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23 enero 2016

Hombre primitivo al habla

  Aquí un hombre del paleolítico. Me duele la espalda y tengo fascitis plantar. Debería estar comiendo bayas, frutos del bosque y tubérculos, pero resulta que aún me queda jamón de bellota que compró mi familia por Navidad, y también escondida en la nevera, un tercio de cerveza.

  Si ya han visto todas las series posibles y no tienen nada mejor que hacer, como pongamos por caso, ver en la televisión un apasionante partido Elche - U.D. Las Palmas, les sugiero la lectura del libro titulado "Historia del cuerpo Humano", escrito por el profesor de Harvard, Daniel E. Lieberman y publicado en España por la editorial Pasado y Presente. Ya sé que son más de 500 páginas, pero véngase arriba. Si algo saben hacer estos sabios yanquis es la divulgación científica. El libro es ameno, riguroso y divertido (supongo que contratan colaboradores para intercalar algún chiste).

  El libro trata de responder a la siguiente pregunta. "¿A qué estamos adaptados los humanos?". Para empezar, el autor nos recuerda qué es eso de la adaptación. A veces parece inevitable caer en el antropocentrismo y de modo casi instintivo pensar que que la adaptación les ha conducido a algunos a ser mejores negociadores, tener una mejor bolea jugando al tenis, ser más ingeniosos y para localizar los mejores bancos en suiza y enchufes en las instituciones. Pero la evolución de los bichos, de acuerdo con el profesor, tiene un único propósito, que es garantizar la reproducción. No ser felices, no comprender a los demás, no evitar tener ganas de romperle la crisma al vecino.

  Es verdad que tenemos un cerebro muy grande por el que pagamos un precio en términos de mantenimiento, pero de acuerdo con el profesor Lieberman, ese cerebro no deja de ser un modo de evolucionar para lograr el mismo objetivo que todos los demás seres vivos. La evolución además no ha terminado, al revés, continúa y se ha acelerado. Pero aun así los tiempos de la naturaleza no tienen nada que ver con los históricos. A menudo se nos ha dicho que nuestro cuerpo, hecho a imagen y semejanza de Dios, era un creación maravillosa y casi perfecta. Yo no me quejo del mío. Pero desde luego dista mucho de ser perfecto. No voy a hacer un catálogo de cosas memorables, pero creo que si echa un vistazo al suyo, llegará a la misma conclusión.

  La razón es que la evolución lleva a un compromiso, lo que se gana por un lado se pierde por otro. No es que nuestro cuerpo sea una chapuza, pero desde luego tampoco es una máquina perfecta y maravillosa, culmen de la creación. A esto tenemos que añadir que el cuerpo que ahora gozamos o padecemos es básicamente el mismo que tenían nuestros ancestros, que estaba bastante bien adaptado para el entorno en que vivían y para lo que hacían: cazar y recolectar. Pasar horas delante del ordenador, comer pizzas, llevar zapatos ajustados no es algo a lo que nuestro cuerpo esté bien adaptado. Por suerte, aunque la vida industrial nos ha hecho miopes, gordos (en mi caso lo de señor ya es cultural) y con juanetes, también ha sabido crear algunas soluciones, por desgracia no siempre satisfactorias.

  No son tantas las generaciones que nos separan de los cazadores recolectores y mucho menos de los primeros agricultores. Para muchos ha sido un poco desalentador el estudio publicado esta semana por un grupo de investigadores en la revista Nature sobre el hallazgo de Nataruk, al oeste del lago Turkana en Kenia, donde se han encontrado evidencias que prueban una matanza en el enfrentamiento de grupos de cazadores y agricultores. Es decir, un western del neolítico, sin el Winchester pero con armas eficaces, según refleja el parte de daños. Individuo 51. Varón. Proyectil incrustado en el cráneo. Individuo 65. Mujer. Herida descerrejada en el cráneo, zona frontal...¿Va a tomar cartas en esto la Audiencia Nacional? No me consta.

  Hagamos un resumen. Animales del paleolítico, mal adaptados a la vida contemporánea y con tendencia a la violencia. ¿Sacamos de la estantería a los filósofos más pesimistas y nos ponemos todos a llorar? El Señor gordo/cursi viene al rescate. En estos momentos, y no es un recurso literario de tercera división, sino que efectivamente está sucediendo (si pudiera añadiría un audio) unos niños están jugando en la calle. Los oigo desde la cama, que es el lugar donde escribo a la mayor gloria de Onetti. Están jugando al pañuelo o algo así con una señora que los sabe llevar por donde quiere. Se lo están pasando en grande.

  Puede que el ser humano sea un bicho mejorable, ¿acaso son mejores los linces, que ni siquiera saben cruzar una autopista sin que les atropellen? Está escrito, le dicen a Lawrence de Arabia en el film de David Lynch. Y hay que reconocer que el Lawrence de Arabia de la película tenía ciertos desequilibrios mentales. Pero consuela saber que para muchos el destino no está escrito si ellos no lo escriben. Una esperanza para todos.



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15 enero 2014

¿Qué cosa de la Ciencia?

  Que la ciencia nos importa un pepino en España (y Cataluña) lo experimenté (en minidosis) en mis propias carnes. Minidosis no porque no tenga bonitas y abundantes carnes, sino porque no soy científico (ya me hubiera gustado a mí tener las suficientes neuronas para serlo y haberlas dedicado a simular que trabajaba como miembro de una Diputación Provincial).

 ¿Cómo lo experimenté? Tiempo ha, se me ocurrió escribir una entrada sobre la ciencia. ¿Ciencia española? Mejor el Tarot.

  De acuerdo: no descubría la rueda, ni la aspirina, ni siquiera la dieta de la alcachofa. Pero tampoco lo hago en otras y la entrada dedicada a la ciencia fue la menos leída, debatida, comentada y seguida de todas (y mira que las hay malas, intranscendentes). Por supuesto las que dediqué al fútbol y al asunto de la secesión de Cataluña tuvieron numerosos comentarios. La razón es fácil. Hasta un simio amaestrado (aunque no yo) es capaz de marcar un gol o distinguir una bandera, pero explícale por qué debe investigarse sobre células madre o sus aplicaciones prácticas. Dicho de otro modo, importan las cosas que importan porque sabemos y entendemos las cosas que sabemos y entendemos.

  Hoy se ha conocido la noticia que el científico Juan Carlos Izpisúa-Belmonte, un científico de prestigio internacional, renuncia a seguir trabajando en España/Cataluña por la falta de apoyos del Gobierno español/catalán. Como ha atinado uno de los mejores analistas políticos, disfrazado de humorista en la Cadena Ser, Toni Martínez, por fin los gobiernos de Cataluña y de España se han puesto de acuerdo en algo.

  Los investigadores españoles/catalanes están hartos de la falta de financiación, la incertidumbre sobre la continuación de los proyectos, la imposibilidad de realizar contrataciones por falta de fondos o trabas burocráticas. Muchos países están deseando (y de hecho lo hacen) aprovecharse de nuestros talentos científicos. No son solo los países más desarrollados, también aquellos que aspiran a serlo (Chile, Ecuador, Brasil, Argentina) y que de seguir así, en un futuro próximo, nos sobrepasarán en calidad de vida y renta.

  El "proyecto estrella" de la ciencia española, el programa "Ramón y Cajal" apenas generará unos 175 contratos en el año 2014. No me sorprendería que el Fútbol Club Barcelona tuviera más utilleros. El programa "Torres Quevedo", con el que se pretende la contratación de científicos por las empresas para desarollar ciencia aplicada, cuenta con una financiación de 25.000 euros para cada uno de los contratos, un dinero que debe financiar todo, incluidas las cuotas a la seguridad social. Los gobiernos autonómicos (esos que cacarean por sus competencias), han reducido o suprimido en algunos casos los contratos de postdoctorado. Un investigador español, con casi veinte años de experiencia, catalán o de la sagrada Euskal Herria, apenas percibe de media 1.500 euros netos mensuales. A todo esto se le debe unir la incertidumbre de los científicos que deben lidiar con una burocracia al estilo de Larra y unos plazos que se alargan como los balbuceos en la boca de Rajoy.

  Y ahora toca desahogarme y ser un poco populista. Miles de mesas y voluntarios recorren Cataluña pidiendo la secesión, ¿cuántas pidiendo financiación para un centro destacado catalán de investigación? ¿Cuántas de ellas protestarán por la falta de apoyo de la Generalitat al proyecto del científico Izpisúa-Belmonte? ¿Por qué invertir cuatro millones de euros en un simulacro de referéndum y no una décima parte en mantener un centro puntero de investigación a nivel mundial en Barcelona? ¡Por qué invertir en camiones mangueras para reprimir a los manifestantes como propone el ministro catalán del gobierno español, en vez de financiar los proyectos que aportan conocimiento y patentes? ¿Por qué financiar a los bancos y sus mugrientos chanchullos?

  Yo os maldigo palurdos, (me apetecía decirlo desde que vi "El planeta de los simios"). Habláis de amor a la patria para atizar con el mástil de la bandera al vecino. Pero cuando ocurre una verdadera catástrofe en la tierra que decís babosamente amar, miráis a otro lado. Entre tanto bobo y tanto golfo nos vais a llevar al hoyo, pero no será antes sin que os escupa y patalee.

  Ya sé que seguramente sea una batalla perdida. Los curas hicieron bien su trabajo en el solar ibérico y hablar de ciencia es casi como mencionar la alquimia.  No sabemos de qué se trata y desde luego no tiene respaldo social para que se la apoye y financie. No existe en los medios de comunicación (por cierto que el programa Redes ha sido eliminado). Más allá de ciertas buenas intenciones, no sabemos de qué nos hablan cuando se habla de ciencia y quizá no estamos dispuestos a financiarla.

  Pero, a río revuelto, ganancia de Marianos (y de Orioles Pujol). 
Todo por la patria. Una patria sin ciencia ni cultura, por supuesto.

Tesla


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02 octubre 2013

¿Ciencia española? Mejor el Tarot

  Ya sé que en España pasan cosas que van desde lo importante a lo terrible. Violencia, corrupción, aumento de la desigualdad, desempleo, incendios forestales y las cocinas que visita Alberto Chicote. Ya sé que la agenda está llena de ofensas, injusticias, iniquidades, urgencias y necesidades. Pero cada cual es más sensible para unas cosas que para otras y bienvenida sea la diversidad de opiniones, salvo las opiniones que niegan la diversidad de opiniones.

  En mi caso soy sensible como un alérgico a la ciencia, o más bien a la destrucción de la ciencia española. Como diría el lector de este blog que se identifica como Mulliner —¡ahí me han dado!—. Y no porque tenga relación con el mundo científico. Conozco sólo dos científicos y uno me cae mal. Ni siquiera fui un alumno aplicado en física y química. Pero quizá algo ingenuo me creo el "mantra" de que el desarrollo científico y tecnológico es básico para el desarrollo económico y social del país. Me lo creo a pies juntillas.

  ¡Pues vaya hallazgo!, me dirán. Ahora empiece a glosar la invención de la rueda y ya le quedará el articulito cuadrado...  pero calma. Puede ser una obviedad que el desarrollo científico sea esencial para un país, algo que nadie está dispuesto a discutir, pero en lo que la gente (ni mucho menos los políticos) cree. Los fumadores saben que el tabaco es malo, los bebedores que el alcohol nocivo. Puede que la información esté en el cerebro pero no en su cerebelo.

  Y al final todo es una cuestión de prioridades. No basta con decir que necesitamos una investigación en ciencia y tecnología importante, es que el país debe hacer un sacrificio importante para apoyarla. ¿Nos creemos tanto que la ciencia es esencial como para destinar fondos quitándolos de otros sitios? ¿A que la fe empieza a resquebrajarse? Es normal, la fe está para ser resquebrajada y la ciencia no trabaja con fe, sino con datos y pruebas.

  No nos creemos la valía de la ciencia porque ni la conocemos ni la entendemos, especialmente la investigación básica.  Quizá porque la enseñanza de la ciencia en España —me atrevo a decir— ha sido bastante deficiente. En mis ya lejanos años de estudiante de secundaria nunca pisé un laboratorio y (por suerte para el centro) jamás tuve la oportunidad de realizar experimento alguno. Desde que la Iglesia Católica proscribiera la investigación científica y condenara a España al atraso científico y tecnológico, la ciencia y el país parecen haber vivido de espaldas.

  Una atávica situación que parecía haberse revertido en los últimos años, pero la crisis ha demostrado lo débil de nuestras convicciones más obvias. La inversión pública en I+D+I cayó el 25% en España en el año 2012. Muchos proyectos están en el aire y los científicos más pendientes de resolver su futuro cercano (en el extranjero) que en su trabajo. Todo pese a que la ciencia española había demostrado ser productiva.

  Mientras, los científicos españoles se desgañitan en la banda como lo hacía José Antonio Camacho, para intentar hacer oír su voz. Menos un calendario de desnudos (todo se andará) creo que han intentado casi todo. Sus esfuerzos y postura está resumida en la recientemente publicada "Carta abierta por la ciencia" (en rigor la segunda de estas cartas que a este paso serán como las Cartas de San Pablo a los Corintios). Ahí encontrarán los argumentos, datos que un tipo de letras como yo no puede dar y además un SOS, todo en un breve texto. Debiera ser de lectura obligatoria. Como también debería serlo en colegios y sedes de partidos políticos la carta abierta que una investigadora dirigió a Mariano Rajoy este verano.

  Dice una canción de "Manolo García" que nunca el tiempo es perdido. Eso está bien porque es  un poeta.  Pero en ciencia y en alguna faceta más, perder años cuesta décadas. Luego diremos, como por ejemplo con la burbuja inmobiliaria, que no sabíamos lo que iba a ocurrir, que nadie nos advirtió.

¿Cómo? ¿Que fumar es malo?

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