscar buenas fuentes, ser prudentes ,y quien pueda, perseverar en el conocimiento. 

  En Memorias de Africa (Out of Africa) 1985 , Bror (Klaus María Brandauer) le comunica a Karen (Meryl Streep) el fallecimiento debido a un accidente de avioneta de su amado Denys Finch Hatton.

—¿Te han enviado a tí? Pregunta Karen.
—Tenía que ser yo, respondió Bror.
—¡Dios mío! ¡Qué valiente eres!



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15 enero 2015

¿Derecho a la blasfemia?

  Definía de este modo Joaquín Sabina a cierta mujer a la que tardó en olvidar 19 días y 500 noches: "siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta". Un día de estos, muy pronto, me referiré a lo de la falda, pero por ahora quedémonos con lo de la lengua. Muchos españoles tenemos ciertamente la lengua muy larga, y no parece que sea de ahora.

  En muchas iglesias de Aragón (y supongo que en muchos otros lugares) inscripciones centenarias llaman a los feligreses a no blasfemar. Por ejemplo, en los muros del ayuntamiento de Sos  del Rey Católico (Zaragoza) se puede leer la siguiente inscripción (foto a la izquierda). En los muros de cierta iglesia de Uncastillo (Zaragoza), uno de los pueblos más bonitos de España, está inscrita la siguiente frase sacada del Eclesiastés: "La maldición de la madre, destruye de raíz hijos y casa". Aún así, será la naturaleza conversa de los españoles o su fobia contra las normas, que todavía seguimos cagándonos en Dios cuando se nos cae un plato al suelo, sin que eso sea incompatible con la pertenencia a una cofradía de Semana Santa.

  En eso somos muy diferentes a los anglosajones, muchos de los cuales prefieren decir "oh my gosh", por no decir en vano God (Dios) o lo escriben con siglas OMG. ¿Se imaginan el acrónimo español de "me cago en Dios? MCD. Dudo que alcance fortuna, aunque si lo hace, recuerden que yo fui el primero en usarlo.

  Vaya por delante (o por en medio del post) que no estoy tan convencido de que los crímenes de la semana pasada en París tengan tanto que ver con la libertad de expresión. Las caricaturas desde luego irritaron a los fanáticos, pero los fanáticos por definición son irritables. Los dibujos de Charlie Hebdo podían ser blasfemos, pero para ellos todos nosotros, como infieles, somos blasfemos con patas. ¿Qué blasfemia había cometido el taxista y cooperante británico Alan Henning, asesinado el pasado diciembre? ¿Qué blasfemias habían cometido tantas personas asesinadas por estos fanáticos durante los últimos años? Ninguna, por supuesto.

  Sin embargo el asunto de la blasfemia es interesante en sí mismo. Como recuerda la profesora Ana Valero, el Consejo de Europa en el año 2007 estableció una distinción entre blasfemia, insultos a la religión y discurso del odio hacia las personas. La blasfemia estaría amparada por la libertad de expresión, no así sucedería siempre con las segundas y nunca con las terceras mencionadas. En España todavía se contempla el delito de escarnio de los sentimientos religiosos en el Código Penal, si bien reside en forma de nosferatu, que de vez en cuando revive en forma zombie, como lo pudo sufrir Javier Krahe.

  La blasfemia básicamente supone quebrantar un tabú de tipo religioso que los no creyentes, en rigor, no tienen la obligación de respetar. Muchas veces incluso no tienen la obligación o la posibilidad de conocer. No descalzarse en ciertos lugares, tocar o no tocar ciertos elementos religiosos, mirarlos o no mirarlos o comparar con confeti (como hice yo en mi condición de ocasional gañán) las banderas de plegaria budistas, también puede ser blasfemo.

  Muchos pensamos que los sentimientos religiosos pueden ser muy dignos de respeto, pero las iglesias, los dogmas y sus historias y leyendas, también "muy dignas" de crítica, en favor de una espiritualidad diferente o incluso de ninguna en absoluto. A mi amigo Ximo Tur, le gusta recordar que la Virgen, de ser ciertas las leyendas bíblicas de la ascensión, está todavía muy cercana, visible a ojo de telescopio.

  Las abuelas,en general sabias, nos recordarían: "todo eso está muy bien, ¿pero qué necesidad hay de faltar?". De eso se trata también, más allá de los derechos. Es posible, que a veces convenga provocar para mover el agua podrida del estanque para que fluya. Es también posible que muchos se sientan perennemente ofendidos.

Pero hablar o callar siempre será, en nuestra condición de animales parlantes,
una de las decisiones más importantes. ¿He dicho?


Santa María de MassMedia. Manuel León.

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CAMISETAS

11 marzo 2014

11-M ¿Qué fue de la teoría de la conspiración? ¿Qué fue de los conspiradores?

  Se cumplen diez años del horrible atentado terrorista de Madrid.
El 11-M.
 
 Es una de esas fechas en la que puedes preguntar a cualquier español —y te lo sabrá decir— qué estaba haciendo a esas horas, dónde le "pilló". Imposible olvidar las voces, las imágenes, el desconcierto inicial de las noticias. Lo que no se podía de ningún modo imaginar es que alguien ya planeó que el desconcierto iría mucho más allá.

  Las primeras investigaciones policiales, luego confirmadas, ya apuntaron a que el atentado había sido obra de islamistas radicales, pero el gobierno de José María Aznar, en contra de todas las evidencias, mantuvo que se trataba de un atentado de ETA. Se llegó a insinuar que el ex presidente del gobierno, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, tenía algún pacto secreto con la banda para realizar el atentado en Madrid y cargar luego la responsabilidad a los islamistas, para que la opinión pública creyera que había sido un ataque islamista en represalia por la intervención española en la guerra de Irak. ¿Delirante? Sí, pero mucha gente se lo creyó o se lo quiso creer.

  Repito, para los lectores extranjeros del blog que piensen que algún tipo de fiebre me ha afectado:
 
 Sí. El Partido Popular, actualmente en el gobierno, lanzó una campaña para hacer creer que los socialistas en colaboración con ETA, habían asesinado a casi doscientas personas y luego achacar sus muertes con el único objetivo de ganar las elecciones generales de aquel año. Una conspiración en la que estaban implicados terroristas vascos, policías (a los que se les acusó de borrar las pruebas y de hacer una investigación ficticia), jueces (que luego condenaron a los responsables de los hechos), periodistas, y en la última etapa, asociaciones de víctimas del atentado. Todas ellas en perfecto contubernio, con un único y maléfico propósito: que José María Aznar, el amigo de Gadafi y de los chicos de la Gürtel, el consejero de Murdoch, el mentor de Mariano Rajoy, perdiera las elecciones. ¿Delirante? ¿Febril? ¿Absurdo? Pues mucha gente se lo creyó, hasta el punto de que algunos policías responsables de la investigación fueron injuriados e insultados por la calle, como relata el ex comisario de Vallecas Rodolfo Ruiz

  Sé que es más fácil creer que el hombre no llegó a la luna (las imágenes de Armstrong las rodó Kubrick). Es más verosímil pensar que fue el propio Bush quien decidió derribar las Torres Gemelas. Es más probable que fuera Garci quien planificara el golpe del 23 de febrero. Pero millones de españoles se tragaron la historia. ¿Se la tragaron o es que su odio a lo que no representara las posiciones de la derecha hizo que quisieran creérselo? Difícil de decir. Yo mismo escuchaba en aquella época en la cadena COPE a uno de los apologistas de la teoría de la conspiración, Federico Jiménez Losantos. Me parecía que era el mejor "programa de humor", tocara el tema que tocara, que había en antena, y pido perdón por mi perversión. Reconozco que el asunto no tenía ni pizca de gracia.

  Mientras él bramaba con gran cultura, eso sí, u otros como Pedro J. Ramírez; la vida de muchos quedaba destrozada y las víctimas y sus familiares acumulaban aún más dolor a un sufrimiento ya de por sí insondable. Pero, ¿de verdad alguien se lo podía creer? Titadine con cordón detonante. Sólo faltaba Garci diciendo que lo había ensayado en la Facultad de Medicina de la Complutense.

  Supongo que en esta época de engaños, engañados y gañanes, hay de todo. Gente que de buena fe es intoxicada. Sectarios prestos a pensar que el rival tiene cuernos y rabo. Aficionados a las conspiraciones. Ingenuos, listillos, locos o tontos. ¿Quién no ha pertenecido alguna vez a alguna, si no a todas estas categorías? Yo en todas, en algunas como turista y en otras fijé mi residencia, domicilio fiscal y refugio contra el mundanal ruido. Una pista, tenía nombre de jamón.

  Pero (y me voy a tomar una licencia de analista político o contertulio), como dijo sabiamente Abraham Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no a todos todo el tiempo. (También dijo que quien carece de vicios carece de virtudes).


  Han pasado diez años y los implicados en la farsa prefieren pasar página.
 
  Escucho ahora a un representante del Partido Popular en la radio irritado por que se le pregunte sobre el particular. Solo le falta protestar porque se le pidan cuentas por hacer obligar a rectificar a Galileo Galilei. Por supuesto algún recalcitrante queda, como Maria Dolores de Cospedal, que sigue, supuestamente, dejando alguna sombra de duda, al afirmar que es bueno "que se conozca todo", pero creo que este comportamiento tiene que ver más con algún fenómeno de índole psiquiátrico relacionado con el sadismo, que con una postura política definida.
 
  El diario El Mundo, que se ha desecho del anterior director y uno de los principales impulsores de la teoría de la conspiración, publica hoy bajo el título "Diez años después, un balance desapasionado del 11-M",  un artículo donde su actual director escribe lo siguiente:
 
  "Los que dudamos de esa versión (Al Qaeda se venga de España por su intervención en Irak con un gran atentado), también cometimos errores. Dimos crédito a algunas informaciones faltas de rigor, que sólo tenían como fin confundirnos y llevarnos a un callejón sin salida". Dicho de otra forma. Pelillos a la mar. Un error lo tiene cualquiera. Si yo hubiera sido lector de El Mundo y hubiera creído en su versión durante los últimos diez años, les diría, haciendo un balance desapasionado, que podían meterse desapasionadamente su diario por cierta pasional parte. Pero como no lo soy solo diré: ¡miau!
 
 
  Creo que llegados a este punto conviene hacer un epílogo. ¿Qué fue de los conspiradores? ¿Recuerdan aquella maravillosa película de Billy Wilder llamada Primera Plana (The front page), 1974? También ésta debería ser de obligada proyección en colegios e institutos. El filme es una comedia ácida sobre la prensa y el poder político, ambos dispuestos a saltarse cualquier escrúpulo moral con tal de conseguir sus propósitos, incluso si es a costa de la vida de una persona ¿les suena?
 
  Les reproduciré el epílogo de la película (que no implica chafársela en ningún sentido) enriqueciéndolo (o degradándola) con alguna aportación propia.

  •   El "honrado" Big Ear. Fue diputado en el parlamento europeo por el Partido Popular hasta el 2014, fecha en la que no ha declinado ser de nuevo candidato, cosa, que por otra parte no hubiera podido hacer. Prepara un libro sobre ETA y los masones.
  •   El director de Examiner, Peter J.R., siguió siendo director del periódico hasta febrero de 2014, momento en que fue destituido. Se cree que ahora prepara un libro de memorias y que se dedicará a partir de ahora a impartir clases sobre la ética del periodismo.
  •   Frederic DeSaits. Fue despedido pocos años después de la cadena de radio y tuvo que montarse una modesta y sin influencia estación radiofónica que emite por Internet. Lleva perdidos varios juicios contra intromisión al honor y a la intimidad de las personas. Sigue poniendo todas las semanas en su programa la canción "Get on your Knees".
  •   El bloguero apodado gordo, oyente de la Cadena Cope. Escribe todos los días en su exitoso blog El Señor Gordo y prepara un libro titulado "La alegría de la impotencia".





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