Copa Confederaciones de fútbol. Un aperitivo del mundial del próximo año. Semifinal. España- Italia. El bochorno es asfixiante en el estadio Castelao Arena de Fortaleza. Los integrantes de la selección española de fútbol salen a calentar y son abucheados por los espectadores. Durante el partido, cada acción de España es sonoramente pitada. Se jalean con "olés" los pases de los rivales de "La Roja". El partido concluye a cero tras la prórroga. En los lanzamientos de penaltis los españoles consiguen pasar a la final. Mientras los jugadores se abrazan con júbilo, el público les abuchea de nuevo, no les dan ni quince segundos de tregua. Los corresponsales españoles no acaban de dar crédito a lo que sucede y dudan entre simplemente dar fe de lo que ocurre o dar rienda suelta a su indignación.
España fue abucheada en su partido contra Tahití. Los periodistas entendieron que el público se ponía de parte del débil. Lo mismo sucedió y pensaron en su encuentro con Uruguay y Nigeria. Pero Italia es un equipo poderoso. La explicación más repetida por los corresponsales deportivos españoles es entonces el miedo y la envidia. Conforme con esta hipótesis los aficionados brasileños prefieren a cualquier otro rival inferior en la final y tienen pánico de enfrentarse a los chicos de Del Bosque. La hipótesis de la envidia defiende que España hace el juego que le gustaría realizar a Brasil. ¿Por eso nos pitan? Quizá sólo en parte.
Les contaré una experiencia propia y no futbolística. Hace unos cinco años asistí como abogado a un chico brasileño sin autorización de residencia en España. Primero se le tomó declaración en el cuartito que utilizaba el grupo de extranjeros de la policía nacional de Alicante. En él había una bandera gigante de España. Tan grande era que la tenían que poner de lado porque no cabía. Una bandera así no había en ninguna otra unidad. Parecía querer recordar al extranjero su condición de tal. Una vez comprobado que carecía de autorización, y conforme con la legislación, se solicitó su internamiento en el Centro de Extranjeros de Valencia.
Ante el juez pudimos acreditar que el chico, que carecía de cualquier antecedente penal o policial, deseaba volver a su país y estaba a la espera de la concesión de una ayuda para sufragar los gastos. Sin embargo el juez y la fiscal ignoraron este hecho. El ciudadano brasileño fue internado y posteriormente expulsado a Brasil, a una ciudad muy lejana de donde residía su familia. Ignoro qué fue de él.
La opinión pública brasileña se hizo eco de casos similares. Para ellos fue una conmoción y contribuyó a deteriorar la imagen de España. Una imagen de por si ya antipática, vinculada en Iberoamérica con el colonialismo y la arrogancia. Los brasileños, como la mayoría de los latinoamericanos, son orgullosos y han tomado conciencia de su lugar y peso en el mundo. Por eso, y porque ya se lo pueden permitir, no toleran que traten a sus nacionales como ciudadanos de segunda clase. Tampoco empiezan a tolerar que lo haga su propio gobierno, y por eso piden explicaciones sobre el dinero gastado y despilfarrado y el cese de la corrupción.
La emigración brasileña en España nunca ha sido importante. El español, pese a ser viajero, es provinciano. No habla casi idiomas, empezando por su presidente del gobierno y la mayoría de sus ministros. Brasil para los españoles varones remite inmediatamente a pensamientos lascivos de caderas bronceadas y tangas. Muchos son estudiantes universitarios y no es extraño el caso de algunas tomadas como prostitutas sólo por su nacionalidad. Xenofobia y machismo en el cóctel perfecto. Nada más ganar España, alguien me mandó un whatsApp; "ahora a por las brasileñas" (en referencia a la final).
Cuando he asistido como abogado a extranjeros en procedimientos de expulsión, colombianos - ecuatorianos - argelinos - brasileños - bolivianos, siempre me he preguntado que pensarían de nosotros. Qué pensarían yo si estuviera en su lugar. España ocupó el triste papel de guardia fronterizo de Europa a costa de nuestra tradición y nuestros intereses como país. He visto el trato que se les ha dado en comisarías y juzgados. Ahora vemos como nuestros socios del norte nos pagan nuestros servicios. Espero equivocarme pero temo que pronto veremos españoles en comisarías de otros países del mundo, detenidos por no tener papeles.
No nos tienen miedo ni envidia. No pitan a Iniesta, que juega como los ángeles, ni a Xavi, ni a Casillas. En realidad les encantan. Quizá nos pitan a nosotros.
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¿Por qué nos pita el público brasileño? ¿A qué viene tanta hostilidad?
España fue abucheada en su partido contra Tahití. Los periodistas entendieron que el público se ponía de parte del débil. Lo mismo sucedió y pensaron en su encuentro con Uruguay y Nigeria. Pero Italia es un equipo poderoso. La explicación más repetida por los corresponsales deportivos españoles es entonces el miedo y la envidia. Conforme con esta hipótesis los aficionados brasileños prefieren a cualquier otro rival inferior en la final y tienen pánico de enfrentarse a los chicos de Del Bosque. La hipótesis de la envidia defiende que España hace el juego que le gustaría realizar a Brasil. ¿Por eso nos pitan? Quizá sólo en parte.
Les contaré una experiencia propia y no futbolística. Hace unos cinco años asistí como abogado a un chico brasileño sin autorización de residencia en España. Primero se le tomó declaración en el cuartito que utilizaba el grupo de extranjeros de la policía nacional de Alicante. En él había una bandera gigante de España. Tan grande era que la tenían que poner de lado porque no cabía. Una bandera así no había en ninguna otra unidad. Parecía querer recordar al extranjero su condición de tal. Una vez comprobado que carecía de autorización, y conforme con la legislación, se solicitó su internamiento en el Centro de Extranjeros de Valencia.
Ante el juez pudimos acreditar que el chico, que carecía de cualquier antecedente penal o policial, deseaba volver a su país y estaba a la espera de la concesión de una ayuda para sufragar los gastos. Sin embargo el juez y la fiscal ignoraron este hecho. El ciudadano brasileño fue internado y posteriormente expulsado a Brasil, a una ciudad muy lejana de donde residía su familia. Ignoro qué fue de él.
La opinión pública brasileña se hizo eco de casos similares. Para ellos fue una conmoción y contribuyó a deteriorar la imagen de España. Una imagen de por si ya antipática, vinculada en Iberoamérica con el colonialismo y la arrogancia. Los brasileños, como la mayoría de los latinoamericanos, son orgullosos y han tomado conciencia de su lugar y peso en el mundo. Por eso, y porque ya se lo pueden permitir, no toleran que traten a sus nacionales como ciudadanos de segunda clase. Tampoco empiezan a tolerar que lo haga su propio gobierno, y por eso piden explicaciones sobre el dinero gastado y despilfarrado y el cese de la corrupción.
La emigración brasileña en España nunca ha sido importante. El español, pese a ser viajero, es provinciano. No habla casi idiomas, empezando por su presidente del gobierno y la mayoría de sus ministros. Brasil para los españoles varones remite inmediatamente a pensamientos lascivos de caderas bronceadas y tangas. Muchos son estudiantes universitarios y no es extraño el caso de algunas tomadas como prostitutas sólo por su nacionalidad. Xenofobia y machismo en el cóctel perfecto. Nada más ganar España, alguien me mandó un whatsApp; "ahora a por las brasileñas" (en referencia a la final).
Cuando he asistido como abogado a extranjeros en procedimientos de expulsión, colombianos - ecuatorianos - argelinos - brasileños - bolivianos, siempre me he preguntado que pensarían de nosotros. Qué pensarían yo si estuviera en su lugar. España ocupó el triste papel de guardia fronterizo de Europa a costa de nuestra tradición y nuestros intereses como país. He visto el trato que se les ha dado en comisarías y juzgados. Ahora vemos como nuestros socios del norte nos pagan nuestros servicios. Espero equivocarme pero temo que pronto veremos españoles en comisarías de otros países del mundo, detenidos por no tener papeles.
No nos tienen miedo ni envidia. No pitan a Iniesta, que juega como los ángeles, ni a Xavi, ni a Casillas. En realidad les encantan. Quizá nos pitan a nosotros.
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